
Foto: Chelo Camacho / EL PAÍS
NACIÓN
La infancia entre los escombros

Sara Valeria Díaz Dominguez
Universidad del Valle
Hay días que parten la vida en dos. Días que, aunque pasen los años, siguen teniendo un antes y un después.
Para miles de personas, el 10 de agosto de 2026 será recordado como el día en que la tierra tembló. El día de las casas destruidas, de las calles llenas de personas buscando respuestas, de las familias abrazándose con miedo. El día en que una rutina aparentemente normal se convirtió, en cuestión de segundos, en una emergencia.
Pero para algunos niños será algo todavía más difícil de explicar. Será el día en que perdieron su casa. El día en que dejaron de dormir en su habitación. El día en que su colegio desapareció. Y para algunos, será el día en que perdieron a mamá o a papá.
¿Cómo se explica una ausencia así a un niño?
¿Cómo se crece cuando la persona que debía acompañarte a crecer ya no está?
Quizás nunca podamos responder completamente esa pregunta. Porque perder a un padre siendo niño no significa solamente perder a una persona. Significa perder fotografías futuras que nunca existirán: el primer día de colegio al que no irá, el cumpleaños que no celebrará, la graduación que no verá, la conversación adolescente que nunca tendrán, el consejo que llegará demasiado tarde o que simplemente nunca llegará.
Hay pérdidas que ocurren en un instante, pero que se siguen viviendo durante años. Y mientras pensamos en quienes quedaron atrapados en los escombros, quienes perdieron sus hogares o quienes tuvieron que dormir lejos de ellos, hay otra historia que también merece ser contada: la de los niños que tendrán que aprender a vivir con lo que el terremoto les quitó.
Porque un niño no deja de ser niño cuando ocurre una tragedia. Sigue necesitando que alguien le lea, que alguien lo abrace, que alguien responda sus preguntas, que alguien lo acompañe a dormir cuando tiene miedo.
Pero ahora tendrá que hacerlo en un mundo que cambió. Y hay algo todavía más extraño en esta historia: mientras algunas familias buscaban desesperadamente a sus seres queridos, otras recibían a alguien nuevo en sus vidas.
Hubo niños que nacieron ese día.
Mientras la tierra temblaba, hubo una madre dando a luz. Mientras algunos corrían buscando refugio, alguien llegaba por primera vez al mundo. Mientras en algunos lugares se contaban pérdidas, en otros se escuchaba el primer llanto de un recién nacido.
Qué extraño es el tiempo. Un mismo día puede significar el final para alguien y el comienzo para otro. Esos bebés crecerán y algún día alguien les dirá: “Naciste el día del terremoto”.
Quizás para ellos sea solamente una fecha de cumpleaños. Quizás algún día pregunten qué ocurrió. Quizás encuentren fotografías de las calles destruidas y descubran que mientras ellos respiraban por primera vez, miles de personas estaban viviendo uno de los momentos más difíciles de sus vidas. Y probablemente nunca recuerden ese día. Pero habrá familias que sí lo harán por ellos.
Porque también existe una forma particular de nacer en medio de una tragedia: llegar a un mundo que, en ese instante, está intentando reconstruirse.
Por eso hablar de los niños después de un terremoto es hablar de mucho más que de refugios, alimentos, colegios o viviendas. Es hablar de memoria. De ausencia. De miedo. De identidad. De las historias que estos niños contarán cuando sean adultos.
En Venezuela, semanas antes del terremoto que golpeó a Colombia, miles de niños y adolescentes también vivieron las consecuencias de los fuertes sismos ocurridos en junio. UNICEF ha señalado la importancia de garantizar espacios seguros, educación y apoyo psicosocial para que los niños puedan recuperar cierta sensación de normalidad después de una emergencia. En Colombia, la afectación de cientos de escuelas mostró precisamente lo que está en juego: cuando se interrumpe la educación, también se interrumpe uno de los espacios donde los niños encuentran estabilidad después de una tragedia.

