
Foto: Reuters
MUNDO
Apaguen la samba, llegó el pastor

David Santiago Guayara
Universidad Católica de Colombia
No es nada nuevo bajo el sol decir que el gobierno gringo vive de dos cosas: racismo y paranoia. Como tradicionalmente ha sido, les encanta meter las narices empolvadas en los asuntos de cualquier país o región del mundo que se muestre mínimamente inclinado hacia ideas que no beneficien a las grandes empresas que los financian; digo, de la amenaza del aterrador y empobrecedor comunismo. Así que, para variar, terminan poniendo a la CIA a hacer cosas que no tienen verdaderamente mucho que ver con labores de inteligencia.
En plena Guerra Fría, mientras los científicos estaban entretenidos experimentando con LSD y toda la impunidad que el presupuesto del departamento de defensa podía comprar, a algún hombre trajeado, con dinero y amigos poderosos, le pareció que el discurso de “ama a tu enemigo como a ti mismo” que manejaba la Iglesia católica de la época en América Latina y África tenía un asqueroso hedor a panfleto socialcomunista. Era necesario aplastarlo y reemplazarlo por una fe un poco más afín a los intereses de las megacorporaciones y a hacer a los ricos aún más ricos, todo bajo el conveniente paraguas del Destino Manifiesto y las enseñanzas de Milton Friedman (al parecer, defender a los mercaderes ahora es algo que Jesús haría). Así que, empacaron sus biblias, sus promesas de prosperidad económica y un buen presupuesto de dudosa procedencia, y apuntaron al jefe final del hedonismo: Brasil. Intentar vender castidad, culpa y disciplina en la tierra del carnaval, la caipirinha y el descontrol absoluto, sonaba a un chiste mal contado.
El plan era simple: llegar, bombardear, liberar y salir... perdón, me confundí, eso fue Vietnam. Es que el patrón de acción yanqui tampoco fue muy distinto en esta historia, solo que cambiaron las armas por las biblias y la declaración de guerra por la cruzada anticomunista. Y la jugada les salió bien. En el caso especial de Brasil, esta semilla se plantó a principios de los años 50. A las calles de São Paulo llegaron misioneros estadounidenses liderados por Harold Williams a aplicar su propio experimento de control de masas. Con maletas repletas de dólares y carpas gigantes, fundaron la Iglesia del Evangelio Cuadrangular, armando shows de sanación que sentarían las bases para que el evangelismo se tragara el país entero y, eventualmente, se convirtiera en una religión con más de 65 millones de feligreses.
Hoy en día, las principales encuestadoras de Brasil (como Datafolha) sitúan a los evangélicos en aproximadamente el 31% o 32% de la población. Es decir, prácticamente uno de cada tres brasileños se considera a sí mismo creyente de esta fe, por lo que era de esperarse que tarde o temprano la propia cultura del país se viera opacada frente a los moralismos de una religión que considera la samba, la fiesta y la tradicional alegría carioca como un pecado mortal. Los valores sociales y morales de la población empezaron a mutar de forma progresiva e inevitable; un fenómeno que para muchos puritanos sería una excelente noticia, un milagroso regreso a los “valores tradicionales” y, por supuesto, al estricto “orden y progreso” que tanto les gusta leer en su bandera.
En 1992, el futbolista Jorginho llegó al club más grande de Alemania. Y aunque en la cancha daba pases fenomenales y anotaba un ocasional gol, en territorio bávaro se le recuerda mucho más por haber convertido el vestuario en una sucursal evangélica. Empezó a dar discursos antes de los partidos, armó grupos de estudio de la Biblia, predicó entre casilleros e incluso se dice que realizó bautizos a sus compañeros. Un par de años después, Brasil ganaría el Mundial de 1994 celebrado, en un giro poético de la ironía, en Estados Unidos. Pero seamos sinceros: de aquella selección casi nadie recuerda al lateral predicador. La memoria colectiva le pertenece a su principal figura, goleador y fiestero empedernido: Romário. Él era el ejemplo perfecto del jogo bonito de día y la fiesta de noche; la encarnación viva de una cultura carioca que, poco a poco, empezaba a ser olvidada.

