
Foto: Raphael Gaillarde
CRÓNICA
A Julio lo que es del César

Samuel Sanabria Carmona
Universidad de Antioquia
Fue un día común. Tan común que, por el contrario de lo que suelen anunciar las estadísticas, me hubiese resultado extraño el fallecimiento de cualquier persona. Caminaba de regreso a la estación San Antonio, bajando por la carrera 49, luego de recorrer el Mercado de San Alejo, en el Parque Bolívar. Fue un día común, sábado 6 de junio. El cielo encapotado de ruido citadino había llevado la serenata de automóviles hasta las nubes y la lluvia horizontal de personas se sentía tan torrencial que, al parpadear, resultaban estáticos rozando contra mi cuerpo, como una serie de imágenes en diapositivas, una después de otra.
Diagonal al Edificio Tequendama, en el andén paralelo, divisé a un niño recostado contra la pared de un edificio, de aquellos altos que parecen emerger de lo más profundo de la tierra y rara vez recuerdo su nombre.
Su cabello era de un castaño similar al cuero húmedo, lacio. Llevaba un suéter rojo cubierto de manchas cobrizas ennegrecidas, como ese óxido que les sale a las armaduras antiguas. Un pantalón de cuadros demasiado grande para su cuerpo, amarrado a la cintura con dos cordones, uno rojo y otro blanco, y llevaba los pies completamente descalzos sobre el cemento encharcado. Se abrazaba el estómago.
Del umbral entre la puerta del edificio y la calle, emergió un hombre de saco y corbata, con el cabello peinado para atrás y unos mocasines. Piense en un aviso de contratación, donde un hombre de carácter ejecutivo aparece sonriente, con unos dientes tan brillantes como una ventana y los brazos abiertos convenciéndome de trabajar durante largas jornadas atado a un cubículo prefabricado. Este hombre de afiche pasó frente al niño y, sin repararlo demasiado, le escupió. No disminuyó la velocidad de su caminar. Escupió y siguió caminando. El niño no generó reacción alguna. Solo se abrazaba el estómago, entre el mar de gente, que avanzaba por la ciudad con sus funciones quirúrgicas y precisas, sin permitirse un instante de sosiego. Fue un día común para Medellín. También para Julio, el niño.
***
El DANE registró poco más de tres mil habitantes de calle en la ciudad en 2019, el último año del que existe un censo oficial. Cuatro años después, la administración local reconoció haber atendido a más de siete mil personas en condición de calle. También admite que, desde la pandemia, ha aumentado el número de menores de catorce años que deambulan por el centro de la ciudad. No tenemos certeza dentro de esos valores cuántos —de los que con seguridad son más de siete mil personas— son niños. La única manera de acercarse a una cifra que no fuera una estimación arbitraria sería contarlos uno por uno, todos los días, y sumarlos nuevamente a medida que aparecen más.
La Unidad de Niñez de la Secretaría de Inclusión Social y Familia ejecuta el programa Medellín, Entorno Protector de la Infancia y la Adolescencia, incluido en el Plan de Desarrollo Distrital 2024-2027. Esto contempla unidades móviles que recorren permanentemente la ciudad y desarrollan acciones pedagógicas para prevenir y mitigar situaciones de riesgo en niños. Antes, el Acuerdo 24 de 2015 había establecido la Política Pública Social para los Habitantes de Calle, con el propósito de garantizar y restablecer sus derechos. Pero esto no describe los mecanismos para abordar a aquellos que ya se encuentran mano a mano con el hambre.
Cifras, acuerdos, programas y presupuestos que en papel –dentro de una oficina y revisados por hombres de saco y corbata, con el cabello peinado para atrás y unos mocasines– suena suficiente, pero nada de esto ha logrado impedir los tres años que Julio lleva en la calle.
Y sigue aumentando. Súbitamente.

Foto: Hernán Díaz
Me quedé de pie, inmóvil. Convertí mi presencia en la carrera 49 en una diapositiva al otro lado de la calle. Estuve observando al niño durante varios minutos. Temblaba y se abrazaba. Aquel niño no estaba escondido en ningún rincón de la ciudad. Estaba allí, en pleno centro, a la vista de todos y aun así parecía cubierto por un manto hecho de palomas que revolotean entre los edificios y lo volvía completamente invisible.
Las diapositivas empezaron a moverse en un carrusel de acciones donde me vi empujado a cruzar la calle. Un gesto automático, poco contemplado. Crucé la calle y me ubiqué detrás de él. Logré escuchar un leve sollozo. Traté de hablarle poco. Cuando escuchó mi voz, se apartó inmediatamente. Vi temor en ese gesto. Un miedo acumulado quizá de la experiencia. Le dije que se estuviera tranquilo. Pregunté cómo se llamaba. No respondió. Le pregunté si ya había comido. Negó con la cabeza. Entonces le propuse almorzar conmigo. Me observó durante unos segundos, desconfiado. Al final aceptó.
