
Foto: El Espectador
NACIÓN
Incomodar al poder: el legado vigente de Guillermo Cano

Daniel Muñoz Quijano
Universidad de los Andes
Guillermo Cano Isaza fue director de El Espectador durante 34 años y convirtió al periódico en un espacio de investigación y confrontación con poderes económicos, políticos y criminales. Su asesinato, el 17 de diciembre de 1986, fue consecuencia de esa confrontación con el narcotráfico, pero su historia representa algo más amplio: el precio que puede tener informar en un país donde determinados poderes consideran que la crítica debe ser silenciada.
Cano entendió que el periodismo no existe para acompañar al poder, sino para vigilarlo y cuestionarlo. Su asesinato convirtió esa convicción en un símbolo, pero su legado plantea una pregunta más vigente que nunca: ¿qué significa hacer periodismo en una época en la que las amenazas ya no siempre llega con bombas o balas?
Antes de convertirse en uno de los grandes símbolos de la libertad de prensa en Colombia, Guillermo Cano fue, ante todo, periodista. Su nombre suele recordarse inevitablemente junto a su asesinato, como si su muerte hubiera terminado por definir toda su vida. Sin embargo, antes de aquel fatídico 17 de diciembre hubo más de cuatro décadas de oficio, aprendizaje y una forma particular de entender la responsabilidad de informar. Cano llegó joven a la redacción de El Espectador. No comenzó directamente como director o como una figura consagrada: escribió sobre cultura, deportes, toros y política, recorriendo distintos espacios de un oficio que aprendió desde abajo. En 1948 fundó el Magazín Dominical y, en septiembre de 1952, asumió la dirección del periódico, cargo que ocuparía hasta su muerte.
Esta trayectoria importa porque nos replica el periodista que había detrás del símbolo. Cano no entendía la prensa como una institución encargada de repetir lo que decía el poder, sino como una herramienta para observar. Informar no significaba únicamente transmitir declaraciones o presentar versiones cómodas de los acontecimientos. También significaba investigar, preguntar y publicar aquello que otros preferían mantener oculto.
Eso no implica que el periodismo deba convertirse en oposición permanente. No tiene la obligación de estar en contra de todo gobierno o de buscar conflictos donde no hay. Pero tampoco puede convertirse en un sirviente de quienes gobiernan. La independencia consiste, precisamente, en conservar la capacidad de reconocer los aciertos y señalar los errores, sin importar quien los cometa.
Esta idea inevitablemente convirtió a Cano en una figura incómoda. Durante su trayectoria, se enfrentó a sectores económicos y políticos poderosos. Más tarde, cuando el narcotráfico comenzó a penetrar profundamente la sociedad colombiana, denunció la influencia y los efectos de unas organizaciones que no estaban dispuestas a aceptar el escrutinio público. Todo poder quiere prensa favorable. Un gobierno desea que sus decisiones sean presentadas de la mejor manera posible; un empresario preferirá que sus negocios no sean investigados; una organización criminal necesita que sus actividades permanezcan en la oscuridad. Pero una prensa verdaderamente independiente resulta incómoda para alguien.
Por eso la neutralidad no se puede confundir con indiferencia. El periodismo debe ser riguroso, contrastar fuentes y corregir sus errores. Pero la obligación de ser equilibrado no significa tratar todas las conductas como si fueran equivalentes ni guardar silencio frente a aquello que afecta el interés público. Hay momentos en los que la búsqueda de una aparente neutralidad termina favoreciendo a quien tiene más poder para imponer su propia versión. Guillermo Cano entendió esa diferencia y, finalmente, pagó un precio enorme por ella.
Lastimosamente, el 17 de diciembre de 1986 fue asesinado a la salida de las oficinas de El Espectador. No fue un crimen aislado ni una tragedia exclusivamente personal. Fue también un mensaje para el periódico y para quien pretendiera hacer del periodismo un obstáculo para el narcotráfico. Tres años después, un atentado con bomba destruyó buena parte del edificio de El Espectador. Su historia nos plantea otra difícil pregunta: ¿cómo se trabaja sabiendo que hacer bien el trabajo puede convertirlo a uno en un objetivo?
