12.000 horas, infinitas historias: un héroe del aire

Coronel Rafael Ordóñez comandando el Grupo Aéreo del Oriente, Puerto Carreño, 2014

Isabella Arrubla Reyes
Universidad de los Andes
Para sorpresa de Colombia —y de sí mismo—, el coronel Rafael Ordóñez Merjech está vivo. Me recibe en su apartamento en Bogotá a las 3:19 p.m. Bajo del automóvil, doy unos cuantos pasos y percibo lo que, en la guerra, habría sido simplemente imperceptible: la inocencia misma jugando en un pequeño parque al que aún lo alumbra el sol de la capital. Las risas de los pequeños danzan en el aire y arrullan a sus habitantes, acompañadas del sutil tintineo de un móvil metálico. Esos que evocan el olor a hogar, a almuerzo casero, a pasto recién cortado. Esos que me permiten afirmar, con certeza, que el piloto de la Fuerza Aérea Colombiana (FAC), ahora Fuerza Aeroespacial Colombiana, vive en un lugar donde reina la armonía. No huele a sangre, ni a humo, ni a la incansable agonía que deja el combate. No se escuchan gritos que imploran les salven o les perdonen la vida, ni mucho menos aquel ruido ensordecedor que dejan las bombas Paveway en una operación militar.
Usted, lector, imagínese un apartamento común y corriente: comedor, cocina, sala, alcoba. Pero no pase por alto las decenas de medallas que rezan en la pared (entre ellas las únicas ocho de Orden Público que un miembro de la FAC ha obtenido) ni mucho menos los incontables trofeos y estatuillas que posan coquetas en cada estante u objeto casero que permita sostener algo sobre este. Ahora, incorpore en su imagen otra decena, pero esta vez de cañas de pesca e incontables rapalas, anzuelos, carretes e instrumentos que conforman un exquisito e inigualable equipo de pesca. Lo que se ve allí es la máxima representación de dos mundos en uno. La paz y la guerra. La angustia y la calma. El dolor que cicatriza, no a pesar de, sino gracias al poder sanador del recuerdo.
Ordóñez nace un 27 de diciembre del año 1969 en la ciudad anfitriona de la entrevista. Hijo de madre con ascendencia libanesa y padre santandereano, se gradúa del Colegio San Bartolomé de La Merced pensando que su futuro era ser médico. Años más tarde, se daría cuenta de que el sueño aquel de salvar vidas se cumpliría… solo que el atuendo cambiaría un poco. No iría vestido de bata blanca y con un estetoscopio colgado al cuello sino con chaleco antibalas y una dog tag balanceándose sobre su pecho para que sus familiares pudieran reconocerlo en caso de que llegara el día. La vida de aquel joven aguerrido y de mirada contundente cambia drásticamente la mañana en que el Ejército Nacional hace presencia en la institución para reclutar a quienes prestarían servicio militar. El azar reinaba en el salón: quien sacara balota blanca estaba eximido; roja, prestaría servicio inmediatamente; amarilla, prestaría en seis meses. El futuro cadete sacó esta última. La incertidumbre se adueñaba de sus pasos, sus noches y fragmentaba la cadencia del respiro. Ante ello, una decisión rápida y contundente debía tomarse: entrar a una escuela de formación durante tres años y graduarse como oficial para, posteriormente, empezar su carrera como médico. Sin embargo, el destino ya estaba cantado. El primer vuelo en solitario de Ordóñez en la Fuerza Aérea se sintió como si le hubieran inyectado magia. Y fue ahí, en ese éxtasis de satisfacción que provoca lo inesperado, donde decidió quedarse para siempre.
%205_07_04%E2%80%AFp_m_.jpeg)
Bautizo tradicional con aceite, primer vuelo en solitario de Ordóñez, 1989
El tiempo, como todo lo imperceptible, se esfuma con rapidez. A los pocos meses de haber entrado a la academia militar, la operación Casa Verde —también llamada Operación Colombia— exige su presencia. La primera intervención pura y dura del joven copiloto inicia el 9 de diciembre de 1990, mismo día en que el país elegía a los 70 delegados de la Asamblea Nacional Constituyente. Allá en La Uribe, Meta, se encontraba firme y equipado su gran objetivo: el comando central de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el campamento base del principal cabecilla de esa guerrilla en el momento, Manuel Marulanda Vélez, alias Tirofijo. Ordóñez llevaba consigo voluntad, capacidad y coraje: tres características que, según él, debe tener un aprendiz que sueña con volar alto. No obstante, la vida se encargaría de adentrarlo en el incesante oleaje de las vicisitudes: no volaría el avión en el que venía instruyéndose hace meses, sino un helicóptero Bell UH-1 Iroquois. Tampoco tendría la vista despejada que aparentaban las fotos estudiadas —pues en nada se parecían a las tridimensionales de hoy en día, que permiten verificar el terreno donde se realizará el despliegue—, sino que se toparía con un cañón angosto y una contraparte preparada que extendería la operación unos días más. Todavía la recuerda como si hubiese sido ayer: “Cada uno vivió un infierno diferente ese día”. Fueron albores arduos y desafiantes en los que, sin saberlo —tras horas interminables de combate y varios compañeros dados de baja—, Ordóñez escribía con honor la historia de un país que todavía sangra.

