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Al ritmo de un bolero

Foto: Santiago Orozco Uribe
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María José Aranguren

Universidad del Rosario - 12 JUN 2025

Hay algo en César Mora que se mueve al compás de una musicalidad casi imperceptible, como si por dentro le latieran una guitarra añeja, unas trompetas agazapadas y el bombo hondo de una calle en carnaval. Un ritmo secreto que desordena el espacio que habita, que le nace desde las entrañas, lo acompaña codo a codo por la calle y lo envuelve en una composición de acordes. Su presencia convoca recuerdos de un bolero inmarcesible, pero también del “bullicio, el barrio y el son”; de una ventana abierta que deja que la música se filtre libremente e inunde de sabor y bailoteo los alrededores. Tiene esa esencia que guardan los músicos de antes y los actores de raza: una forma de ocupar el aire, de llenar la silla incluso antes de sentarse, de volver escénica hasta la espera.

 

Es de poca altura, sí, pero apenas entra uno siente que la sala se encoge para dejarlo pasar, como si su figura, tan mínima como exacta, fuera centro de gravedad. Al encuentro llega con gafas oscuras que rara vez se quita, un blazer negro que cae con prestancia sobre los hombros y un pañuelo de bolsillo que le hace juego al tono rojizo de su atuendo. Lleva unos pantalones de tartán escocés rojos, vibrantes, que le caen con desenfado sobre unas botas de cuero vinotinto bien pulidas pero curtidas por el uso. La piel le cuenta los años con sinceridad, sin disimulo ni pudores, pero tiene la sonrisa brillante de un niño con la imaginación desbordada. No hay cansancio en su cuerpo, sino una energía subterránea, noctámbula, callejera, que lo mantiene en movimiento perpetuo, siempre al borde de una canción o de un primer acto. Cualquiera diría, viéndolo así, que el tiempo no lo envejece, solo lo afina.

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Foto: Santiago Orozco Uribe

Ahora, en el amplio camerino del Teatro Libre de Chapinero, bañado por una luz blanca e insistente, con espejos que repiten su silueta hasta el infinito y un mueble de madera en el centro que parece puesto ahí solo para romper el vacío, César se despliega con la intrepidez de alguien que ha vivido mucho y aún quiere contarlo todo, al borde de la exaltación y la ternura, con un ritmo interior que no le da tregua al tiempo. Mientras comenta cómo han ido las funciones de Mi vida es un bolero, ese monólogo íntimo que atraviesa su historia personal y artística, no se detiene mucho en las cifras ni en los aplausos, sino en el origen: “Yo le voy contando a la gente historias de mi vida, y lo que tienen que ver los boleros. Los boleros son una excusa para hacerle un homenaje a mi madre".

Apenas lo dice, como si esas palabras fueran una cuerda que lo jalara hacia atrás, la voz se le afloja, el gesto se le transforma y vuelve, como tantas veces, al relato entrañable de su infancia. Porque con César, cualquier pregunta, la más simple o compleja, lo devuelve de inmediato a la niñez. Vive con un pie aquí y el otro allá, en ese lugar que ya no está, pero que él reconstruye con una precisión luminosa: la calle, la radio, la mujer que todo le dio y le enseñó a cantar, los días de lectura ávida y los juegos desenfrenados que, sin saberlo, lo estaban preparando para el escenario. Todo eso sigue vivo en él. Parece refulgir con el recuerdo de aquella época. Basta con verlo moverse y escucharlo para notar que el niño que fue sigue indisolublemente adherido al hombre que es ahora.

Cuando se deja llevar por los recuerdos, a César le resulta imposible no escenificarlos. Al igual que la música, la actuación le corre por la sangre como un pulso alterno, no sabe separar una de la otra. Es histriónico por naturaleza, un rasgo heredado de su madre, de esos que cuentan historias con todo el cuerpo, como si le brotaran desde los hombros, desde los codos, desde las cejas. Las manos se le vuelven pinceles, abanicos, metrónomos; dibujan en el aire figuras invisibles. Y la voz, grave y cargada de matices, se le vuelve de radionovela. Habla de su madre como se habla de una luz encendida en medio de una casa vacía. “Ella me decía: si el profesor le dice que cante, usted sale y canta”, recuerda. “Me enseñaba canciones de Joselito. Me decía: usted es como Joselito. Apréndase Campanera. Y yo me la aprendía".