Para muchos periodistas colombianos de aquella época, esa no era una pregunta retórica. Investigar significaba recibir amenazas, ser vigilado o tener que decidir si una publicación justificaba el riesgo que podía traer para la propia vida y la de la familia. En Colombia, informar ha sido, en demasiadas ocasiones, una actividad peligrosa. Sin embargo, reducir el legado de Cano a su muerte sería cometer una injusticia con su trayectoria. Su importancia no está únicamente en que murió por defender el periodismo, sino en que vivió ejerciéndolo bajo la convicción de que el miedo no puede convertirse en el criterio editorial de un periódico.
Las cosas han cambiado desde entonces, pero que hayan cambiado no significa que el problema haya desaparecido. Hoy, en varios casos, silenciar a un periodista no requiere necesariamente violencia. Puede comenzar con campañas de desprestigio, miles de mensajes acusándolo de ser enemigo de una causa, ataques coordinados en redes sociales o con información falsa diseñada para destruir su credibilidad. También existen las presiones económicas, la polarización de las audiencias y una dinámica digital que premia con frecuencia la indignación por encima de la información.

Foto: El Espectador
Las nuevas tecnologías han transformado la manera en la que consumimos información, cualquiera puede comunicar, y eso ha abierto espacios importantes para voces que antes no tenían acceso a los grandes medios. Pero esa democratización también ha desdibujado, en varios casos, la diferencia entre periodismo, opinión y propaganda.
Hoy abundan comunicadores que parecen haber decidido que su función no es cuestionar a quienes apoyan, sino defenderlos. Algunos justificaban, por ejemplo, cualquier decisión del expresidente Gustavo Petro porque consideran que criticarlo es hacerle juego a sus opositores. Otros lo hacen desde la orilla contraria con Abelardo de la Espriella, y aún más ahora que está tomando las primeras directrices de su gobierno. El problema no está en tener una opinión política: el problema está cuando la independencia termina exactamente donde empieza la simpatía, y el comienzo de la servidumbre.
La relación conflictiva entre poder y prensa tampoco pertenece a una ideología determinada. Sería un error creer que solamente los gobiernos de izquierda atacan a los medios críticos o que la derecha, por el simple hecho de ser oposición, representa automáticamente una garantía para la libertad de prensa.
Durante la presidencia de Gustavo Petro, este mantuvo una relación particularmente conflictiva con distintos medios y periodistas. Uno de los casos más graves sucedió en agosto de 2024, cuando el entonces presidente se refirió a varias mujeres periodistas como “las muñecas de la mafia”, acusándolas de contribuir a la criminalización de la protesta social. La expresión fue rechazada por organizaciones de prensa y por la recién posesionada Defensora del Pueblo, Iris Marín. El problema no fue solo la frase en sí, sino lo que ocurrió después: el calificativo comenzó a reproducirse en redes sociales como una forma de insultar y desacreditar a periodistas que cuestionan el gobierno. Las críticas a la prensa fueron pan de cada día de su discurso público y, en varias ocasiones, investigaciones periodísticas sobre corrupción, nepotismo o la financiación de su campaña fueron respondidas con señalamientos y descalificaciones. A esto se sumaron las críticas por la creciente cercanía de RTVC y sus contenidos con el gobierno, convirtiéndose en un mecanismo de propaganda estatal para el Estado. La Fundación para la Libertad de Prensa advirtió sobre una estrategia de deslegitimación del periodismo, y al hacer un balance de su gobierno, señaló que la confrontación pública y la estigmatización habían contribuido a un clima de hostilidad contra la prensa.