Foto: Reuters
Para entender por qué es importante todo ese carretazo, primero tenemos que mirar el origen de la materia prima. La gran mayoría de los astros del país más dominante en la historia del balompié no solo tenían talento puro, sino que eran niños de favela y potrero. En esos barrios, el fútbol era prácticamente la única ruta de escape frente a la violencia y el narcotráfico de todos los días. Ahí, en la calle, no solo se empapaban de gambetas y malicia, sino también de la fiesta y el derroche característicos de su entorno. Jugadores como Romário, Bebeto, Ronaldinho y, más recientemente, Neymar, son los diplomados con honores de esta escuela nocturna. El detalle clave aquí es que todos ellos cruzaron el charco siendo mayores de 20 años, y en muchos casos siendo aún desconocidos, habiendo completado su desarrollo deportivo, táctico y cultural en su tierra natal. A Europa no solo se llevaron su fútbol indescifrable, también empacaron una afición a la fiesta genuinamente preocupante para cualquier preparador físico del primer mundo.
De la selección que fue a la Copa del 94, los 8 jugadores más jóvenes promediaban una edad de 22.5 años al momento de irse a Europa. En 2010, ese promedio bajó a 20.8 años; y para el Mundial de 2026, la cifra se desplomó a 18.2 años. O sea, cada vez los exportan más jóvenes.
Y que estemos hablando específicamente de 8 jugadores no es una simple casualidad estadística: recordemos que 1 de cada 3 brasileños es evangélico, lo que equivale exactamente a 8 de los 26 jugadores de una convocatoria. ¿Y por qué fijarnos en los jóvenes en específico cuando podría ser cualquier otro? Porque dentro del paquete de valores que promueve esta religión están la disciplina cuasi militar y la constancia inquebrantable; cualidades que históricamente brillaban por su ausencia en el jugador brasileño, pero que ahora se llevan a niveles exagerados.
Lo que sucede cuando un jugador se va tan joven a Europa es que, sencillamente, deja de jugar como sudamericano. Deja de jugar con garra, con alegría, con potrero. En Europa el fútbol es dolorosamente cuadriculado (el paraíso de la rigidez posicional), sin margen para los creativos y la magia. Allá apagan ese espíritu de colores y los formatean hasta convertirlos en máquinas, programados para seguir a rajatabla el sistema táctico del entrenador de turno, no para asociarse, pensar ni improvisar. De hecho, por este mismo motivo es que tiene todo el sentido del mundo la contratación de Carlo Ancelotti como DT de la Seleção: necesitaban a un técnico europeo para dirigir a un montón de jugadores europeos que nacieron por accidente en Brasil.
El ejemplo más claro de esta tragedia es Endrick. Con actualmente 19 años, debutó a los 16, lo compró el Real Madrid sin siquiera haber completado una temporada como profesional y, apenas sopló las velas de sus 18, lo subieron a un avión rumbo a España. Allí no hizo más que comer banquillo, sin oportunidades ni minutos, viendo cómo jugadores con la mitad de su talento jugaban el triple. Inevitablemente, se volvió un jugador con menos chispa, más centrado en encajar dentro del mediocre esquema colectivo del Olympique de Lyon (a donde lo enviaron cedido después de echar raíces en la banca del Bernabéu). Pero el daño táctico y mental ya estaba hecho; en Francia tampoco dio la talla: jugó más, pero decepcionó igual. Y lo menciono precisamente porque él es el póster oficial de hasta dónde la tradicional cultura fiestera fue reemplazada por la castidad y la fe. Hoy en día se le recuerda más por decir en entrevistas que “odia la fiesta” y prefiere pasar la noche en casa, por casarse a los 18, y recientemente por anunciar que será papá. Todo antes de cumplir los 20 años. Así las cosas, ya no hay conexión, no hay química, no hay magia en la selección. Los jugadores son cada vez menos especialistas en jugar como brasileños, y eso... eso ha sido la condena definitiva para su fútbol.
Si bien no se puede culpar directamente a Estados Unidos por la mediocridad de juego del equipo, sí es una cadena de eventos y coincidencias más que curiosas. Ver cómo la paranoia del comunismo llevó a que los futbolistas de Brasil sean cada vez más insulsos es algo que raya en lo conspirativo; pero, como toda buena conspiración, tiene algo de verdad (un efecto mariposa por lo menos entretenido de analizar). Claro, la migración joven de futbolistas se le puede culpar a la globalización, a la evolución del deporte, o a la obsesión de Florentino Pérez por encontrar al “nuevo Neymar”. En fin, hay muchos otros factores que pueden explicarlo. Sin embargo, a veces es más divertido decir que “un hechicero lo hizo” antes que aceptar que vivimos en un mundo aburrido, cuadriculado y lleno de hombres de traje que solo están esperando la siguiente gran oportunidad para llegar, bombardear, “liberar” y salir.
%209_07_00%E2%80%AFp_m_.png)