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Foto: Andrés Zea / EL PAÍS

BOGOTÁ

El Remanso: un hogar que se niega a desaparecer

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Ana Sofía Serrato Beltrán

Universidad de La Salle

Primero llegaron buscando un lugar donde empezar de nuevo.


Después llegaron los ladrillos, el cemento y las primeras paredes. Una casa comenzó con un espacio pequeño y, con los años, algunas crecieron hasta convertirse en viviendas de dos y tres pisos. Llegaron los hijos, los vecinos, los negocios y las historias compartidas. Poco a poco, aquel territorio dejó de ser solamente un lugar donde vivir y se convirtió en un hogar.


Así creció El Remanso.


Hace aproximadamente 16 años, familias provenientes de diferentes lugares comenzaron a llegar a este sector de Bosa con la esperanza de tener una vivienda propia. En los testimonios recogidos en el barrio, los habitantes cuentan que muchos compraron sus lotes o viviendas de buena fe, entregaron sus ahorros y recibieron documentos que les hicieron creer que estaban adquiriendo legalmente un lugar donde construir su futuro.


Y construyeron.


Algunos levantaron sus casas con préstamos. Otros utilizaron los ahorros de años de trabajo. Cada pared fue creciendo con esfuerzo y cada ampliación respondió a las necesidades de las familias. También llegaron pequeños negocios, niños que crecieron entre esas calles y adultos mayores que encontraron allí un lugar para vivir.


Con el paso de los años, El Remanso dejó de ser solamente un conjunto de viviendas. Se convirtió en una comunidad.


Mientras el barrio echaba raíces, también comenzaba una disputa por el terreno. Sotrandes reclama la propiedad del predio y, después de un proceso que lleva varios años, las familias quedaron frente a una posibilidad que amenaza aquello que han construido: el desalojo.


La historia, sin embargo, no puede contarse únicamente desde la propiedad de un terreno. También está la historia de quienes llegaron, compraron, pagaron y construyeron.


Por eso, dentro del barrio comenzó a tomar fuerza una frase que resume una parte fundamental de su posición:


“No somos invasores, somos compradores”.


De acuerdo con los testimonios recogidos, las familias aseguran que llegaron mediante procesos de compra y que nunca ocuparon el terreno sabiendo que pertenecía a otra persona. Cuentan que pagaron por sus viviendas, firmaron documentos y durante años asumieron las obligaciones relacionadas con sus predios.


Entre esas obligaciones está el impuesto predial.


Los habitantes cuentan que durante años han pagado este impuesto y que incluso en 2026 volvieron a recibir y pagar la obligación correspondiente a sus viviendas. Para ellos, estos pagos hacen parte de la historia de una relación con el territorio que siempre entendieron como legítima.


La pregunta que hoy plantean es directa: ¿cómo pueden ser tratados ahora como invasores después de haber pagado durante años impuestos y otras obligaciones relacionadas con unas viviendas que compraron y en las que han invertido su trabajo y sus ahorros?


Para quienes han vivido este proceso, esos pagos no representan únicamente cifras. También hacen parte de la confianza con la que construyeron su patrimonio y organizaron su vida alrededor de una vivienda que consideraban propia.


El conflicto llegó a uno de sus momentos más difíciles en 2026.


El 6 de mayo, las familias se organizaron ante un operativo de desalojo. Las calles del barrio se llenaron de preocupación y los habitantes permanecieron juntos mientras intentaban evitar que sus viviendas fueran desalojadas.

Foto: Andrés Zea / EL PAÍS

La diligencia fue suspendida.


Después se estableció el 14 de julio como nueva fecha, pero tampoco pudo realizarse. Según los testimonios recogidos en el barrio, el procedimiento ha sido aplazado por diferentes circunstancias relacionadas con el desarrollo de la diligencia, entre ellas la enfermedad del inspector encargado.


Cada aplazamiento ha significado más tiempo de espera, pero también más incertidumbre.


