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Todo por intereses egoístas, digo sionistas

Foto: María Fernanda Puentes
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María Fernanda Puentes

Universidad Minuto de Dios

Hay algo profundamente cómodo en creer que la propaganda nazi es un artefacto del pasado, una reliquia torpe de los años treinta asociada a discursos y carteles evidentes, como si la sofisticación contemporánea nos hubiera inmunizado contra esos mecanismos rudimentarios. Sin embargo, esa confianza no es más que el primer síntoma de su eficacia. Ya que lo verdaderamente perturbador no es que aquellos principios hayan sobrevivido, sino que lo han hecho con una precisión quirúrgica, adaptándose a un ecosistema donde ya no necesitan imponerse, sino simplemente circular. Y en ese flujo constante de información, donde las narrativas se disputan la legitimidad de lo real, lo que emerge no es la verdad, sino una arquitectura de percepciones cuidadosamente diseñadas. Es en ese punto donde resulta inevitable regresar a los postulados formulados por Joseph Goebbels, no como ejercicio histórico, sino como manual para dominar las narrativas de la contemporaneidad.

Todo, absolutamente todo se construye desde una sospecha estructural, son narrativas en disputa. Y el primer principio de Goebbels, la simplificación y el enemigo único, es brutalmente evidente hoy, es necesario reducir la infinita complejidad del mundo a un solo rostro, a una sola idea, porque el cerebro humano busca atajos y la geopolítica actual se basa en crear a ese gran villano para consumo rápido.

Así, una civilización como Irán, con más de 5000 años de antigüedad, con una complejidad demográfica, literaria y cultural abrumadora, es condensada en una figura unidimensional, un villano con un régimen opresor y desprovisto de matices. Lo mismo ocurre en América Latina, donde Venezuela es encapsulada bajo una sola palabra —narcodictadura— borrando de un golpe cualquier matiz histórico o social interno. Este gesto no es inocente, es el reflejo exacto de un cerebro diseñado para la pereza: responde a la lógica de buscar atajos para procesar el mundo sin invertir demasiadas calorías mentales. La geopolítica, entonces, se convierte en un producto de consumo rápido, donde el espectador necesita un antagonista claro, casi cinematográfico, porque comprender procesos históricos complejos resulta, sencillamente, inviable dentro de los ritmos de la sociedad del espectáculo.

Pero ese enemigo único, para ser funcional, necesita expandirse, reproducirse como una verdad absoluta. Se aplica el segundo principio, el método de contagio. Agrupar a todos los adversarios bajo una misma etiqueta no solo facilita la narrativa, sino que elimina la posibilidad de disidencia. Criticar al “héroe” implica automáticamente ser absorbido por la categoría del “villano”. Es en este punto donde las trampas semánticas adquieren una potencia extraordinaria. La equiparación entre antisionismo y antisemitismo se convierte en un mecanismo de neutralización discursiva: cualquier crítica a las políticas del Estado de Israel —que es una entidad política territorial y militar—, automáticamente el yugo público le adhiere el peso histórico del odio racial y religioso. La paradoja histórica es enorme, porque ignoran convenientemente que hay millones de árabes que son semitas. O que existen facciones del cristianismo en Estados Unidos multimillonarios, que son fervientemente sionistas por motivos de profecías bíblicas y no tienen nada que ver con el judaísmo étnico. Este dispositivo no responde a la coherencia histórica ni lingüística, sino a su eficacia operativa: convertir la crítica en delito moral.

Ahora bien, cuando el sistema necesita protegerse de sus propias contradicciones, recurre al tercer principio, la transposición, una maniobra aún más sofisticada: acusar al adversario de aquello que uno mismo ejecuta. Este desplazamiento, que a escala psicológica se entendería como proyección, y a escala geopolítica se convierte en una herramienta de desorientación masiva. Líderes políticos de Estados Unidos, por ejemplo, justifican intervenciones en nombre de la libertad y la democracia mientras en sus discursos mencionan la palabra petróleo 27 veces, evidenciando una obsesión que desborda la retórica humanitaria. A la par, encuestas señalan que el 97% de los venezolanos rechaza la apropiación extranjera de sus recursos, pero esa cifra queda subsumida bajo la narrativa oficial. En Oriente Medio, la resistencia palestina es clasificada de manera sistemática como terrorismo intrínseco, mientras que acciones militares que encajan milimétricamente como delitos de lesa humanidad son redefinidas bajo el lenguaje higiénico de la autodefensa.

