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ECONOMÍA
El termómetro roto: Colombia y la ilusión del tipo de cambio

Alejandro Góngora Giraldo
Universidad de Valencia
En Colombia se ha instalado la costumbre –tan cómoda como engañosa– de medir la salud entera de la economía por una sola cifra: el precio del dólar. Sube la divisa y el Gobierno de turno es, se dice, un desastre; baja, y de pronto parece que algo se está haciendo bien. Esta simplificación no es inocente, porque le sirve a quien gobierna: puede atribuirse como mérito propio lo que a menudo no es sino el vaivén de mercados internacionales que no controla. Y le sirve también a la opinión pública, que encuentra en ese número un consuelo fácil: la ilusión de que basta con mirar el tablero cambiario para saber si un país progresa o retrocede. Pero lo que ese termómetro no puede medir – porque no fue diseñado para ello– es la enfermedad de fondo: una fractura estructural que Colombia arrastra desde hace décadas y que ningún vaivén del dólar, por dramático que sea, puede por sí solo ni provocar ni sanar.
Basta con mirar la última década para comprobarlo. Entre 2015 y 2025, Colombia ha tenido gobiernos de signos políticos opuestos, ha vivido dólares baratos y dólares carísimos, bonanzas petroleras y colapsos del precio del crudo, y, sin embargo, el esqueleto de lo que el país vende al mundo apenas se ha movido. Según el DANE y Analdex, entre el 50 y el 54 % de las exportaciones colombianas siguen siendo petróleo, carbón y café; en 2015, cuando el desplome de los precios internacionales del crudo hundió al peso en una de sus devaluaciones más severas, esa cifra superaba el 60 %. Diez años y varios gobiernos después, la proporción bajó, sí, pero no porque el país haya aprendido a producir otra cosa, sino porque el petróleo y el carbón perdieron peso relativo sin que nada distinto ocupara su lugar de manera sostenida. Lo que no ha cambiado –y esto es lo verdaderamente decisivo– es la capacidad de transformar lo que se extrae. Mientras las manufacturas de tecnología media y alta representan, según distintas mediciones de la CEPAL y el Observatorio de Complejidad Económica, más de la mitad de las exportaciones mexicanas y una porción varias veces mayor que la colombiana en el caso brasileño, en Colombia no llegan siquiera al 6 %. Esa diferencia no es una curiosidad estadística que se pueda archivar entre paréntesis: es la medida exacta, en cifras, de lo que el país no ha construido.
Hace más de cuarenta años, los economistas W. Max Corden y J. Peter Neary sistematizaron un fenómeno al que bautizaron enfermedad holandesa, para describir con precisión lo que ocurre a un país cuando la renta de sus recursos naturales termina por atrofiar el resto de su aparato productivo: la industria, el campo tecnificado, todo aquello que exige algo más que extraer y exportar languidece a la sombra del lucro cómodo. La CEPAL ha documentado, en el mismo espíritu, cómo los ciclos favorables de precios internacionales suelen dejarles a las economías exportadoras de materias primas ingresos abundantes pero pasajeros, y rara vez capacidades productivas permanentes. Colombia lleva décadas presa de esa lógica, y lo único que ha cambiado de un gobierno a otro no es la trampa misma, sino el relato con que cada administración explica por qué todavía no ha logrado salir de ella.
Gustavo Petro llegó a la presidencia en 2022 con un diagnóstico que, en lo esencial, no estaba equivocado: Colombia padecía, en efecto, esa enfermedad holandesa que la dependencia de las rentas extractivas había ido incubando durante décadas, debilitando a la industria y a cualquier sector que no pudiera vivir simplemente de sacar de la tierra lo que la tierra ofrecía. No era un problema nuevo ni exclusivamente suyo: era un mal heredado, documentado hasta el cansancio, conocido por todos los gobiernos que lo precedieron y que optaron, sistemáticamente, por no tocarlo. El error de Petro, entonces, no estuvo en nombrar la enfermedad, sino en creer que nombrarla equivalía a curarla. La apuesta por la transición energética, legítima en su intención, resultó contradictoria en su ejecución: no se puede renunciar a los ingresos del petróleo sin haber construido antes algo capaz de reemplazarlo, y un Gobierno cuyos programas sociales dependían –según cifras del Ministerio de Hacienda– de que entre el 15 y el 20 % de sus ingresos fiscales totales vinieran de sector petrolero no puede, al mismo tiempo, declararle la guerra retórica al petróleo sin resolver antes esa contradicción de fondo.