Apenas lo dice, se pone de pie sin previo aviso, camina hacia el estuche que descansa sobre el mueble de madera, lo abre con devoción, como si destapara algo sagrado, saca la guitarra, y empieza a tocar con la gracia afinada de un gesto que ha repetido durante décadas. La voz le cambia, se tensa, se alarga, se acomoda en un registro más hondo, íntimo y delicado. Canta un fragmento de Campanera como si cantar esa canción fuera tocar el primer amor, el primer miedo o la primera vez que la música lo sacudió con una emoción demasiado grande para ser nombrada. Su voz, mezcla de herida y caricia, es más que una melodía: es vieja ambrosía, memoria viva, esencia pura de lo que ha sido su vida.

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Foto: Santiago Orozco Uribe

Fue un niño menudo y excéntrico que se vestía con chalecos que le colgaban hasta las rodillas, pantalones arremangados, y gafas oscuras, demasiado grandes para su cara, como si jugara a ser adulto en un mundo que aún le quedaba inmenso. “Me ponía la ropa de mi papá”, recuerda, con una sonrisa dibujada de lado a lado como si aún sintiera el peso dulce de aquellas telas sobre su pequeño cuerpo. “Los profesores decían: este niño parece un payaso. Pero yo no me los quería quitar”. ¿Y cómo habría de quitárselos? Más que un disfraz, eran su armadura, su forma de sentirse grande, visto y diferente. Los usaba como estampa y manifiesto. Las gafas, esas mismas que aún hoy lo escoltan en cada escenario, eran un escudo; una manera de entornar el mundo para elegir qué mirar y qué no. “El bullying se hizo conmigo, nació conmigo. Pero a mí me importaba un pito”, suelta con naturalidad, dejando claro que nunca se dejó doblar por las burlas. Le gustaba ser el payaso, la mueca, el centro del espectáculo y que lo llamaran a cantar, recitar o actuar.

Así, durante horas, como si en su pecho se abriera una biblioteca antes escondida, César va sacando libro tras libro. Algunos están cubiertos de polvo, otros huelen a tardes amalgamadas con el anochecer, y algunos más vienen recién deslustrados por la nostalgia. Cada uno trae consigo un recuerdo con nombre propio y banda sonora de fondo. Habla de los escolapios de sotana corta que lo dejaron volar cuando otros le habrían cortado las alas; de cómo lo acercaron al teatro y lo llevaron, casi sin darse cuenta, a memorizar a Cervantes a los ocho años. “¡Infame, malandrín, follón!”, gritaba en los pasillos del colegio, creyéndose un “hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. Después vino Las Aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain, que le abrió una grieta a la libertad por la que él no tardó en meterse. Se armaba sus propias hondas, jugaba a ser Huckleberry Finn, rompía ventanas en edificios y se internaba en las minas de sal como si fueran las cavernas del Mississippi.

Luego se mueve en un vaivén temporal hasta la fundación del Teatro Libre, sus días como el bufón del Rey Lear, los lunes de resaca con Jaime Garzón, las parrandas en casa de Alfredo Iriarte que siempre terminaban en discusiones etílicas con Enrique Grau sobre arte, política y la vida misma. Recuerda también a su padre, “ferrocarrilero de cariño cero”, que escuchaba ópera a todo volumen hasta el mediodía y nunca le dijo “te quiero”, pero le enseñó a soldar, cambiar cables y arreglar el mundo con las manos. Rememora su primera vez frente a una cámara de televisión en El Confesor y cómo ese papel le confirió ese mismo año el Premio Simón Bolívar. Y, como un constante murmullo, detrás de todo, o, quizás, por encima de todo aquello, está la madre, su más grande y épico amor, cantando con un talento inconmensurable todo el repertorio de La Sonora Matancera y Yo vendo unos ojos negros de Los Chalchaleros, bordando sus días con polleras, la más genuina de las sonrisas y empujándolo siempre con ferocidad hacia los escenarios que la vida le fue ofreciendo.

