top of page

Foto: Archivo

CRÓNICA

Una noche en el club swinger más exclusivo de Bogotá

Samuel Sanabria.jpg

Anónimo

Universidad Javeriana

Nota y advertencia. Que este texto no lleve firma no significa que no sea real. Todo lo que narro a continuación es completamente cierto, sin omisiones ni exageraciones. Si no revelo mi identidad es por vergüenza a que mis padres lean semejantes impudicias. Basta con decir que soy estudiante de jurisprudencia de la Universidad Javeriana.


Por último, le advierto que esta crónica está escrita en un lenguaje sumamente explícito, como tiene que ser. Si se atreve a leerla, deje a un lado moralismos y mojigaterías, porque puede terminar escandalizado. Ahora sí, a lo que vinimos…



En uno de los mejores sectores de Bogotá —a tres calles del Parque El Virrey, a la vuelta de la Clínica del Country y a pocas cuadras del Centro Comercial Andino— queda el club swinger más exclusivo de la ciudad.


Por si no lo sabe, los clubes swinger son establecimientos donde las parejas se intercambian para tener sexo a la vista de todos.


Pues bien: en busca de experiencias nuevas que le inyectaran un chorro de frescura a mi insulsa vida, llamé emocionadísimo a mi novia para proponerle que fuéramos ese mismo viernes. Llevábamos juntos desde el colegio y lo más arriesgado que habíamos practicado en materia sexual era el 69. Por eso, esta era una magnífica oportunidad para que saliéramos de nuestra zona de confort. Tuve que rogarle durante 35 minutos, pero al fin accedió.


Llegamos a las 9:50 de la noche, porque a partir de las 10 cobran un cover de 60.000 pesos por pareja. Es una casa blanca con reja, sencilla y discreta, sin anuncios ni decoraciones, al lado de edificios residenciales y de un centro de salud. Si usted la viera, lo último que imaginaría es que ahí dentro la gente tiene sexo como loca los fines de semana.


Apenas cruzamos la reja, un hombre de traje nos dio la bienvenida. Nos condujo a un pequeño salón que sirve de recepción y nos explicó las reglas del lugar. No se permite la entrada de hombres solos, y si usted llega en trío, tiene que hacerlo acompañado de dos mujeres. El consumo mínimo es de 150.000 pesos por pareja. Está totalmente prohibido grabar y tomar fotos. Los administradores se reservan el derecho de admisión y de permanencia. Y, lo más importante: no se puede tocar a nadie sin su consentimiento.


Luego pasamos al corredor de la casa. Al fondo está la zona húmeda —sauna, jacuzzi y duchas—; en la mitad, los baños y los vestieres. Al comienzo, a la derecha, hay una puerta que lleva a la discoteca; a la izquierda, una escalera que conduce al playroom, espacio en donde, según la página del club, "fluye todo el juego, la pasión, las fantasías y la mente abierta". Pero de esto hablaré después.


Una mujer nos preguntó si ya habíamos venido antes y si queríamos dejar registrado un correo para enterarnos de los próximos eventos.


–Va a haber de todo este mes: viernes de chupitos, sábado brasilero, guerra de sexos, show lésbico… ¡No se lo pueden perder!


La discoteca es un salón grande, con butacas pegadas a las paredes y una pista de baile de buen tamaño. En uno de los extremos hay una barra donde sirven trago, y justo al lado está el DJ.


Había personas de todas las edades: de cincuenta, cuarenta, treinta, veinticinco años. Incluso, para mi sorpresa, había parejas que no pasaban de los veinte. Se veía de todo: hombres bien vestidos, señoras sofisticadas, mujeres sugestivas, jovencitas curiosas, muchachos bien plantados. Y, claro, todo tipo de cuerpos: mujeres con tetas grandes o chiquitas, con nalgas gloriosas o más bien ausentes, con cuerpos operados o naturales, con caras preciosas o un poco toscas, con pelo negro, castaño, rubio o rojo. Hombres musculosos o delgados, de facciones finas o humildes, altos o bajos, morenos, blancos o negros. Había mujeres que parecían modelos y hombres con pinta de actor. Personas normales con vidas comunes que vienen a desfogar su más intenso apetito sexual.