Vuelo en formación, Comando Aéreo de Combate n.° 7, Cali, Valle del Cauca, 2016
Quien ve y encara la muerte a diario está hecho de un algo distinto al resto de cristianos que habitamos el mundo. Me lo dice la mirada destellante y alegre de un alma que habla por los ojos. Me lo dice la energía que irradia y la sensatez de su conciencia. Me lo dicen también sus palabras, cuando, ante la pregunta de cómo describiría su relación con la muerte, responde sin hesitar: “Cercana, transparente”. El coronel Avispa (si algún día lo conoce, no dude en preguntarle el origen de su apodo) no le teme a la muerte. Esta vez me lo dicen las medallas al Valor que llevan inscrito el siguiente lema: “Desafiar la muerte para salvar la patria”. Y fueron muchos los ojos que vio apagarse y muchas las pieles que vio secarse, y aun así —y aun así— no le teme a la señora esa que, tarde o temprano, nos adentra en la infinitud de lo eterno. “No sé cuántos muertos he visto en mi vida, pero solo me acuerdo del primero”, dice Ordóñez, sereno, mientras su mente dibuja el rostro de aquel hombre que se entregó al ocaso en el Putumayo. Me pregunto quiénes, cuántos y las razones de esos quiénes y cuántos para poner en juego la certeza aquella que generan sus latidos en manos del enemigo. Creo no conseguir nunca esa respuesta y decido continuar con el tsunami de preguntas que despierta su existencia, antes de que naufraguen por siempre en mi mente.
Es inevitable preguntarse si alguien que acumula en su historial 12.000 horas de vuelo pilotando aeronaves de guerra de más de cinco toneladas; más de 15 años al mando de unidades estratégicas de la Fuerza Aérea —como el Grupo Aéreo del Oriente, en la base de Marandúa (Vichada), y el Comando Aéreo de Combate N.° 7, en la Marco Fidel Suárez (Cali)—, y un total de 30 años de servicio en la FAC, se ha arrepentido de alguna decisión tomada. No he terminado de plantear lo que, para mí, encierra una dualidad fulgurante, y la palabra “jamás”, pronunciada con convicción, ya ha recorrido la sala. Admito que planteé la pregunta creyendo conocer la respuesta, pero me equivoqué. La seguridad con la que pronuncia cada sílaba es digna de ser envidiada por cualquier orador. El coronel Avispa no se da mala vida pensando en los miles de escenarios posibles que una profesión como la suya permitiría imaginar. “No hay nada malo que no traiga algo bueno” es la frase que sale de la boca de quien ha estado ahí, fungiendo como héroe de un país que no siempre da el crédito a quienes fueron bautizados por el campo de batalla.

Comando Aéreo de Combate n.° 4, Melgar, Tolima, 2004
Sus sentidos conocieron la verdad antes que cualquier mortal: la guerra es un negocio. Y es ahí donde huele a ceniza, la noche congela y cerrar los ojos atormenta. Es justo ahí, cuando los pulmones se secan e incluso el respirar duele; cuando el pensamiento se convierte en el peor adversario. Ordóñez recuerda sus tiempos de teniente, cuando en el tiempo libre se permitía ser de todo, menos libre. Mantener el cuerpo y la mente activos era ley, pues los mayores conocían los efectos penetrantes de aquel monstruo interno, cuyos estragos podían ser tan nocivos como los de la misma guerra. ¿Que si esta deja huella? Sí. ¿Profunda? Sin duda. ¿Y hoy? ¿Dónde quedan sus secuelas? “Se vuelven siempre positivas”. La frase, que denota un sabor amielado y cálido —característico de alguien que ha aprendido a querer sus propias cicatrices—, me vuelve a dejar fría. ¿Cómo es posible que quien la pronuncia sea la misma persona que participó activamente en las bajas de Raúl Reyes, el Mono Jojoy, el Negro Acacio, Martín Caballero, entre muchos otros cabecillas de grupos armados al margen de la ley? Compruebo, una vez más, que hay historias que, si no vinieran de un ser de carne y hueso, parecerían irreales.
Entender la inteligencia que hay detrás de operaciones semejantes es casi tan fascinante como lo que sintió el joven Avispa cuando hizo su primer vuelo solo en el avión n.° 2409, aquel 7 de julio del 89. De no creer. De sentir cómo el cuerpo se eleva ante una revelación jamás experimentada. De tener la certeza de no saber nada, pero querer saberlo todo. Escuchar el majestuoso andamiaje que se formaba entre la Fuerza Aérea, el Ejército Nacional, la Armada, la Defensa Civil, la Policía, los Bomberos, la Fiscalía y el CTI es limpiar la esperanza de un país que con frecuencia se empaña. Es comprender dónde empezó a tejerse la telaraña que llevó a incautar más de 63 toneladas de hoja de coca, 12 de clorhidrato de cocaína; erradicar 4.637 hectáreas de cultivos ilícitos; intervenir más de 100 minas ilegales de oro; y neutralizar 65 retroexcavadoras usadas para esos mismos fines. A la lista de misiones y reconocimientos se le suman: la recuperación de Mitú en el 98, el diploma por ser el primero que llevó gasolina a Marandúa por tierra en el 2013, el rescate a los buzos de la isla de Malpelo en el 2016 y el constante monitoreo a los volcanes del país con cámaras térmicas que permitían realizar importantes estudios y predicciones a los geólogos.
Las condecoraciones son tan incontables como las memorias. Quizás ser un desprendido de la vida, pero fielmente aferrado al presente, lo llevó a exigirse lo que el promedio pasa por alto. Quizás su principio de “diciendo y haciendo” y el valor que siempre le ha dado a la palabra hicieron que el expresidente Álvaro Uribe Vélez le pidiera ser su piloto presidencial, luego de un memorable rescate comandando el Grupo de Búsqueda y Salvamento (SAR). Y así, entre tantas otras misiones, recuperaron Caño Cristales en 2010 y continuó con el cargo de piloto presidencial hasta el segundo año del mandato del expresidente Juan Manuel Santos.

