
Foto: El País
RETRATO
El mapa de Eva Rey

Julieta Gaviria Velásquez
Universidad de los Andes
Una madrugada de encierro pandémico, en un apartamento silencioso, una pareja que apenas llevaba dos semanas de conocerse intentaba dormir. Eva llevaba horas dándole vueltas a una sospecha que no la dejaba en paz. A las cuatro de la mañana se levantó, incapaz de esperar al amanecer, tomó la prueba rápida que le daría el veredicto y siguió las instrucciones. Hasta ese momento, su vida había girado alrededor de una idea clara: no tener hijos, no depender, no renunciar a la libertad. Pero con el resultado en mano, su mapa se reorganizó.
“Ya hice un libro, planté un árbol y tuve una hija, ya me puedo morir en paz”, dice Eva, reciclando la frase de José Martí, una de esas sentencias que han sobrevivido décadas repitiéndose en tarjetas, cadenas de WhatsApp y discursos de grado. Para el poeta eran los grandes hitos que toda persona debería cumplir en vida. Durante 42 años Eva pensó que nunca completaría la terna.
San Sebastián
Su madre, Pilar Botana, siempre le dijo lo mismo: “Yo te crié para que fueras una mujer fuerte para que no te jodieran”. Eva tardó años en entender que esa frase no era solo una excusa para las reglas de su casa; era también una confesión. Le hablaba una mujer que había pasado hambre de niña, que creció con siete hermanos en una casa donde los regalos de Reyes nunca llegaron, así que había decidido que su hija no iba a necesitar a nadie que la rescatara.
Eva creció en la periferia de Donosti, San Sebastián, a diez kilómetros del colegio privado de agustinos en el que sus padres la matricularon haciendo un gran esfuerzo económico. De esa época no conserva grandes recuerdos de la doctrina católica, pero sí de los choques que tuvo con ella. “Me gané una hostia en la cara en esos salones”. Lo cuenta sin rastro de victimismo; más bien con la resignación divertida de quien sabe que su poca paciencia y su gran mal genio nunca fueron precisamente las virtudes favoritas de los curas.
Había apenas dos mujeres por salón. El colegio acababa de abrirles las puertas a las niñas y cuando llegaba a casa la esperaban sus dos hermanos. Entre una cosa y la otra, Eva pasó más tiempo jugando fútbol y baloncesto que preocupándose por ser “femenina”. Era la que lideraba los juegos, la que tomaba la iniciativa y la que siempre tenía algo que decir. “Siempre fui chicote”, resume.
Desde el principio fue la que terminaba primero los exámenes y la que llevaba las mejores notas a casa. Pero cuando nació su hermano menor, las cuentas dejaron de alcanzar para mantener a todos en el colegio privado. Sus padres tomaron una decisión: “decidieron que a mí me iban a mandar al público, porque si yo rendía en el privado, iba a rendir también en el público”. Hasta hace poco le reclamaba a su madre la lógica detrás de la decisión. Poco a poco, las nuevas amigas, las ganas de salir y la adolescencia hicieron lo suyo. Por primera vez, las notas dejaron de ocupar el centro y su madre reclamó el acostumbrado cuadro de honor. Mientras todas sus amigas se maquillaban y salían cada fin de semana, a Eva le dejaban salir una vez al mes. Entonces, cuando iba de marcha quería hacer en una noche lo que ellas habían hecho en cuatro. La primera vez que llegó borracha a casa, su madre le dejó de hablar tres días. La hora de llegada ya era a las once y siempre le ponían llave a la puerta, para que cuando llegara pudieran hacer su propia prueba de alcoholemia. “Me pedían que les echara el aliento para saber si había tomado o no”.
En esas ansias de salir había otro obstáculo: el acordeón. Cuatro horas de práctica al día, orquesta los sábados por la mañana, exámenes y recitales. “Mientras todo el mundo se lo pasaba bien, yo tenía que ir a acordeón y a música, entonces le he cogido un poquito de rabia, le tengo como manía”. Lo que había empezado como un talento terminó en obligación, y la obligación en una especie de rabia silenciosa. Hoy el acordeón sigue en su habitación, pero únicamente para recoger polvo.

