
Foto: Centro López de Fez
ENSAYO
Métodos de suicidio con enfoque de género en Colombia

Celeste Galeano Arias
Universidad Externado
La pregunta que orienta esta investigación es la siguiente: ¿de qué forma el género afecta los métodos de suicidio en las personas de 25 a 35 años en Colombia? Calificar la problemática abordada en este texto como una “paradoja de género del comportamiento suicida” (Canetto & Sakinofsky, 1998, p. 16) implica aceptar una postura epistemológica que se define a partir de una contradicción, pues llamarlo paradoja supone que el acto letal debería ser idéntico en todas las direcciones y que cualquier asimetría es, por tanto, una anomalía teórica. Sin embargo, que las mujeres intenten quitarse la vida con mayor frecuencia mientras que los hombres mueran por suicidio en proporciones más altas no encierra misterio alguno; revela, por el contrario, una falta de búsqueda y comprensión de los mecanismos sociales que no son más que la expresión de un orden profundo. Teniendo esto en cuenta, es preciso preguntarse en qué factores recaen el método y el modo empleados al momento de cometer un acto suicida y explorar las variables en comparación con el habitus de género, partiendo de una tesis simple: las mujeres eligen métodos menos letales que los hombres de su misma edad, lo que deriva en tasas de consumación desiguales.
1. Habitus, género y corporalización de la violencia
Bourdieu define el habitus como complejas estructuras del orden social que regulan y forjan, desde el pensamiento y la sensibilidad de los individuos, hasta sus competencias profesionales y sus formas de relación, lo que desemboca en un contexto específico. Durkheim (2012) llama a ese contexto realidad, y lo define como un sistema de expectativas, prohibiciones y sanciones que, por medio de instituciones como la familia, la escuela y discursos culturales, logra que las estructuras sean reconocidas no como imposición sino como inclinación natural. Al aplicar esta definición al género adquiere matices particulares, ya que el sexo pertenece al orden anatómico, mientras que el género es un hecho social, un sistema institucional que legitima la implementación de atributos, emociones y competencias (Lamas, 2000). A partir de esta idea, Louis McNay (1999) explica que “las normas de género se vuelven carne” (p. 95), pues postular que el género opera como habitus equivale a defender que su socialización no enseña únicamente valores abstractos sino que inscribe el cuerpo en una pedagogía de violencia y contención.
2. Métodos
En Colombia, Mora Reyes (2025) construyó una base de datos que por primera vez registró los intentos de suicidio del Sistema Nacional de Vigilancia en Salud Pública (SIVIGILIA) y los de suicidios consumados del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses (INMLCF) entre 2016 y 2023, unificando las clasificaciones de mecanismos basados en criterios de equivalencia fisiológica instrumental.
Según esta nueva base de datos, los resultados en 2023 arrojan que los hombres consumaron el suicidio en un 77% mientras que las mujeres representaron el 65%. De este modo, se reconoce que la asimetría no recae en quien lo intenta sino en quién sobrevive, ya que los métodos difieren de modo sistemático: el 68% de las mujeres recurrió a la intoxicación, que cuenta con una letalidad del 1.61%; en cambio, los hombres recurrieron principalmente al ahorcamiento, lo que representó el 71% de los suicidios consumados, y un 10% adicional utilizó armas de fuego. La divergencia no se limita a la elección del instrumento, pues Mora calculó la efectividad individual por sexo para cada método y describe que incluso cuando hombres y mujeres emplean el mismo método, la letalidad femenina continúa siendo menor, como si la técnica estuviera modulada según el sexo. Las simulaciones de la autora demuestran que si se atribuye a las mujeres el mismo rango instrumental y la misma efectividad que a los hombres, los suicidios femeninos consumados se multiplican por más de cinco y superan los masculinos; si, a la inversa, los hombres adoptan las preferencias y la pericia femeninas, su mortalidad cae por debajo de la de las mujeres. Lo que explica la brecha no es, pues, quién desea más morir, sino el grado de letalidad del instrumento y la destreza con que se le maneja.