Recuperación Caño Cristales, La Macarena, Meta, 2010
Ordóñez llegó a ostentar el cargo de coronel por sus propios méritos. Sin palancas ni chancucos ni nada de esas prácticas que abundan en un país como el nuestro. No llegó a ser comandante de la FAC, no por falta de voluntad, sino por mantenerse fiel a sus valores. Los coroneles que, tras cumplir cinco años de servicio en ese rango, aspiraban a dicho cargo, debían someterse a un proceso de selección liderado por los generales, quienes remitían un listado de candidatos al comandante del momento. Este, a su vez, lo trasladaba al ministro de Defensa, y finalmente era este último quien enviaba la lista al Senado de la República. Resulta y acontece que, para el momento de la selección final, corría el año 2017 —un año después de la firma del Acuerdo de Paz en Colombia con las FARC— y se encontraban ya en el umbral político personajes como Jesús Santrich, Timochenko, Jorge Torres Victoria, Julián Gallo, entre otros. La relación causa-efecto fue evidente: no fue elegido para el cargo soñado y decidió retirarse por la puerta grande el 31 de enero de 2018. Con todo, afirma sonriendo: “Yo vivo tranquilo”. La resiliencia, valor inculcado por su familia desde niño, cobró entonces más fuerza que nunca. Si bien no fue fácil cambiar de un día para otro el motivo para levantarse cada mañana, jamás dudó de haber tomado la decisión correcta.
El instructor estrella —enviado por la FAC a capacitarse en EE.UU. e Israel, donde cursó el programa antimisiles para los helicópteros presidenciales— ve el futuro de Colombia “bien complicado”. Para él, en un país tan dividido, aspirar a la paz es una ilusión. “Si se le da gusto al uno, el otro se emberraca”. No obstante, frente a la pregunta de cómo quiere ser recordado por su patria, responde sin titubeos: “Como alguien sincero, honesto. Alguien que creyó que lo que estaba haciendo iba a servir para cambiar el país. Que sepan que lo que hice lo hice con el corazón, y que le ofrecí a Colombia la mejor parte de mi vida”.
El coronel Ordóñez cree en Dios, en el destino y en la suerte. Agrega un aspecto que pocas veces se menciona cuando se le pregunta a alguien por sus creencias: la buena energía. “Esas vainas existen”, asegura sonriendo. Es curioso y fascinante cómo alguien cuyo cuerpo ha cargado tantos dolores —el propio, brotando de sus huesos; el de aquellos que se quisieron y se perdieron; y el de una patria que vive de sollozos— aún tenga tanto para dar. “Toda mi familia pensaba que mis días estaban contados, y mírame: aquí estoy”. El coronel ya no cuenta días. Luego de una pérdida que le sacudió el alma, no le queda duda de que la vida “es prestadita” y que nada que pueda vivirse hoy merece ser postergado para mañana. Rafa —o Avispa—, como aún le dicen quienes tienen la fortuna de conocerlo, se dedica hoy en día a hacer lo que más le gusta: pescar con amigos. Pasa largas horas en botes, kayaks y canoas, recorriendo los ríos, mares y lagunas que alguna vez vislumbró desde lo alto. Pues si bien el aire le regaló la sensación de libertad, hoy es el agua quien le recuerda el deleite de respirar.
%205_15_01%E2%80%AFp_m_.jpeg)