Foto: Cortesúa
Londres
Logró terminar dos carreras en Bilbao: Música y Periodismo. Durante esos cuatro años pasó tantas horas en el bus, recorriendo los más de 100 kilómetros que separan San Sebastián de Bilbao, que probablemente conoció mejor la carretera que algunos rincones de la universidad. Sus padres no le permitieron vivir en un piso de estudiantes, así que cada día hacía el mismo recorrido. Cuando terminó la carrera tenía una certeza que llevaba años acumulando entre trayectos: quería vivir por su cuenta. Londres apareció entonces como el plan perfecto: hacer un máster, aprender inglés y, de paso, probar un poco de esa independencia que llevaba tiempo aplazando. Aunque, según ella, tampoco partía con mucha ventaja, “porque nosotros en inglés cero, o sea, todos los años de mi universidad y del colegio eran el verbo to be”.
No quería depender económicamente de sus padres, para no dar muchas explicaciones, por lo que al segundo día ya tenía un trabajo como mesera en un restaurante español, lo que le permitía ir practicando su inglés. “Un día me dijeron meatballs, y digo yo, what? Y colega, yo ya me iba emputando. Entonces ya me emputé, le grité, le tiré el vaso de vino, tía, y me fui a donde la manager y le dije: ‘Este malparido hijo de puta que me está pidiendo los nipples’”. Aun así, logró mantener su trabajo como mesera por sus primeros tres años en Londres y llegar a un B1 en inglés.
Además del B1, Londres le dejó un matrimonio furtivo, utilitario y de alguna manera fingido. Tenía que aparecer un colombiano. Conoció a Julián en las noches compartidas mesereando, ya que él trabajaba en un restaurante cercano al que atendía Eva, y sin pensarlo mucho se fueron a vivir juntos para compartir gastos y gustos. Tenían una vida parecida y pronto ya eran pareja. Pero los papeles de inmigración lo complican todo. “Nos casamos como a los 23, a escondidas para poder ayudarle con el pasaporte. Eso sí, le dije que a mí nunca me presentara como su esposa ni me puse anillo ni nada. Seguiremos actuando igual, como novios, pero yo lo quería ayudar”.
La ceremonia fue exactamente como ella quería, sin solemnidad. A las nueve de la mañana, en el City Hall, llegó en jeans para evitar cualquier posibilidad de sentirse protagonista de una boda. Después hicieron una fiesta en la casa con unos quince amigos. Pero alguien decidió pronunciar un discurso sobre el amor.
“Gabriel hizo un speech de estos de por qué el amor... y yo me levanté en la mitad y dije: ‘¿qué parte no ha quedado clara de que nosotros no nos hemos casado porque nos vayamos a querer para siempre, sino porque le estoy haciendo un favor? Y ya dejemos la gilipollez’. Entonces hasta ahí llegó la rumba ese día. Ay, esa soy yo”.
Julián y Eva se separaron tres años después de la boda silenciosa. “Mis padres se enteraron cuando un verano yo llego, y como Julián siempre venía conmigo, me dice mi madre, ‘¿Y dónde está Julián?’, y le digo, ‘bueno, quería contaros que Julián y yo no estamos juntos, y también quería contaros que nos estamos separando porque nosotros nos habíamos casado’. O sea, mis padres se enteraron que me había casado cuando me estaba separando.” En su casa no hubo drama, solo un “lo sospechaba”, por parte de su mamá.
Pero en el camino Julián le había dejado un interesante rastro a seguir. Una noche su jefe pasó por la ciudad, los había invitado a cenar, y en algún momento le mencionó un nombre: Julio Sánchez Cristo, uno de los más importantes periodistas radiales colombianos. Simplemente le dijo “escríbele”. Eva no sabía quién era, así que lo hizo sin nervios, con la misma despreocupación con la que había llegado al City Hall en jeans. “Hola, Julio. Mi nombre es Eva, soy una periodista que está estudiando su máster en Londres. Me han hablado de ti. Por si algún día necesitas algo desde Londres, aquí estoy”.
A los diez minutos tenía respuesta. Londres, aparte del divorcio y sin que ella lo planeara, también le había dado la puerta de entrada a la siguiente ciudad.
Madrid
Viajó a Madrid a hacer su primera prueba al aire con Julio Sánchez Cristo. Ese aterrizaje coincidió con el 11M. El 11 de marzo de 2004, diez bombas explotaron en cuatro trenes de Cercanías de Madrid. El saldo fueron 193 muertos y cerca de 2.000 heridos. Habían pasado apenas dos años y medio desde el 11 de septiembre de 2001. La red yihadista Al Qaeda, responsable de los ataques contra las Torres Gemelas, había llegado a Europa. Julio la mandó a la calle a reportear uno de los peores ataques terroristas de la historia de España. “Como que me fue bien y cuando volví, me dijo ‘toma, este es todo tu equipo. A partir de ahora eres mi corresponsal en Londres’”.