Foto: El Confidencial
3. Análisis: el método como expresión del habitus de género
Esta configuración de preferencias constituye más que un agregado de decisiones individuales y se sostiene como un habitus, ya que, en primer lugar, mantiene una estabilidad incluso con perturbaciones como el COVID-19; en segundo lugar, la corporización de la variable técnica remite a procesos de socialización profundamente arraigados y asimétricos: las personas que hoy tienen entre 25 y 35 años crecieron en un entorno donde los varones estuvieron más expuestos a herramientas contundentes, maquinaria y, en ciertas zonas de Colombia, a armas de fuego, mientras que las mujeres fueron educadas en la administración de sustancias como medicamentos, pesticidas o disolventes, como resultado de las labores domésticas y de cuidado. La intoxicación, por consiguiente, explica la cercanía femenina con este estilo, pues no demanda fuerza física, se consuma en el espacio doméstico y se apoya en un saber farmacológico informal adquirido en la vida cotidiana; el ahorcamiento y el disparo, en cambio, requieren una destreza manual y una familiaridad con la mecánica del daño.
Junto a este condicionamiento histórico, opera la incorporación de la norma anti-violencia. Barroso Martínez (2019), en su revisión crítica, explica que la socialización femenina desalienta de forma sistemática la expresión de la agresividad directa, pues edifica una feminidad hegemónica sobre una costumbre del cuidado que, aun en la desesperación, inhibe el acto suicida. Esta contención no es un cálculo consciente, sino una disposición pre-reflexiva: el cuerpo entrenado en la contención encuentra resistencias que vuelven casi impensable jalar un gatillo, mientras que la ingesta de pastillas resulta más congruente con gestos medidos y silenciosos, que para terceros son menos traumáticos. Asimismo, que las mujeres mueran menos incluso cuando emplean los mismos métodos no es fruto de una impericia innata, sino la evidencia de que el habitus de género las ha mantenido al margen de los saberes prácticos que maximizan el daño. Finalmente, la prensa ha reforzado activamente los guiones culturales al retratar a las suicidas como “sociables y mentalmente perturbadas” y a los suicidas como “enfadados y rechazados” (Eisenwort et al., 2014), en una retroalimentación simbólica que consolida el habitus generación tras generación.
4. Romantización diferencial del suicidio femenino
Precisamente en ese nivel simbólico se ubica un fenómeno cultural que expresa la desigualdad con que se reviste el cuerpo suicida según el género: la romantización de la muerte femenina en la tradición visual y literaria de Occidente, mientras el suicidio masculino queda englobado en silencio o en la crónica concisa. Elisabeth Bronfen (1992) ya señaló en Over Her Dead Body que el cadáver femenino ha funcionado como objeto estético sobre el que se proyecta una idea del deseo, belleza y morbosidad. La mujer que se suicida es representada como un cuerpo bello que alcanza su plenitud significante precisamente en el instante de encontrarse vulnerable; la Ofelia de Shakespeare, flotando entre flores, es el estándar que convierte el suicidio femenino en un espectáculo contemplativo. En el cine y la literatura contemporáneos, esta romantización persiste y normaliza esta idea con notable vigencia: el análisis de The Virgin Suicides de Jeffrey Eugenides (Knox, 2024; Jaworski, 2010) muestra cómo el cuerpo femenino es sexualizado y el suicidio presentado como una muerte romántica que perpetúa el tropo de la adolescente bella que elige la muerte como acto de agencia. Como ha documentado Martínez Baleirón (2024), la mirada cultural se detiene en la pasividad de un cuerpo femenino que, al dejar de resistir, se ofrece como icono de belleza y sumisión, revestido de un erotismo contrario a la representación del suicidio masculino, cuya muerte se narra como tragedia o impulso, pero no como objeto de contemplación estética. Este contraste refuerza activamente el guion según el cual la muerte femenina puede ser bella, íntima y contenida, mientras que la masculina debe ser contundente, definitiva y exenta de toda duda.