Pero la llegada de un gobierno de otra orilla política no significa necesariamente que esa relación cambie. El caso de Abelardo de la Espriella resulta revelador, pero sin ninguna sorpresa. Durante su campaña, distintos medios y periodistas que investigaron su candidatura fueron objeto de descalificaciones y señalamientos. Tras la investigación de la revista Cambio sobre la financiación de su campaña, De la Espriella y su abogado acusaron al medio de publicar información falsa sin presentar pruebas, mientras una cuenta identificada con su campaña difundió información sobre los desplazamientos del periodista Daniel Coronell y Juan Manuel Santos en Miami. Y no solo se limitó a grandes medios. La periodista María Jimena Duzán fue objeto de ataques después de cuestionar al entonces candidato. Asimismo, la FLIP también advirtió sobre una serie de acciones digitales contra periodistas y medios que habían publicado información crítica o de interés público relacionada con el presidente electo y su administración. La FLIP advirtió que estas prácticas contribuyen a incrementar los riesgos de hostigamientos y amenazas contra los periodistas, así como la alerta sobre un patrón de censura e intimidación.
Ambos casos demuestran algo incómodo para sus respectivos seguidores: el problema no es solo quien ocupa el poder, sino la facilidad con la que algunos líderes confunden una pregunta incómoda con un ataque político. Los ataques sistemáticos de partidarios, influencers y las llamadas “bodegas”, las descalificaciones contra periodistas y la construcción de aparatos de propaganda tradicionales y digitales no son fenómenos exclusivos de una sola orilla.
Reconocer esto no significa afirmar que toda crítica suya a la prensa haya sido ilegítima. Los medios se equivocan, tienen intereses y sesgos, y también deben responder por sus errores. La prensa no puede exigir inmunidad frente a la crítica simplemente porque se presenta como independiente. Pero existe una diferencia fundamental entre cuestionar una publicación concreta y convertir al periodista que incomoda en un enemigo al que hay que desacreditar.
El límite aparece cuando la crítica deja de dirigirse a un contenido específico y se convierte en una estrategia permanente de descalificación contra quienes hacen preguntas incómodas. La misma regla debe aplicarse a cualquier otro líder político. De hecho, defender la libertad de prensa es fácil cuando se cuestiona al poder que uno detesta. La verdadera prueba comienza cuando se cuestiona al poder que uno apoya.
El legado de Guillermo Cano tampoco murió con él. Continuó, de distintas maneras, en periodistas que entendieron que la independencia exige incomodar a incluso quienes compartimos nuestras propias ideas. Y no se trata de afirmar que los periodistas sean infalibles. Defender el periodismo independiente no significa convertir a los periodistas en santos. Significa defender la posibilidad de que se equivoquen, sean criticados y respondan por su trabajo sin que la consecuencia de incomodar al poder sea el silencio impuesto y cómplice.
En 1997, la UNESCO creó el Premio Mundial de la Libertad de Prensa Guillermo Cano, que reconoce a personas y organizaciones que han contribuido de manera destacada a defender la libertad de prensa, especialmente en circunstancias de riesgo. Que el nombre de un periodista colombiano represente hoy esa lucha en distintos lugares del mundo demuestra la dimensión que alcanzó su historia. Pero su legado no debería limitarse a un premio o a una conmemoración anual. Su mayor vigencia está en una pregunta que sigue siendo incómoda: ¿para quién trabaja el periodismo?
En una época en la que muchos medios compiten por atención y las audiencias buscan con más frecuencia información que confirme sus propias creencias, la respuesta parece cada vez más difícil. El periodismo necesita audiencias, recursos y espacios para sobrevivir. Pero si para conseguirlos termina convirtiéndose en propaganda de un gobierno, de una oposición o de cualquier líder político, habrá perdido algo esencial.
Guillermo Cano Isaza se convirtió en un símbolo porque lo asesinaron, pero su verdadero legado comenzó mucho antes de su muerte: en la forma en que entendió su trabajo mientras estaba vivo. Su historia recuerda que el periodismo no existe para hacer sentir cómodos a quienes tienen poder. Existe para hacer preguntas, incluso cuando esas preguntas resultan molestas.
Y creo que esa es la enseñanza más vigente de todas. Las bombas y balas pueden haber dejado de ser la única amenaza, pero la tentación de silenciar a quien incomoda sigue existiendo. Por eso, más que recordarlo como un símbolo del pasado, vale la pena recuperar su principio fundamental: una prensa que nunca incomoda probablemente ha dejado de cumplir una de sus funciones más importantes.
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