A otro perro con ese hueso

David Novoa Orjuela
Universidad Nacional de Colombia
En un mar de discursos trillados y lugares comunes de la derecha reaccionaria de este país, aparecen influencers con una consigna que dice así: "Menos Marx, más Hayek".
Según ellos, la educación está "adoctrinada" porque se lee demasiado a Marx y no lo suficiente a los padres del liberalismo. Lo curioso es que esta "denuncia" no es nueva; es el mismo lloriqueo de quienes creen que leer a Marx te convierte en comunista, como si el pensamiento crítico fuera peligroso. Marx no se estudia por capricho, sino porque su análisis del capitalismo, a día de hoy, sigue siendo relevante.
La explotación, la enajenación, la lucha de clases y las crisis económicas no son adoctrinamiento, sino simplemente las bases del conocimiento para cualquiera que se atreva y quiera hablar de lo que pasa, nos pasó y posiblemente vuelva a ocurrir —ojalá y no—.
Estos influencers dicen que nunca tuvieron que leer a Adam Smith o Hayek en el colegio o la universidad. Pobrecitos, ¡qué tragedia! Olvidan que vivimos en un mundo donde el capitalismo es el sistema dominante y sus principios se enseñan como verdades casi absolutas, sin mayor cuestionamiento. Quejarse de que se enseña demasiado a Marx es como quejarse de que en medicina se estudia demasiado la anatomía humana o que en el derecho se analizan demasiadas sentencias de la Corte Constitucional.
Pero hay algo curioso: cuando escuchamos la consigna "Menos Marx, más Hayek", muchos ni siquiera sabemos quién es ese tal Hayek. ¿Por qué? Porque su legado es el manual de los neoliberales que defienden un capitalismo sin reglas, consumista y abusivo. Esa misma ideología económica que llevó a Latinoamérica a sus crisis más brutales en los 80 y los 90, como lo reporta la Comisión Económica para América Latina y el Caribe. Sus políticas —las de Hayek— fueron aplicadas en Chile bajo la dictadura de Pinochet y en Brasil en plena dictadura militar, generando desigualdad extrema y privatizando derechos básicos. Pero de eso no se habla o no les conviene hablar.
Luego viene el gastado cuento de los "genocidios comunistas". Según estos influencers, Marx es responsable de los crímenes de Mao, Stalin y Lenin. Siguiendo esa lógica absurda, habría que culpar a Adam Smith de la esclavitud, a Hayek de las dictaduras neoliberales y a la religión de todas las guerras santas. Lo único que no quieren entender —porque no quieren— es que Marx hizo un análisis de la economía y la sociedad, y no un manual de exterminio. Pero claro, para ellos es más fácil asustar con fantasmas inexistentes y mentiras arregladas que argumentar con rigor.
La peor parte viene cuando dicen que la educación está secuestrada por "adoctrinadores" —valiente el nombre que le ponen a los docentes— y que la solución es incluir más bibliografía liberal en los syllabus de las carreras. O sea, lo que les molesta no es el “adoctrinamiento”, sino que no sea el suyo. No quieren pensamiento crítico; lo único que quieren, casi impositivamente, es la propaganda neoliberal en las aulas universitarias. Pero la educación no funciona así, básicamente porque no se trata de eliminar autores, sino de leerlos a todos y entender sus ideas.
Leer a Marx no te hace comunista, así como leer a Maquiavelo no te convierte en dictador.
A mí sí me tocó leer a Adam Smith —aunque no quería ni me gustara—. Me tocó leer autores que no conocía y que, al final, no me convencieron —tampoco era obligación que lo hicieran—, pero los leí porque era necesario, porque para mí así funciona la educación. Así funciona el aprendizaje real: no se trata de leer solo lo que nos gusta, sino de conocer todas las posturas y rebatirlas con argumentos reales, serios y contundentes, no con pataletas ridículas. Pero claro, pedirle eso a quienes claman "Menos Marx" es como pedirle peras a un palo de manzanas.
Los influencers de la derecha de este país, por los siglos de los siglos, han llevado este dicho casi como su insignia. Esto lo dijo el armadillo subido en un palo e’ coco: "Ni me subo, ni me bajo, ni me quedo aquí tampoco". En conclusión, no les gusta nada, solo lo que ellos creen que es necesario, casi percibido como obligatorio e impositivo.