Seis meses después la quiso en cabina. Eva dejó Londres y Madrid le devolvió a Susana, una compañera de la universidad. “Susana tenía unas amigas actrices que en aquel momento eran el top, entonces estábamos todo el día de fiesta en fiesta, pero entonces yo mezclaba dos vidas, la de mis amigas y luego la del periodismo con Julio, que de repente llegaba el presidente Uribe y había que ir a conocerlo, o aparecía el expresidente Pastrana y había que entrevistarlo. Llegaba el fiscal y yo no sabía quién era el fiscal. Era una tipa de 26 años que no sabía nada de Colombia”. Conoció un país ajeno desde los micrófonos de una de las cadenas radiales más importantes. Aprendió a nadar en la política topándose con los peces gordos, de primera mano, de la mano de un personaje como Julio Sánchez que era al mismo tiempo amigo y contraparte del poder.
Uno de esos peces gordos casi le cuesta el trabajo. En 2002, Uribe hizo un pare en Madrid durante un viaje a China. Julio necesitaba la entrevista. “Y yo, ‘pero ¿cómo entro al aeropuerto?' Me compré un billete para poder entrar a la sala, me presenté y me dio la entrevista”. Hasta ahí todo bien, salvo por un detalle: se dio cuenta que la grabadora no tenía cassette. Siguió la entrevista como si nada. “¿Cómo le iba a decir al presidente 'uy no, no tengo cassette?’. Yo dije hasta aquí llegué”. Al terminar le pidió al productor que la grabaran del teléfono. “Y Uribe se volvió a sentar. Y llegué con entrevista”.
No era la primera española que aprendía a leer a Colombia desde afuera. Salud Hernández-Mora, periodista española que llegó a Colombia cerca a sus 40 años en 1997, se convirtió en una de las voces más incómodas y polémicas para narrar el conflicto armado, el narcotráfico y la política nacional. “Yo solo quiero reportear, mancharme los zapatos de barro y venir con historias que a nadie más le importan”, dijo alguna vez. En 2016 fue secuestrada por el ELN mientras hacía exactamente eso. A las dos —a Salud y a Eva— les ha tocado aprender a leer códigos políticos y culturales que no vivieron desde niñas. A las dos se les ha criticado por una franqueza a la que Colombia no está del todo acostumbrada, menos en este oficio.
La diferencia es que Eva llegó antes de querer llegar. Madrid fue la antesala. Colombia la llamó desde adentro de una cabina de radio con la voz de Julio y luego la de Yamit Amat, diciéndole que había algo más al otro lado del Atlántico.

Foto: Eva Rey
Medellín y Bogotá
Yamid Amat, considerado uno de los hombres más influyentes del periodismo colombiano y el referente de una nueva forma de hacer televisión informativa, la llamó desde Bogotá con una propuesta simple: “¿Has hecho televisión alguna vez? Ven, hacemos una prueba y tú decides”. Eva viajó con tiquete de ida y vuelta. Al final, la única razón por la que tuvo que viajar fue por la ropa que había dejado en Madrid. Con Julio Sánchez Cristo había aprendido a leer la política colombiana desde una cabina de radio. Con Yamid aprendería a mostrarla en pantalla, con su pelo corto, ese acento con zetas, el joder que sale como suspiro y sus medias de malla, su sello de aquellos años. Ahora no solo tenía el máster de Londres sino el de Colombia, y ambos con los mejores profesores disponibles.
En CM& descubrió un país donde la televisión también imponía un molde de belleza. Apenas empezó a aparecer en pantalla comenzaron a llamarla cirujanos estéticos “Mi teléfono no paraba de sonar. Eran cirujanos que me decían: ‘Si tú me haces tal propaganda, yo te pongo los senos gratis, el trasero, te afino la cintura’. Me hicieron sentir fea”.
Un año después de llegar a Colombia publicó Levantando polvo, un libro que defendía exactamente lo contrario. En la contraportada prometía que “el verdadero polvo se consigue honestamente, a pulso, venciendo a la más dura de las competencias (machos y hembras en celo) con el ingenio y las deliciosas herramientas del coqueteo sagaz e inteligente que propone Eva Rey”. El encanto no tenía que pasar obligatoriamente por el bisturí ni la docilidad. Hoy recuerda ese libro entre risas, dice que lo escribió de afán y que hay páginas que ahora le dan un poco de vergüenza, aunque la idea central sigue intacta.