5. Discusión y conclusiones
Lo anterior responde la pregunta inicial con precisión, donde la palabra “paradoja” se niega de antemano. El género afecta los métodos de suicidio de las personas de 25 a 35 años en la medida en que funciona como una realidad social coercitiva que, una vez interiorizada bajo la forma de habitus, distribuye desigualmente los modos técnicos y la autorización simbólica necesaria para infligirse una muerte violenta. Las mujeres recurren a la intoxicación en mayor medida no por duda o porque sus intentos sean menos serios, sino porque ese es el procedimiento que se les ha hecho accesible y emocionalmente ejecutable sin una ruptura insoportable con la identidad que se les ha sido asignada y legitimada a través de discursos culturales; los hombres eligen el ahorcamiento y las armas de fuego porque el habitus masculino ha tornado familiares la contundencia y la autosuficiencia destructiva. De este modo, existe la manifestación más extrema de un orden simbólico que moldea los cuerpos desde la infancia y que, incluso ante la muerte, continúa dictando la forma adecuada de abandonar la vida. Reconocerlo obliga a trasladar la mirada desde la psique individual a las condiciones sociales que producen cuerpos estructuralmente desiguales ante el acto suicida, que se basa en dispositivos simbólicos género-dependientes.
Referencias
Barroso Martínez, A. A. (2019). Comprender el suicidio desde una perspectiva de género: una revisión crítica bibliográfica. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría.
Bourdieu, P. (1999). Meditaciones pascalianas. Anagrama.
Bronfen, E. (1992). Over Her Dead Body: Death, Femininity and the Aesthetic. Manchester University Press.
Canetto, S. S. (1993). She Died for Love and He for Glory: Gender Myths of Suicidal Behavior. Omega – Journal of Death and Dying, 26(1), 1-17.
Canetto, S. S. y Sakinofsky, I. (1998). The gender paradox in suicide. Suicide and Life-Threatening Behavior, 28(1), 1-23.
Durkheim, É. (2012). El suicidio (L. de la Riva, Trad. 2.ª ed.). Akal. (Obra original publicada en 1897).
Eisenwort, B., Till, B., Hinterbuchinger, B. y Niederkotenthaler, T. (2014). Sociable, Mentally Disturbed Women and Angry, Rejected Men: Cultural Scripts for the Suicidal Behavior of Women and Men in the Austrian Print Media. Sex Roles, 71(5-8), 246-260. https://doi.org/10.1007/s11199-014-0395-3
Jaworski, K. (2010). The Gender-ing of Suicide. Australian Feminist Studies, 25(63), 47-61. https://doi.org/10.1080/08164640903499752
Knox, I. (2024). Faithful Men and False Women: Love-Suicide in Early Modern English Popular Print. Gender & History, 36(3), 986-1003. https://doi.org/10.1111/1468-0424.12788
Lamas, M. (2000). Diferencias de sexo, género y diferencia sexual. Cuicuilco, 7(18), 1-24.
Martínez Baleirón, M. C. (2024). Las mujeres suicidas como icono de belleza y sumisión. Periféricas. https://perifericas.es/blogs/blog/las-mujeres-suicidas-como-icono-de-belleza-y-sumision
McNay, L. (1999). Gender, Habitus and the Field: Pierre Bourdieu and the Limits of Reflexivity. Theory, Culture and Society, 16(1), 95-117. https://doi.org/10.1177/026327699016001007
Mora Reyes (2025). Mecanismos de muerte: una variable subestimada para explicar las diferencias de tasas de suicidio de hombres y mujeres en Colombia de 2016 a 2023. (Tesis de grado), Universidad de los Andes.
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