No conocía bien San Antonio, por lo que caminamos uno al lado del otro bajando la carrera 48, por el pasaje de La Bastilla, buscando algún restaurante donde vendieran corrientazos.
El sol anunció y escaló hasta ponerse sobre las sienes de la ciudad. Para entonces todo resultaba poseer un carácter apresurado. Los buses que bajaban a toda velocidad por la calle 52 hacia la Avenida de Greiff dejaban detrás un olor espeso a combustible y la gente caminaba igual de rápido, con ese afán representativo de quienes parecen saber exactamente hacia dónde van.
Tuve intentos fallidos de conversar con él. No hizo señas particulares. Parecía llevar dentro una prudencia poco característica en los niños.
Encontramos finalmente un restaurante. En realidad, era un bar, pero vendían almuerzos. Desde afuera se veían mesas llenas y el ruido de las conversaciones se superpuso a todos los demás sonidos. Al intentar ingresar, la mujer que atendía la entrada, de esas mujeres sonrientes que siempre extienden la mano indicando la bienvenida, me permitió el paso, pero le impidió la entrada al niño. Fue un gesto rápido, automático, instintivo. Como si estuviera cerrándole el paso a lo indeseable. Le expliqué que venía conmigo. Se negó, sencillamente. Miró a Julio desde sus pies descalzos hasta el último de sus cabellos en un gesto que se repetía mientras hablaba, sin sacarle los ojos de encima.
—El jefe no permite vagabundos —dijo. Su brazo atravesó de un lado a otro la puerta.
—Es un niño, señora —insistí—. Solo vamos a almorzar.
La negación parecía rotunda, hasta que cedió. Discutir resultaba más incómodo que dejarlo pasar.
Nos sentamos frente a frente, junto a una ventana. Pedí dos almuerzos. Fue entonces cuando habló por primera vez.
—Me llamo Julio —declaró—. ¿Y tú?
***
No sé por qué, pero pensé en Julio César. También en un tío que lleva el mismo nombre, hermano de mi abuelo, que se dedicaba al análisis del suelo en una empresa dedicada a proyectos civiles. Se lo hice saber.
—Te llamas como Julio César —le dije—. ¿Sabes quién fue Julio César? Negó con la cabeza.
Le conté a grandes rasgos que había sido un conquistador. Un general. Un hombre que gobernó un vasto grupo de territorios. Le dije —medio en broma, medio en serio, con ese carácter dicotómico del cartagenero a la hora de andar haciendo chistes como si fueran verdades— que quizá él también podría conquistar el mundo.
Me miró un tiempo en silencio antes de responder. Su mirada era similar a la desazón si esa palabra tuviera una mirada implícita en la mente de todos. Unos ojos pequeños, entreabiertos. Había en ellos un cansancio difícil de explicar, una especie de espera sin esperanza, como si hubiera aprendido a perderle valor a las cosas.
—¿Cuál mundo?
No supe qué decir. Los mundos que conocíamos él y yo eran distintos. Yo hablaba de la promesa del mundo. Probablemente él lo hizo desde la amenaza del mundo. Volvimos al silencio.
Cuando llegó la comida, pude ver de cerca el rostro del hambre. Los ojos de Julio se iluminaron como dos diamantes pulidos y se abrieron tanto que pensé que se devoraría el plato con la mirada. Comenzó a comer inmediatamente, sin pausa, sin levantar la cabeza, sin perder un solo segundo. Solo entonces se introdujo en el ritmo habitual del mediodía. Yo apenas logré tocar mi plato. Lo observaba. Nada más. Comer en ese momento se convirtió en un acontecimiento. Tan verosímil que la caída de cualquier imperio resultaría ser solo una historia contada por un pescador del Caribe. Esto me arrebató el apetito y comencé a sentir un retorcijón en el estómago.
Con la boca llena, comenzó a contarme cosas. Tiene doce años. El 19 de agosto cumple trece. Su madre falleció por una enfermedad en los pulmones. Eso le contó su padre, antes de extraviarse en las calles de la ciudad. Su padre también vivía en la calle y no sabía dónde encontrarlo. Llevaba un año sobreviviendo solo cual César. Un año. Doce años y tres años
enteros con el cielo de techo, sin más protección que las nubes de lluvia desplomándose sobre el valle y ese sol que te quema la nuca, marcando el cuello de la camisa.
Al terminar, le pregunté si seguía teniendo hambre. Me dijo que llevaba dos o tres días sin comer. Dos o tres días. Hay cifras que parecen pequeñas hasta que adquieren un rostro. Tomé su plato y lo cambié por el mío. Volvió a comer. Mientras lo veía dar cucharada tras cucharada, lo creí capaz de devorarse el planeta entero si pudiera ponerlo en una bandeja paisa. Pensé nuevamente en Julio, el conquistador.
