top of page

Foto: Magnific

PERSPECTIVA

La arquitectura del silencio: sobre el cuerpo, el pudor y la mirada ajena

Samuel Sanabria.jpg

Camila Lamadrid

Universidad del Magdalena

Hay una pedagogía invisible que se transmite en voz baja, casi con la ternura con la que se acomoda una frazada en invierno. Se aprende temprano, entre las paredes de la cocina familiar y el murmullo de las costumbres heredadas. Nadie dicta un manual con reglas impresas; las normas se despliegan a través de gestos cotidianos, de advertencias tan cotidianas que terminan por confundirse con el afecto. Ponte algo encima. No bajes así. Guarda las formas.


Se nos ha dicho históricamente que estas órdenes responden a la protección de la intimidad, a un blindaje necesario frente a un exterior hostil. Sin embargo, cuando la exigencia del pudor se repliega hacia el interior del hogar —cuando el cuerpo de una mujer debe esconderse no ante el extraño de la calle, sino frente al padre, al tío o al hermano que comparten la misma mesa—, el concepto de intimidad se deforma. La frontera deja de ser un espacio de autonomía para convertirse en una advertencia.


Ahí surge una interrogante inevitable, áspera como un quiebre en la voz: ¿en qué momento proteger el pudor se convierte en enseñarles a las mujeres que deben ocultar su corporalidad para administrar la mirada de los hombres?


Para trazar los límites de esta contradicción, conviene desarmar los términos con precisión. Existe una distancia insondable entre un límite personal y un mandato correctivo:


«Prefiero que no estés aquí mientras me cambio». Esto es un acto de soberanía sobre el espacio propio. Delimita la comodidad, la autonomía y el derecho inalienable a la propia piel.


«Ponte una camisa porque estás delante de tu hermano». Aquí la gramática cambia sutilmente de dirección. La orden ya no resguarda la privacidad de la persona que se desviste, sino que presupone que la existencia misma de ese cuerpo constituye una alteración, una fricción inevitable en el orden doméstico.


En este segundo escenario opera una transferencia silenciosa de la responsabilidad. Si el núcleo familiar se define teóricamente como un espacio seguro, un refugio donde conviven personas de confianza, cabe preguntarse por qué la simple exposición de la carne femenina transforma una situación cotidiana en una zona de peligro latente. La respuesta duele porque desarma la coartada del cuidado: al exigirle a la mujer que modifique su vestimenta para no alterar la tranquilidad del varón de la casa, se le está atribuyendo implícitamente a su cuerpo la culpa de un deseo ajeno.

Se desplaza el foco. El problema deja de ser la incapacidad del otro para contener su propia mirada y pasa a ser la imprudencia de la carne que se expone.


Bajo esta lógica, el cuerpo de la mujer se convierte en una contradicción permanente. Es, al mismo tiempo, el objeto de un supuesto orgullo filial y un peligro latente que requiere protocolos de contención. Se educa a las niñas bajo la promesa de que están protegiendo su dignidad, cuando en realidad se les está enseñando una lección mucho más compleja y limitante: que su cuerpo es un territorio peligroso que puede provocar alteraciones en los demás, y que la única forma de habitar el mundo sin conflictos es aprendiendo a invisibilizarlo.


La diferencia es radical. Una educación orientada hacia la autonomía enseña: tu cuerpo es tuyo y tú decides cuándo, cómo y con quién compartirlo. Una educación sostenida sobre el miedo al juicio ajeno susurra: tu cuerpo tiene el poder de alterar el orden; por eso debes aprender a esconderlo antes de que sea demasiado tarde.


Desarmar estas estructuras no implica negar el valor de la privacidad ni la comodidad legítima que cada individuo pueda reclamar en su espacio íntimo. Implica, más bien, revisar qué noción de la sexualidad y del género estamos naturalizando en el corazón de nuestras casas. Si el pudor deja de ser una herramienta de libertad personal para transformarse en un mecanismo preventivo contra la mirada masculina, lo único que estamos haciendo es heredarles a las siguientes generaciones una culpa que no les pertenece.

Captura de pantalla 2026-09-08 a la(s) 9.07.00 p.m..png
  • Instagram
  • Facebook
  • X

Copyright© 2026 VÍA PÚBLICA

ISSN: 3028-385X

bottom of page