
Foto: Archivo
UN PLACER
El placer de sentirse diminuto

Isabella Arrubla Reyes
Abogada
El ser humano tiende a sentirse excepcional. Excepcionalmente importante, único y lleno de significado tanto en lo que en esencia es, como en lo que produce en el mundo tangible. Su ser y su obra suelen percibirse por el individuo creador como únicos e irrepetibles. Sin embargo, ¿quién puede en efecto confirmar, delimitar o evidenciar esa excepcionalidad?
La respuesta es, sin duda, inconclusa. O más bien, infinitamente inconclusa, abstracta y etérea. Pero ¿puede alguien negar la exquisitez de desconocerla?
Como seres humanos tendemos a buscar respuestas en la abstracción del mundo que desconocemos. Vuelva a leer esa frase. Como seres humanos, tendemos a buscar respuestas en la abstracción del mundo que desconocemos. ¿Cómo puede ser este un objetivo con sentido para la racionalidad a la que nuestra especie ha logrado llegar? Reconocer que somos seres humanos implica entender que existen otros seres que podrían enmarcarse en una categoría diferente a la humana. Por su parte, encontrar respuestas a algo cuya naturaleza es abstracta parece alejarse de la misma lógica que caracteriza nuestros procesos mentales. Y finalmente, anhelar que siendo seres humanos le encontremos respuestas a eso abstracto que no podemos siquiera nombrar de un mundo que de entrada catalogamos como desconocido, se asemeja a todo menos a una meta excepcionalmente exitosa.
Pero volvamos a esa otra esfera de lo intangible; esa que, paradójicamente, se siente más real que aquello que, aún teniendo nombre propio, se nos imposibilita entender. Volvamos a lo que sentimos. A la descarga de paz que inunda nuestro cuerpo cuando nos vemos inmersos dentro de algo mucho más grande. Algo que no podría enfrascarse, amarrarse ni definirse en el más sofisticado y empolvado de los libros y que, aun así, podemos percibirlo de alguna forma como nuestro. Como algo propio que comparte desde siempre y para siempre el espacio y tiempo que habitamos. Volvamos a lo que nos transmite ese árbol que nos observa desde siempre y al que ocasionalmente concedemos una línea de expresión. A lo que nos da a entender cuando se impone con una grandeza que no buscó pero que igual transmite. A lo que susurran sus grietas y cantan sus raíces. Recordemos ese aire que nos renueva los propios y nos recorre por dentro al observar el mundo desde arriba. Desde esa montaña, esa ventana de avión, esa terraza. Desde esa piedra que de improviso encontramos, por un segundo pisamos y de improviso olvidamos.
Qué alivio sentir y saber —sin anteponer una u otra—, que nuestra percepción de excepcionalidad es más que nada ilusoria. Que las semillas seguirán formando figurinas extrañas en su búsqueda de luz, que la neblina seguirá enfriando narices y el sol calentando la arena. Que los bebés no dejarán de juguetear, los niños de preguntar, las madres de besar y la vida, en general, de germinar. Qué grato sentir y saber que los demás seguirán riendo y abrazando y gozando su excepcionalidad ilusoria aun cuando eso implique haberles cedido el espacio terrenal para hacerlo.
Pienso que esos suspiros que reconocen lo ínfimos que somos cumplen una misión en el mundo tangible. Quizás las hojas habilitan más estomas para acogerlos y transformarlos en oxígeno. Quizás alguien perciba su melodía y los transforme en un verso sublime. Quizás la naturaleza les da un trato privilegiado por la forma en como nacieron al mundo. Pienso que tener conciencia sobre nuestra diminutez es un proceso sin duda más orgánico que el de encontrarle sustento a nuestra “excepcionalidad” y que el placer de lo desconocido empieza a ser liberador cuando destrenzamos su relación con lo aterrador.
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