Quizá por eso, cuando años después le preguntaron si intimidaba a los hombres colombianos, respondió sin dudar: “A muchos sí, porque están acostumbrados a cohibir a la mujer. Cuando uno se me acerca esperando que me cohíba, yo le respondo y lo supero”. Igual la televisión la hizo sentir inseguridades, pero nunca necesitó encajar en un ideal de belleza para sentirse atractiva. Bastaban unos cuantos tragos de tequila. Su mayor herramienta siempre fue otra: la seguridad de quien sabe conversar, coquetear y ocupar un espacio sin pedir permiso. Pero hubo un caso que no fue la regla sino la excepción. Eva sintió qué era estar intimidada. Claramente no se trataba un colombiano: fue Clive Owen, en el Festival de Cannes, cuando Eva todavía estaba empezando con Julio. “Me mandó al festival y allí tocaba cogerlos a todos al vuelo. Me acuerdo que cogí a Clive Owen: guapo no, el siguiente nivel. En aquel momento acababa de hacer Closer, con Julia Roberts y Natalie Portman. Un peliculón”. La entrevista era en inglés, estrenando su B1, y Eva tenía que sostener el micrófono con una mano y los nervios con la otra. “Me tocaba apoyar la mano en la rodilla porque me temblaba, y el tipo veía que yo le preguntaba y me miraba la mano, y eso me hacía todavía que me temblara más.” Cuando terminó, Owen la abrazó.
Después de pasar por varios canales, la trayectoria de Eva tiene menos de plan y más de corriente. “Yo voy por el mundo levitando y con cómo se van dando las circunstancias.” En CM& empezó en farándula, pero Yamid la fue llevando a las cenas de los martes y los viernes en el Harris, donde pasaban presidentes y ministros, y en algún momento le dijo que por qué no politizaban un poco todo lo que tenía que ver con entretenimiento. Eva no lo pensó mucho. Se volvió personaje dentro del mundo político y a la gente le encantaba. De ahí la llamaron Vicky Dávila y Claudia Gurisatti para La FM junto a NTN24, y después el salto a RCN.
En RCN cubrió política. “En RCN cuando yo tenía la sección política que sustituía a Vicky, no era que me tuvieran que poner seguridad, pero varias veces sí me han dicho ‘sé que trotas por el Virrey y tu perro puede que desaparezca’”. Lo cuenta con la misma calma con que cuenta todo, sabiendo que su caso es anecdótico comparado con lo que han vivido otros periodistas en el país, pero sin restarle peso a lo que significa.
Fue en esa época que entendió la diferencia entre los medios desde adentro. “El encanto de la radio es que pasa mucho más en caliente, tienes más tiempo para explayarte, para indagar, y además hay momentos donde uno puede ser uno, no está tan acartonado. En televisión el tiempo está mucho más medido. Pero la televisión tiene su encanto por el directo, por el miedo que le dan a uno las cámaras. En radio eres más anónimo, en televisión estás poniendo la cara y eso siempre da un poquito de respeto”.
En 2022, tras salir de RCN, no abandonó esa forma de hacer periodismo, la trasladó a lo digital con Desnúdate con Eva, donde entrevistó a decenas de figuras públicas, desde políticos hasta influencers pasando por artistas y deportistas, manteniendo la misma lógica, pero en un espacio más libre, con un enfoque más de entretenimiento. Ahora, con su último proyecto MevaleEva, al aire desde mayo de 2026, continúa su recorrido como periodista independiente.
Sobre el periodismo colombiano tiene una opinión que, después de tantos años acá, ya podría contar como prueba de nacionalidad. “Yo creo que en Colombia hay uno de los mejores periodismos del mundo. Lo que pasa es que muchas veces uno siente que no se hace el seguimiento necesario a las noticias, porque pasan tantas cosas que lo que es noticia hoy, mañana se olvidó”.
Llegó la pandemia y con eso una Bogotá confinada, casi insoportable. Pidió permiso en el trabajo para hacer las entrevistas por Zoom y decidió irse a “escampar” a la finca de un amigo en las afueras de Medellín. En uno de esos almuerzos clandestinos de la época, conoció a Matías, un paisa que le dejaría la más grande sorpresa y contradicción de su vida. A dos semanas de conocerse, Eva empezó a sospechar. “Yo soy super puntual y no me bajaba y la verdad yo que no tengo tetas, tenía unas tetas, cari, que te cagas y me dolían un montón, además yo que soy súper activa y en aquella época estaba trotando como una loca, me daba sueño por todas partes”. Le pidió a una amiga que le comprara la prueba, la metió en una mochila y no fue capaz de hacerla durante días, hasta que Matías le dijo que algo pasaba, que estaba rarísima. Esa noche, como a las tres de la mañana, la hizo. Efectivamente, embarazada. “Yo un momento incluso que pensé no decirle nada a Matías y abortar para no meterlo a él en el rollo, porque yo también pues estaba segura de que él no quería tener, pero es que me daba igual, la que no quería tener era yo”.