Para sostener este engaño, y que nadie se percate de estas contradicciones gigantescas, es vital intervenir los límites de lo que se puede concebir. De ahí la necesidad de recurrir al cuarto principio, la exageración y desfiguración. No basta con la simple mentira; es inevitable remodelar la realidad para que aquello que hoy parece impensable se deslice progresivamente hacia la esfera de lo admisible. Aquí es donde la Ventana de Overton se manifiesta como una herramienta de ingeniería social que redefine los marcos del debate. Esta técnica explica que la propaganda va más allá de la falsedad: busca remodelar la realidad hasta que lo radical o criminal se perciba como aceptable. Lo logra mediante la repetición constante y el desplazamiento de los límites de lo que la sociedad considera "sensato".

La normalización de conductas repugnantes no es una casualidad, sino un arte. Requiere una repetición constante y una manipulación del lenguaje tan obvia que solo una masa dócil podría aceptarla. Los crímenes de la red de Jeffrey Epstein, por ejemplo, no son depravación; son las “travesuras” de millonarios con “estilos de vida excéntricos”, normalizando un abuso sistémico. De forma paralela, en Gaza, cuando hablamos de horrores documentados, como el uso de armamento prohibido que evapora a seres humanos a 3500 °C, los medios sionistas dicen que eso no es aniquilación, es simplemente "daño colateral" de una supuesta autodefensa. La plaga de la brutalidad sionista ha sido adiestrada para expresarse en el lenguaje de la corrección política, una jerga tan carente de lógica, que el sentido común de las personas permanece en un estado perpetuo de adormecimiento.

Para que ese letargo se mantenga, se aplica el quinto principio: el de la vulgarización. El sionismo, por ejemplo, empleó esta misma táctica, una brillante pieza de marketing histórico. Inventaron el "exilio romano" para justificar su regreso a una "tierra prometida", ignorando convenientemente que la genética y la ciencia señalan que los palestinos son los verdaderos descendientes de esos antiguos habitantes de Judea. Es el clásico cuento de ladrones de tierras con pedigrí. Asimismo, el embajador de Irán nos recalca que EE. UU. ha abandonado cualquier vestigio de decencia internacional para ser la marioneta de Israel, rompiendo acuerdos internacionales, como si fueran servilletas usadas.

En este panorama, la vulgarización del mensaje se vuelve imprescindible. La complejidad es reemplazada por consignas sencillas, y la diplomacia se reduce a lanzar amenazas de aniquilación global en cinco palabras en mayúsculas publicadas en redes sociales. La respuesta no es menos simplista: incluso la diplomacia iraní utiliza videos musicales animados con figuras de Lego en stop motion para mostrar su parte de la historia. Todo debe ser instantáneo, accesible y fácil de asimilar. El pensamiento crítico cede su lugar a la reacción impulsiva, y la reflexión es sustituida por el simple estímulo.

Repasando todo este ruido mediático, resulta fascinante pensar en cómo de repente ciertos términos se vuelven virales justo antes de un conflicto bélico. Por ejemplo, esa extraña similitud fonética entre la capital Teherán y toda esta moda absurda de internet de los Therian, la subcultura de personas que finge ser animales y corre a cuatro patas. A veces te preguntas si la mente pública está siendo condicionada desde la fonética más básica para asociar sonidos con conceptos absurdos o para saturar los buscadores. No hace falta una gran conspiración porque el propio sistema ya recompensa el contenido más básico y emocional. Y una vez que tienes ese mensaje simple, pasas al sexto principio, la orquestación, la repetición incansable.

Ningún sistema de propaganda funciona sin repetición. Una estrategia sumamente efectiva consiste en machacar una idea desde todos los ángulos posibles hasta que se solidifica como una verdad incuestionable. Si esta idea es difundida por todas las cadenas de televisión, películas y libros de texto, el cerebro tiende a asumirla como cierta. Esto es particularmente notorio con el mito fundacional del exilio judío masivo de hace 2000 años. Historiadores israelíes, como Shlomo Sand, han revelado cómo la idea de una tierra prometida para un pueblo sin tierra fue repetida sistemáticamente en la educación, con el fin de fabricar un constructo identitario nacional. De esta forma, se ocultó un movimiento de colonización bajo la imagen romántica de unos nativos que retornan a su hogar ancestral.

El genocidio del pueblo de Palestina, por lo tanto, no comenzó por un odio religioso ancestral o por presencia de grupos terroristas, sino por la implementación de un proyecto político colonial que buscaba transformar Palestina en la "Tierra de Israel" a expensas de los derechos de sus habitantes nativos.