Y ahí empieza lo mágico del asunto, el núcleo del que se desprende todo lo demás: el juego de miradas. Todos se miran entre sí. Los ojos recorren los cuerpos con infinito deseo, con una lujuria incontrolable. Sin celos, sin vergüenza, sin pudor. Con total libertad.

Foto: Archivo

Nos acomodamos en una butaca y pedimos media botella de aguardiente. Junto a nosotros estaba una pareja que, desde que entramos, no nos había quitado los ojos de encima. Ambos rondaban los 35 años. Él era grande y alto, barbado, vestido completamente de negro y con un penetrante olor a cigarrillo. Ella tenía una cara tierna, un vestido apretado y lucía unas piernas largas y bonitas.


–¡Hola! –nos dijo el tipo–. ¿Vienen a intercambiar pareja?


–Por ahora estamos mirando –respondí–. ¿Ustedes ya habían venido antes?


Me dijo que esa era la tercera vez que iban, pero que ya habían visitado clubes swinger en muchas partes del mundo. Me contó que en Alemania y Polonia la cultura swinger está mucho más normalizada, por lo que el intercambio de parejas fluye con mayor facilidad, y que en Estados Unidos se arman unas orgías impresionantes. En cambio, en Colombia la cosa todavía no está tan consolidada: muchas parejas van solo a mirar y no se atreven a entregarle el cuerpo a un desconocido.


–Pero esa es la gracia de todo esto –nos dijo–. No se imaginan la excitación que produce algo así. No hay nada que se le compare.


Ya animados, con unos tragos encima y Rikarena sonando de fondo, nos pusimos a bailar. Como rumbeadero, el sitio es buenísimo. Ponen de todo: reggaeton, salsa, merengue, bachata, hasta salsa choke. Y eso sí: todo el mundo baila. Los cuerpos se pegan, las manos se buscan y algún beso va y viene.


Nuestro amigo propuso que cambiáramos de pareja de baile. Él agarró a mi novia y yo agarré a su mujer. Bailamos tres canciones de salsa seguidas y después sonó un reggaeton. Y, ayyyyy, la vieja se me puso a perrear, y a mí se me agigantó tremenda erección, y ella la sintió y se pegó más, y mi novia feliz perreándole al tipo, y el tipo que no cabía de la dicha.


En ese momento, mis ojos se encontraron con los de mi novia. Nos miramos fijamente, leímos nuestros pensamientos sin pronunciar una sola palabra y, en un gesto espontáneo, aterradoramente natural, nos dimos permiso mutuo, como un contrato por telepatía, y besamos, con devoradora pasión, la boca de quienes serían nuestros amantes por esa noche.


Fue tanta la pasión que desprendíamos todos, que el tipo, en un arranque de locura, tomó mi mano y la puso en uno de los senos de su mujer.


–Tranquilo, con confianza, sin pena, siéntela...


Y claro que la sentí. Le metí las manos debajo del brasier, le besé el cuello, le agarré las nalgas, y entonces, la voz del DJ interrumpió el ritmo de la música.


–Disculpen, señoras y señores, pero ha llegado el momento de nuestro show de sexo en vivo.