Los miedos llegaron todos a la vez. Acababa de conocer a ese hombre. Nunca se había visto cuidadora. “En mi casa no hay ni un cactus, o sea, yo no riego una planta. Entonces yo decía ‘Yo no voy a ser capaz’”. Estaba en Medellín, no en Bogotá. Y encima: “¿Cómo se lo voy a contar a mi mamá? Yo a los cuarenta y pico todavía estaba asustada por el regaño de mi mamá”. Pero el regaño nunca llegó. Al otro lado del teléfono, su mamá solo respondió que “podía haber pasado, a ver si ya por fin aterrizaba”. Pero, sobre todo, era un hueco total en la filosofía con la que había vivido toda su vida. “Yo soy una tía de relaciones. Me casé con Julián, luego estuve con Juan David, un caleño, y a las 3 semanas ya estaba viviendo con él y viví 10 años con él. Yo soy de parejas largas. Sí, pero lo de formar familia en mi cabeza nunca había estado, es más, a mí me costó mucho decir la palabra hija. Puta, yo me acuerdo que con Lía al principio era enana, porque la palabra hija como que me quedaba grande, o sea, yo decía, ‘Colega, que tengo una hija’. Ahora ya todo el rato le digo ´Hija mía, hija mía ́, y me río, pero en aquel momento, mi cabeza no estaba reseteada para esas palabras. Tía, a mí me costaba".
Su primera decisión fue abortar. Matías le dijo que haría lo que ella decidiera, que la acompañaría si quería abortar, pero que a él le gustaría tenerlo. Que, si lo tenían, él iba a estar ahí, estuvieran juntos o no. “Piénsalo porque es una cosa muy bonita”, le dijo. Eva se puso a llorar. Y ahí estaba de nuevo el mapa reorganizándose. Janet Jackson, una famosa actriz y cantante durante los años setenta y principios de los ochenta, fue madre a los 50 años y en una entrevista con The Guardian habló de cómo la maternidad le cambió la percepción del tiempo, de cómo entender que no tendría más hijos y que no va a disfrutar de su hijo como lo haría una madre joven la obligó a estar completamente presente en cada momento. Eva no llegó a los 50, pero sí a los 42, y esa conciencia de que sería la única vez lo cambió todo. “Todo el mundo me decía, ‘¿pero por qué sigues durmiendo con Lía?’ Tía, porque me quiero disfrutar a Lía, porque como yo sé que no voy a tener más, nada de lo que haga Lía desde que nació me molesta. Matías y yo nos peleábamos por dar los biberones, por cambiar los pañales. Me lo he disfrutado todo”.
Hasta el cambio de rutina entre dos ciudades. “En otra época me hubiera quedado dos días más en Bogotá, me hubiera metido tres botellas de vino y hubiera acabado vomitando en la maceta del frente”, dice riéndose y sabiendo que esa frase es amarillismo más que todo. Ahora toma vuelos a las tres de la mañana para acostar a Lía la noche anterior y regresar antes de que salga para el colegio, para que crea que Eva durmió en casa, aunque haya pasado la madrugada entre aeropuertos. Cuando le preguntan por los sacrificios de la maternidad, no responde con una lista de renuncias. Responde con otra pregunta: “¿Pero a qué he renunciado? Yo he seguido viajando, sigo viendo a mis amigas, solo que ahora organizo mi vida distinta. No es un sacrificio, es que soy yo la que quiere estar ahí”.
Mirando el mapa de su vida parece un recorrido. Escuchándola, se entiende que fueron elecciones o algo parecido a elecciones, en el sentido en que ella entiende esa palabra. Nunca se quedó donde debía, sino donde quería. Nunca planeó demasiado. Nunca esperó demasiado.
“Yo sé que tengo que trabajar y que quiero trabajar y que quiero vivir de lo mío. ¿Cómo? No lo sé. La vida me va llevando”.
Igual que siempre.
%209_07_00%E2%80%AFp_m_.png)