La historia del sionismo político ilustra este mecanismo con una claridad inquietante. Surgido en Europa a finales del siglo XIX como respuesta nacionalista y secular al antisemitismo, su objetivo fundamental fue la creación de un estado judío por y para judíos en la región de la Palestina histórica. Formalizado por Theodor Herzl en El Estado Judío, este movimiento se reconoció desde sus inicios como un proyecto colonial. Instituciones como el Jewish Colonial Trust y la Asociación de Colonización Judía no ocultaban esa naturaleza, y figuras como Ze'ev Jabotinsky describían el proceso como una “aventura colonial” que requería un “muro de hierro” para imponerse sobre la población nativa. Incluso se consideraron tierras como Argentina o Uganda antes de decidirse por Palestina por razones de "marketing" y afinidad espiritual.

A pesar de estas consideraciones pragmáticas y la evidencia histórica contraria, la narrativa dominante insistió en la idea romántica de un retorno legítimo a una tierra ancestral, ignorando informes como el King-Crane de 1919, donde el 85.3% de la población nativa se oponía radicalmente al sionismo, o el hecho de que en 1917, con la Declaración Balfour, se apoyara un “hogar nacional judío” en un territorio donde más del 90% de la población era nativa. La repetición convirtió el mito en estructura. Uno de los episodios más polémicos que contradice esta narrativa de retorno legítimo fue el Acuerdo de Haavara (1933), mediante el cual la Agencia Judía negoció con el régimen de Hitler para permitir que judíos alemanes emigraran a Palestina con parte de sus bienes, rompiendo el boicot internacional contra los nazis.

Probablemente muy pocas personas se atreverán a cuestionar el acuerdo mencionado, porque el diseño del sistema mediático garantiza que, para cuando alguien intente mirar hacia atrás y reconocer la historia, la maquinaria ya habrá aplicado el séptimo principio, la renovación. Este principio busca inundar la zona con nueva información. La repetición ya no es suficiente. Es necesario saturar el espacio informativo hasta el punto de imposibilitar cualquier verificación. La renovación constante de titulares, rumores y datos contradictorios genera un estado de ansiedad permanente en el que el público siempre está reaccionando a la última polémica.

En medio de ese torbellino, decisiones de alto impacto, como el freno a la publicación de archivos criminales vinculados a Epstein por parte del Departamento de Justicia de Estados Unidos —justificadas por “problemas de seguridad nacional debido a tensiones con Irán”—, pasan a un segundo plano. La verdad no se oculta; se diluye en un océano de ruido.

Nunca hay tiempo para procesar la mentira de ayer porque ya tienes el escándalo de hoy en la cara. Es la sobresaturación informativa total. En un lapso de 24 horas ves titulares girando como una ruleta rusa: que si han atentado contra un líder en Oriente Medio, que si es él o es un doble, que si está muerto Netanyahu o si hubo una pausa estratégica de 5 días en la guerra solo para que ciertos fondos manipularan la bolsa. Y todo esto sucede en medio de ese torbellino de ansiedad, casi como un ruido de fondo. En el siglo XXI, la meta no es ya esconder la verdad. El objetivo es generar tal cantidad de ruido que encontrar la verdad se vuelva matemáticamente imposible.

Esta táctica nos lleva al octavo principio: la verosimilitud. Se anclan las narrativas en datos estadísticos aislados para darles apariencia de verdad indiscutible. Las acciones bélicas se legitiman bajo la excusa de promover un cambio de régimen, instaurar la democracia y liberar a las mujeres de la opresión, porque desde Occidente consumimos un relato monolítico de que allí la mujer está absolutamente subyugada y sin futuro profesional. Por eso el embajador de Irán en México, desmiente las ideas que nos han vendido. Él afirma que las mujeres en su país tienen un 95% de alfabetización, que representan el 60% del alumnado

universitario y que lideran ministerios clave de infraestructura y ciencia. Y aquí está la trampa que desorienta a cualquiera. Estas estadísticas, nos muestran la realidad y chocan frontalmente con las supuestas imágenes de opresión que vemos en las noticias occidentales todos los días.

Y si alguien llegara a cuestionar, señalar, denunciar o corroborar —ya sea un periodista, un analista o un presentador que intente salirse de este guion— el sistema activa el noveno principio: la silenciación. Ya no hace falta la violencia física para acallar al disidente. Basta con censurar desde la estructura corporativa. Y no hablamos de la censura con la policía pateando tu puerta de madrugada. Hablamos de dinámicas elegantes, de despachos, como el caso del periodista español David Jiménez que fue despedido de un medio europeo por llamar "criminal de guerra" a Netanyahu, evidenciando que el lobby sionista controla los principios fundacionales de grandes medios. También te crucifican con el shadowban: no te prohíben hablar, te entierran bajo algoritmos, te evaporan de los buscadores, te convierten en un error de visibilidad. Y si te atreves a cruzar la línea invisible, no te encarcelan, te desfinancian, te despiden sin justa causa, te convierten en un ejemplo para el resto. Es una censura limpia, sin sangre, sin escándalo, sin mártires.