El proceso continúa y, de acuerdo con la información compartida con la comunidad, existe ahora una nueva fecha establecida para el 3 de febrero.


Una fecha que vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que atraviesa las conversaciones del barrio:


¿Qué va a pasar con nosotros ese día?


Detrás de esa pregunta están las familias que llevan años viviendo en El Remanso: los adultos mayores, los niños que han crecido allí y quienes han invertido buena parte de su vida en construir sus casas.


Está también el temor de tener que sacar de una vivienda las mismas pertenencias que durante años fueron entrando poco a poco, mientras una casa se convertía en hogar.


Porque una vivienda puede aparecer como un predio dentro de un documento. Puede tener un valor económico. Pero para quienes la habitan representa mucho más: años de trabajo, préstamos, ahorros, pagos y recuerdos.


El impacto de este proceso también ha dejado huellas dentro de la comunidad.


En los testimonios recogidos en el barrio, los habitantes cuentan que dos adultos mayores que hacían parte de El Remanso fallecieron durante este periodo y que otro permanece actualmente hospitalizado. Los testimonios relacionan estas situaciones con la angustia, la presión y la incertidumbre que ha producido el proceso de desalojo.


No se trata de establecer una relación médica entre estos casos y el proceso, sino de reconocer que estas historias forman parte de lo que se ha vivido dentro del barrio durante estos años.


La preocupación también se concentra en quienes podrían enfrentar mayores dificultades ante una eventual salida del terreno, especialmente los adultos mayores, los niños y las familias con menos posibilidades de comenzar nuevamente en otro lugar.

Frente a esa incertidumbre, El Remanso no se ha quedado inmóvil.


La comunidad se ha organizado mediante reuniones, encuentros y diferentes actividades para visibilizar la situación del barrio y fortalecer los vínculos entre sus habitantes. Las familias han compartido información, recopilado documentos y buscado acompañamiento para conocer las alternativas que existen frente al proceso.


También se han desarrollado acciones para hacer visible la historia del barrio y mostrar que detrás de cada vivienda existen personas que llevan años construyendo su vida allí.


La organización ha hecho que una preocupación que inicialmente podía sentirse como un problema individual se convierta en una causa compartida. Cuando aparece una nueva información, se comunica. Cuando se convoca a una reunión, los vecinos participan. Cuando una familia necesita apoyo, los demás están presentes.


No todos llegaron de la misma manera ni tienen la misma historia. Sin embargo, hoy comparten una preocupación: defender la permanencia de las familias y encontrar alternativas frente al proceso de desalojo.

El Remanso no nació de un día para otro. Se construyó lentamente, familia por familia, casa por casa, hasta convertirse en el lugar donde hoy transcurre la vida de sus habitantes.


Ahora esa historia se encuentra frente a una nueva fecha: 3 de febrero.


Mientras llega ese día, el barrio continúa reuniéndose y haciendo visible lo que ha construido durante aproximadamente 16 años.


Porque una historia así no cabe únicamente en un expediente ni en un documento de propiedad. Está en las paredes de las casas, en las fotografías familiares, en los negocios, en los niños que crecieron allí, en los adultos mayores que encontraron allí su lugar y en los vecinos que aprendieron a cuidarse entre ellos.


Por eso, desde las calles de El Remanso, una frase se ha convertido en una manera de contar quiénes son:


“No somos invasores. Somos compradores”.


Son familias que llegaron buscando un lugar donde empezar de nuevo. Personas que construyeron una vivienda y terminaron construyendo un hogar. Vecinos que hoy permanecen unidos frente a una situación que puede cambiar el lugar que durante años han llamado suyo.


Y mientras exista una comunidad dispuesta a contar su historia, El Remanso seguirá siendo mucho más que un terreno en disputa.


Seguirá siendo un hogar.


Porque si algo ha demostrado este barrio durante estos años es que, cuando uno de sus habitantes necesita ayuda, los demás están ahí.


En El Remanso, solo el barrio salva al barrio.

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