Julio conquistaba cucharadas de arroz con frijoles y chicharrón. Julio había cruzado el Rubicón. Julio cruzaba avenidas esquivando las horas pico. Julio enfrentó a los galos y a Pompeyo Magno. Julio enfrentó dos o tres días sin comida. Julio fue empujado al exilio. Julio también se vio obligado al exilio en una segunda tierra, cerca de San Antonio. Vivir tres años solo en las calles de una ciudad exige una resistencia que muchos hombres con ejército de respaldo jamás habrían soportado.

Foto: Hernán Díaz
Después del almuerzo, volvimos a caminar. Regresamos a la calle 52, subiendo a la Avenida de Greiff. Le compré un helado. Nos sentamos juntos a observar la ciudad sobre el borde de una tienda cerca a la Plazuela Nutibara. Hablamos poco. A veces el silencio resulta una forma de conversación. Respiraba despacio, dejando salir ese gemido leve a boca cerrada que sale del más profundo gusto por la comida.
Pensé en esa segunda tierra. Donde sus habitantes reconocen cada rincón de la ciudad. Saben dónde sobra comida cuando termina la semana. También qué toldos pueden usar para refugiarse de la lluvia. Dónde dormir al caer la noche. Los sitios junto a los brazos del río Medellín para orinar con pudor al intentar no ser vistos. Ignoramos, en cambio, casi todo sobre ellos. Si tienen quien los llore. Quien los recuerde.
La tarde comenzó a caer y tuve que marcharme. El sol desparramado por las calles bañaba las aceras de una luz moribunda y tenue. Me levanté. Julio permaneció sentado, no hizo el menor intento por levantarse. Nos observamos durante unos segundos, en ese silencio extraño que aparece cuando dos personas se ven obligadas a despedirse, pero ninguna encuentra todavía palabras dignas para retirarse. Fue entonces cuando me hizo una pregunta sencilla. Una pregunta infantil. Una pregunta que todavía hoy me persigue.
—¿Ahora somos amigos?
No se interesó en si le volvería a brindar comida. Tampoco tendió la mano por dinero. Preguntó si éramos amigos. Estaba frente a un niño. Simplemente un niño que, después de dos o tres días sin comer, quería saber si alguien llegaba a considerarse su amigo.
Le respondí que sí, que éramos amigos. Y que volvería a verlo. Que me tomaría unos días, pero volvería a verlo. Lo dejé sentado en una banca de cemento.
Caminando con dirección a la estación, luego de cruzar la calle, giré mi cabeza en un intento por crear un recuerdo más conciso de ese instante que compartimos. Él, sentado, comiendo el cono del helado, levantó la mano izquierda y la agitó en el aire.
—¡Chao, amigo! —gritó.
Alcé mi mano derecha y la agité en el aire.
—¡Chao, amigo! —repliqué, culminando el adiós.
Di media vuelta, seguí caminando. Subí las escaleras eléctricas al llegar a la estación. Tomé el metro de la línea B, desde San Antonio, hacia La Floresta.
***
Una semana después, regresé al mismo lugar. Lo busqué durante un tiempo. No encontré rastro. Era como si Medellín se lo hubiese tragado. Simplemente desapareció. Y la ciudad continuó funcionando. Los habitantes de la segunda tierra desaparecen sin grandes titulares. No movilizan búsquedas. No aparecen en televisión. Nadie pregunta por ellos.
Pienso con frecuencia en Julio. En su hambre. En sus pies descalzos, sin mocasines. En el hombre que le escupió, que sí los llevaba. Pienso en la conversación que tuvimos sobre Julio César. Me equivoqué, es lo más probable. Tal vez Julio nunca conquiste el mundo. Tal vez ya lo está conquistando. Quizá lo hace todas las veces que pasa la noche sin poder dormir por abrazarse el estómago. Cada vez que encuentra una prenda que no esté tan sucia y que pueda quedarle bien a su cuerpo delgado. Los imperios también desaparecen. Roma cayó. Se derrumbaron los palacios. Las estatuas fueron reemplazadas por edificios de oficinas inundadas con fotocopias de saco y corbata, peinados con el cabello para atrás. A veces los conquistadores cumplen trece años el 19 de agosto. A veces usan una armadura roja con manchas cobrizas todos los días. A veces caminan descalzos, repitiendo sus pasos. A veces también se llaman Julio.
Por eso escribo estas líneas. No con la pretensión de contar que conocí a un niño llamado Julio. Escribo porque todavía no he vuelto a encontrarlo. En algún lugar de Medellín existe una segunda tierra donde conviven los condenados al olvido. Esos que hacen parte de la familia no declarada de Julio.
Si alguna vez vuelvo a encontrarme con mi amigo, Julio, el niño paisa, quizá me atrevería a decirle que cumplí lo que le prometí. Regresé a buscarlo, aunque fuera de esta manera, buscándolo en las palabras.
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