Nos sentamos. Una mujer y un hombre irrumpieron en la discoteca. Los dos tenían cuerpos esculturales, voluptuosos. Sus partes íntimas estaban cubiertas por unas tangas diminutas que parecían más bien decorativas. Sonó una música sensual. El salón entero contuvo el aliento. Todos los ojos estaban absortos en ellos, embrujados. Ella se fue de hombre en hombre, bailándoles, tocándolos, susurrándoles al oído. Él se fue de mujer en mujer. Permitían que las manos les acariciaran el cuerpo. Luego se quitaron lo único que les tapaba su más pura humanidad. Él tenía un pene descomunal, propio de moreno de la costa. Las mujeres, cuando vieron semejante cosa, quedaron atontadas. Ella tenía unas nalgas de potranca y un pubis negro y recortado. Cuando llegó a mi puesto, me quitó con suavidad las gafas que tenía puestas y, en un giro sorprendente de 180 grados, puso su culo en mi cara. Ahí supe de verdad a lo que huele una hembra.

Foto: Archivo

Cuando todos, hombres y mujeres, habían recibido una muestra de ambrosía, se ubicaron en el centro del salón. Se besaron, se lamieron, se chuparon y se devoraron. Él la penetró en todas las posiciones imaginables. Ella gemía a más no poder. Todos los mirábamos callados, boquiabiertos, embelesados ante semejante espectáculo.


Cuando en la cima del éxtasis el tipo regó semen a borbotones en el abdomen de la mujer, el DJ pidió un aplauso para los amantes, como si fueran un par de acróbatas terminando su acto. Apenas se fueron, el salón quedó oscuro, dejando viva apenas una tenue luz morada. Eran las 12 en punto.


–Ha llegado, señoras y señores, la hora cero. Ahora empieza la verdadera diversión.


Algunas parejas se quedaron en la discoteca bailando y tomando trago. Otras fueron a ponerse batas. Muchas se dirigieron directamente al playroom y a las zonas húmedas, completamente desnudas.


–Los esperamos arriba –nos dijeron nuestros amigos–. Traemos condones.


Nos quitamos la ropa, nos pusimos bata y subimos al segundo piso.


El playroom es un espacio amplio, bañado en luz morada, con muebles redondos y acolchados distribuidos alrededor de columnas y bancas corridas contra las paredes. Había por lo menos unas 20 personas. Apenas entramos, presenciamos el reino del sexo en su máximo esplendor: mujeres masturbando y chupando penes, hombres penetrando vaginas, rostros de pasión envueltos de sudor. El aire olía a perfume mezclado con sexo. Había tríos, grupos enteros entrelazados sobre los muebles y parejas curiosas que solo miraban, hipnotizadas, enseñando sus cuerpos sin ningún pudor.


Al fondo estaban nuestros amigos. Por fin pudimos verlos sin nada que los cubriera. Nos sugirieron que fuéramos a un salón contiguo, más privado. Estaba vacío. Tenía butacas acolchadas y televisores en los que proyectaban películas porno. Ahí, totalmente solos, desnudos, mirando cada centímetro de nuestros cuerpos, nos entregamos por completo. Basta con decir que hicimos todo lo que harían unos desconocidos que no se volverían a ver jamás, yo con una extraña y mi novia con un extraño, sintiendo ambos el placer más intenso de nuestras vidas. Gemimos, temblamos, nos venimos. Ellos también se vinieron. Fuimos felices.


Nos despedimos. En ningún momento nos preguntamos nuestros nombres, ni a qué nos dedicábamos, ni en dónde vivíamos. Todo fue en el más dulce anonimato.


Con mi novia nos vestimos, pagamos la cuenta y pedimos un taxi. No intercambiamos una sola palabra. Estábamos en un estado de aturdimiento, atónitos por lo que acababa de pasar. Cuando nos regresó la voz, lo único que dijimos fue que teníamos que planear nuestra próxima visita. Porque si usted va allá, y le va bien, siempre va a querer regresar.


Si llega a ir con su pareja y por casualidad nos identifica, acérquese con confianza y déjese llevar. Va a ver que no hay nada en este mundo que se le compare. Se lo aseguro.

Captura de pantalla 2026-09-08 a la(s) 9.07.00 p.m..png
  • Instagram
  • Facebook
  • X

Copyright© 2026 VÍA PÚBLICA

ISSN: 3028-385X

bottom of page