Entre 2022 y 2023, cuando el peso se depreció hasta superar los cinco mil pesos por dólar –un umbral que en noviembre de 2022 marcó, de hecho, un máximo histórico–, el Gobierno encontró en los factores externos una explicación parcialmente cierta: la Reserva Federal de Estados Unidos había endurecido su política monetaria, el dólar se fortalecía en todo el mundo y las economías emergentes, sin excepción, pagaban ese precio. Era verdad, pero no toda la verdad, porque la incertidumbre que generó el debate sobre el futuro de la exploración petrolera en Colombia amplificó esa presión cambiaria bastante más allá de lo que el contexto internacional, por sí solo, alcanzaba a explicar. Y el resultado de esa combinación –dólar caro más incertidumbre local– fue una inflación que golpeó con particular dureza a quienes menos tenían, a través de ese mecanismo que los economistas llaman pass-through cambiario: la traslación casi automática de las variaciones del dólar a los precios internos. Entre el 70 y el 75 % de los fertilizantes que usa el campo colombiano son importados, según el Ministerio de Agricultura y el Banco de la República, y más del 80 % del maíz amarillo y la torta de soya con que se alimentan las aves, los cerdos y el ganado lechero del país también viene de afuera; de modo que cuando el dólar sube, esos insumos se encarecen en pesos, los productores trasladan ese costo al precio final, y el mercado lo convierte, sin misericordia, en huevos más caros, leche más cara, carne más cara. La devaluación, contra lo que suele repetirse, no protegió al campo: lo encareció.

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Hacia 2024 y 2025 ocurrió el movimiento inverso: el peso se apreció y, sin embargo, las exportaciones de petróleo cayeron más del 15 % y las de carbón más del 30 %, según el DANE. La explicación, de nuevo, estaba más en Washington que en Bogotá: las políticas comerciales de la administración Trump debilitaron el dólar frente a varias monedas emergentes, y Colombia se benefició de ese contexto sin haber hecho gran cosa para merecerlo. La relación entre el tipo de cambio y la transformación productiva, sin embargo, es más compleja de lo que suele plantearse en el debate público. Una devaluación puede favorecer la industrialización al hacer más competitivos los productos nacionales frente a los importados y mejorar los incentivos para exportar; pero ese mecanismo pierde fuerza cuando la propia producción depende de maquinaria, tecnología e insumos adquiridos en el exterior. En sentido contrario, una moneda apreciada abarata la adquisición de bienes de capital y tecnología extranjera, creando condiciones favorables para la modernización del aparato productivo. Ninguno de estos efectos, sin embargo, es automático: requieren empresas capaces de aprovecharlos, acceso a financiación, capacidades tecnológicas y una política industrial que convierta la coyuntura cambiaria en inversión productiva.
Eso es exactamente lo que el Gobierno de Petro no logró, ni con el dólar caro ni con el dólar barato: ni la devaluación sirvió para industrializar, ni la revaluación sirvió para tecnificar, porque la transformación productiva de un país no puede depender, en el fondo, del tipo de cambio, sino de la capacidad de convertir las condiciones cambiarias en inversión, innovación y producción.
Abelardo de la Espriella llegó a la presidencia este 2026 ofreciendo el diagnóstico simétricamente opuesto: menos Estado, menos impuestos, menos trámites, más mercado. Ese diagnóstico también contiene una verdad parcial –la burocracia colombiana es costosa, la carga tributaria sobre las empresas formales resulta desproporcionada, y la informalidad laboral es, en buena medida, el síntoma de un sistema que hace demasiado difícil producir dentro de la legalidad–, una verdad que sostiene el análisis hasta cierto punto. El problema, como casi siempre, está en lo que viene después: Colombia tiene, según el DANE, cerca de 5,5 millones de microempresas que generan alrededor del 80 % del empleo privado del país, la inmensa mayoría de ellas informales, sin acceso a crédito formal, sin tecnología y sin capacidad de exportar; y para esas empresas un dólar alto no es una oportunidad sino un obstáculo, porque encarece la maquinaria, el software y los equipos que necesitarían para modernizarse y competir. Reducirles los trámites puede aliviarles la carga administrativa, pero no les da acceso a la tecnología que no pueden pagar ni a los mercados internacionales para los que no están preparadas. Y la apuesta de De la Espriella por relanzar la exploración de hidrocarburos, fracking incluido, revela que su modelo de desarrollo sigue apostando, en el fondo, por el mismo esqueleto que el país arrastra hace décadas –más petróleo, más carbón, más extracción–, la misma lógica que convirtió a Colombia en una economía vulnerable a los ciclos internacionales de las materias primas, ahora propuesta de nuevo, esta vez con menos impuestos y menos regulación de por medio.