Pero para que todo este entramado funcione sobre nosotros, se necesita un anclaje emocional, por eso, se usa el décimo principio, la transfusión. La propaganda no crea emociones desde cero; se alimenta de traumas históricos, de mitos, de heridas colectivas. Por ello, el Holocausto, como tragedia histórica incuestionable, es instrumentalizado en ciertos contextos como un escudo que blinda al estado israelí de cualquier escrutinio legal. Especialmente por parte de países como Alemania que cargan con una culpa histórica gigantesca. Esta manipulación funciona como un campo de fuerza protector y también se nutre de transfusiones religiosas. Multimillonarios y políticos en Estados Unidos haciendo inversiones militares en profecías bíblicas para justificar barridos étnicos, utilizan la memoria del sufrimiento absoluto como un escudo para cometer nuevas violencias sin rendir cuentas ante la ley.

Esto permite que no se puedan corroborar las denuncias extremadamente graves que hay en contra del estado de Israel, como la extracción de órganos de palestinos fallecidos sin consentimiento, admitida por Yehuda Hiss, incluyendo piel, córneas, válvulas cardíacas y huesos, así como la retención de cuerpos en “cementerios de números”. Estas acciones, que se han calificado como una forma extrema de deshumanización resultante de un proyecto colonial, contraviene el Artículo 17 de la Primera Convención de Ginebra de 1949. Sin embargo, en lugar de ser investigadas, los encargados de hacer cumplir la justicia se lavan las manos y las descartan como un simple "libelo de sangre" antisemita. De esta forma, la contradicción entre la evidencia y la narrativa se resuelve mediante la descalificación en lugar de una investigación.

Y eso nos arrastra inevitablemente al último principio de Goebbels, el de la unanimidad, crear la ilusión de consenso total, convencer a la masa de que todo el mundo civilizado y racional piensa de esta manera y quien se atreva a salirse del molde diseñado por occidente y el petrodólar, es automáticamente aplastado por la famosa comunidad internacional. Por eso fue clave el secuestro del presidente Nicolás Maduro, fue un movimiento para asegurar reservas de petróleo y poder enfrentar a Irán sin desestabilizar la economía estadounidense.

Esa sensación de que existe un consenso global incuestionable, respaldado por la llamada “comunidad internacional” es importante. En este contexto, cualquier intento de romper el sistema —como la propuesta de Irán de realizar transacciones petroleras en yuanes o de condicionar el paso por el Estrecho de Ormuz a la ruptura de alianzas militares con Estados Unidos— es interpretado como una amenaza existencial. El sistema del petrodólar, negociado por figuras como Henry Kissinger tras la Segunda Guerra Mundial, obliga a los países productores a vender petróleo en dólares, garantizando una demanda constante que sostiene la hegemonía económica estadounidense. Un bloqueo indefinido en el Estrecho de Ormuz podría disparar, hipotéticamente, el precio del barril por encima de los 150 dólares, generando un colapso social o incluso una guerra civil en Estados Unidos debido a su alto endeudamiento. En este escenario, no resulta irrelevante que casualmente el 75% de los miembros del Congreso estadounidense reciban financiamiento de lobbies sionistas que apoyan políticas agresivas en Oriente Medio.

Y sin embargo, a pesar de la densidad de estos datos y de la aparente solidez de los argumentos, queda una última pregunta, quizás la más incómoda de todas. Si la propaganda contemporánea ha alcanzado un nivel tal de sofisticación que puede integrar contradicciones, absorber críticas y convertirlas en parte de su funcionamiento, ¿qué garantiza que este mismo análisis no sea otra capa más dentro de esa maquinaria? ¿Qué diferencia hay entre desmontar una narrativa y construir otra que produce la misma sensación de lucidez en quien la consume? Tal vez la verdadera victoria de este sistema no sea imponer una mentira, sino instalar una duda permanente que paraliza cualquier posibilidad de acción. Porque en un mundo donde todo puede ser propaganda, la sospecha deja de ser una herramienta crítica para convertirse en el estado natural de la conciencia.

ISSN: 3028-385X

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