Foto: Chelo Camacho / EL PAÍS
Porque quizás el colegio sea, después de la casa, uno de los primeros lugares donde un niño aprende que el mundo tiene cierta estructura. Hay una hora para llegar. Una profesora que los espera. Un cuaderno. Un recreo. Un amigo. Una tarea. Pequeñas cosas que, después de un terremoto, pueden convertirse en enormes formas de volver a empezar.
Y está el juego. Eso que los adultos podemos llegar a considerar insignificante cuando alrededor todo parece urgente. Pero un niño que vuelve a jugar no está ignorando la tragedia. Está intentando recuperar su infancia.
Por eso no deberíamos pedirles que sean fuertes. No deberíamos convertir la palabra “resiliencia” en una exigencia. Un niño que perdió a sus padres no tiene que aprender rápidamente a vivir sin ellos. Un niño que perdió su casa no tiene que fingir que no le importa. Un niño que tuvo miedo no tiene que sentirse avergonzado por seguir teniéndolo.
Necesitan acompañamiento. Necesitan adultos que tengan paciencia con sus preguntas. Necesitan lugares donde puedan sentirse seguros. Necesitan poder hablar de lo que ocurrió, pero también tener permiso para hablar de cualquier otra cosa. Porque la infancia no debería quedar atrapada para siempre en el día del terremoto. Y quizá esa sea una de las tareas más difíciles después de una tragedia: conseguir que los niños puedan recordar lo ocurrido sin que ese recuerdo sea todo lo que son. Que aquel día forme parte de su historia, pero no sea su historia completa.
Algún día crecerán.
Algunos recordarán a quienes perdieron. Otros no tendrán recuerdos propios y conocerán la tragedia a través de fotografías y relatos familiares. Algunos habrán nacido aquel día y llevarán una fecha marcada por la coincidencia de llegar al mundo mientras todo alrededor parecía desmoronarse.
Y todos tendrán algo en común: serán una generación que creció después de que la tierra les enseñara, demasiado temprano, que nada es completamente permanente. Por eso, cuando hablamos de reconstrucción, deberíamos mirar más allá de las paredes.
Reconstruir no es solamente levantar una casa. Es conseguir que un niño vuelva a dormir tranquilo. Es devolverle un salón de clases. Es encontrar una manera de hablarle sobre la muerte sin arrebatarle la esperanza. Es acompañar a quien perdió a su madre o a su padre. Es permitir que un niño vuelva a jugar sin sentir que está olvidando lo que pasó. Es cuidar a ese bebé que nació en medio del caos y que, algún día, preguntará por qué su cumpleaños siempre estuvo ligado a aquella fecha.
Los adultos solemos contar las tragedias con números: cuántas casas, cuántas escuelas, cuántas familias, cuántas personas afectadas. Pero los niños no viven las tragedias en cifras. Las viven en nombres. En habitaciones vacías. En fotografías. En preguntas. En personas que ya no están. Y también en las personas que sí se quedaron.
Quizás por eso la pregunta no debería ser solamente qué vamos a reconstruir después del terremoto. Deberíamos preguntarnos qué infancia queremos reconstruir. Porque la tierra puede dejar de temblar en unos minutos. Pero para un niño que perdió su hogar, sus rutinas o, peor aún, a quienes amaba, el terremoto puede durar muchos años.
Y nuestra responsabilidad será conseguir que, cuando finalmente mire hacia atrás, no recuerde únicamente el día en que la tierra le quitó algo, sino también todos los días que vinieron después. Los días en que volvió a jugar. En que regresó a estudiar. En que volvió a reír. En que aprendió a vivir con la ausencia. En que alguien lo abrazó. En que volvió a sentirse seguro.
Porque quizá reconstruir una ciudad sea levantar nuevamente sus edificios. Pero reconstruir una infancia es conseguir que un niño vuelva a creer que todavía tiene un futuro que vale la pena imaginar.
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