Colombia firmó, entre 2011 y 2021, tratados de libre comercio con varias de las economías más grandes del mundo –Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá, entre otras–, y el resultado no fue, como se prometió entonces, una explosión de manufacturas colombianas conquistando mercados externos, sino el ingreso masivo de productos industriales frente a los cuales las pequeñas y medianas empresas del país, hundidas en la informalidad y sin acceso a la tecnología, no tenían con qué competir. Los países que sí lograron diversificar su estructura exportadora, según ha documentado la CEPAL, combinaron esa apertura comercial con una política industrial activa y sostenida, no con la sola eliminación de trámites: México, integrado a las cadenas de suministro de Norteamérica a través del T-MEC, concentra hoy la abrumadora mayoría de las exportaciones de manufacturas de alta tecnología de toda la región; Costa Rica, un país que hace pocas décadas exportaba sobre todo banano y piña, transformó su economía agrícola en una plataforma de dispositivos médicos y servicios tecnológicos –hoy esos dispositivos representan cerca de la mitad de todo lo que Costa Rica le vende al mundo– gracias a un régimen sostenido de zonas francas, inversión extranjera atraída de manera deliberada y formación técnica que no se improvisó de un año para otro. Ninguno de los dos lo logró simplemente abriendo la puerta y esperando a que el mercado hiciera el resto.
Lo que la propuesta de De la Espriella no responde y es, quizás, la pregunta que su Gobierno evita con más cuidado es cómo una economía con menos del 6 % de exportaciones manufactureras de tecnología media y alta va a competir en los mercados globales por la sola virtud de que existan menos trámites. El mercado no inventa capacidad productiva donde no la hay; y sin una estrategia deliberada que construya, la desregulación termina beneficiando, sobre todo, a quienes ya están en condiciones de aprovecharla, que son exactamente los sectores que menos necesitan ayuda.
Colombia lleva décadas atrapada en una conversación que tiene toda la apariencia de la profundidad y que, sin embargo, elude sistemáticamente lo esencial. La izquierda habla de justicia social y de transición energética mientras administra una economía que sigue dependiendo del petróleo para financiar sus propios programas sociales; la derecha habla de libertad económica y de eficiencia mientras propone profundizar el mismo modelo extractivo que genera, por su propia naturaleza, la vulnerabilidad que dice querer combatir. Ambos bandos conocen el diagnóstico –nadie en Colombia puede alegar ya ignorancia sobre esto–; ambos, también, desvían la conversación un instante antes de que llegue a su conclusión más incómoda.
José Carlos Mariátegui dedicó buena parte de su obra a una idea que sigue incomodando casi un siglo después: que los grandes problemas de América no eran, en el fondo, problemas de ideas sino de intereses materiales concretos, y que las élites del continente preferían con frecuencia debatir eternamente sobre cuál era el modelo correcto antes que tocar las estructuras de las que se beneficiaban. Es la misma lógica que aplicó, en sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), al primer gobierno civil de Manuel Pardo, del que escribió que, pese a sus reformas administrativas y educativas, «no fue capaz de tocar ningún interés fundamental de la clase terrateniente». No hace falta suscribir todo su marxismo para reconocer que ese diagnóstico, trasplantado al debate colombiano de hoy, resulta incómodamente vigente. La discusión entre más Estado y menos Estado es real en sus diferencias ideológicas, pero funciona también, lo queramos ver o no, como una cortina: mientras el país se pregunta si el Banco de la República debe intervenir el dólar o cuántos ministerios conviene eliminar, casi nadie pregunta con la insistencia debida por qué Colombia sigue exportando materias primas y comprando tecnología, por qué una década larga de tratados de libre comercio no alcanzó a producir una industria exportadora de escala.
La pregunta, entonces, no es si el dólar debe estar alto o bajo. En realidad, debe ser qué está produciendo Colombia que justifique cualquier nivel del tipo de cambio; y mientras esa pregunta no tenga una respuesta distinta a petróleo, carbón y café, el debate cambiario seguirá siendo lo que ha sido hasta ahora: una discusión sobre el termómetro, librada en un país que todavía no se ha decidido a diagnosticar –y mucho menos a curar– su propia enfermedad. ¿Qué tipo de economía quiere ser Colombia: una que extrae y exporta lo que tiene bajo el subsuelo hasta que se agote, o una que construye, se tecnifica y produce lo que el mundo necesita? Esa es la conversación que ningún espectro político ha querido liderar con honestidad. Y es también uno de los temas centrales para el porvenir de la nación.
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