Habla profusamente, cual si hubiera sido sacudido por una fuerza centrífuga y hubiera vuelto a caer sentado sobre la pequeña silla desde la que se desahoga. Todo ese vendaval de escenas, de epifanías callejeras, de amores extraviados y canciones heredadas, todas esas noches de eterna parranda bajo la luz de la luna hasta la madrugada, lo asestan; va componiendo en vivo la partitura de un bolero escrito a golpes de vida. Y justo cuando parece a punto de abrir otro libro más, una voz interrumpe el aire cargado de añoranza para llamarlo a la prueba de sonido, a lo que él se encamina, sin prisa y con certeza, hacia la noche que ya lo está esperando.

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Foto: Santiago Orozco Uribe

Como si cada función de Mi vida es un bolero fuera, también, un acto de expiación y renacimiento, un rezo bajo luz tenue, guitarra en mano y memoria a flor de piel, esa noche César Mora entra como se entra a casa después de un largo viaje. Llega con el alma encendida en las pupilas, el cuerpo suelto, la voz templada por los años y esa certeza de que todo lo que está por suceder le pertenece. Desde la primera palabra, el teatro se vuelve una extensión de su pecho, sin distancia entre los acordes y las anécdotas. En la pantalla se revelan fotos y videos de su madre, de su infancia, de los días que aún le arden como fuego. Y entonces empieza el recorrido con las canciones que marcaron su historia, los relatos de su carrera, las confesiones que se deslizan entre el canto y la risa, entre lo actuado y lo vivido, en un universo sin fronteras. No hay separación entre la vida y la escena. Todo lo que ha sido —hijo, cantante, actor, lector empedernido, bufón, enamorado y padre— se entreteje con una soltura conmovedora en ese formato que él mismo ha inventado, como si la única manera de contarse fuera cantando. Cada bolero llega como una ola cálida; cada recuerdo, como una confidencia al oído.

Su banda lo sigue con una complicidad casi amorosa, como si más que acompañarlo lo sostuviera sin que él tenga que pedirlo. Y él, sudando la camisa, repartiendo rosas al público, improvisando, bailando apenas, dejándose llevar por la embriaguez lenta del bolero y las historias de su vida, se mueve con la soltura de quien ha habitado los escenarios durante años, con esa mezcla de precisión y desparpajo que solo tienen los que han vivido con el corazón expuesto. Suenan Mujer divina, El carretero, Los aretes de la luna, A tu manera, una canción dedicada a su esposa Mafe, y cada una se va mostrando como un reflejo de su alma. Es una noche irrepetible, única, en donde todo lo ocurrido hasta entonces parece haber conspirado para estallar en ese instante consagrado al recuerdo, al canto, a la certeza profunda de que vivir, a fin de cuentas, es como cantar un bolero: lanzarse sin mesura, desgarrarse con elegancia, glorificar el amor, seguir cantando incluso cuando este se ha ido y el desamor aprieta, y entender, con una dulzura feroz, que hasta la nota que se quiebra tiene su lugar en la melodía.

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Foto: Santiago Orozco Uribe

Y entonces, cuando el viaje parece haber llegado a su última parada, César entona los primeros versos de Canela: “Quiero morirme de manera singular, quiero un adiós de carnaval…” y el teatro entero se estremece. Su voz es un torrente hondo y embriagante que se expande como un hechizo que lo cubre todo. Antes de cantarla, se detiene un segundo e invoca la memoria de Jaime Garzón, a quien esa canción le fascinaba. “Llegaba a donde yo estuviera tocando y me decía: “César, ya llegué”, para que le cantara la canción. Y más tarde: “César, ya me voy", y no se iba hasta que se la volviera a tocar”, recuerda. Cierra los ojos, se aprieta el micrófono contra el pecho y lanza al aire esa epifanía rumbera que le pertenece por entero. Ahí estaban el homenaje, la amistad y la ausencia. Y mientras César canta, es fácil imaginarlo a él también, a Jaime Garzón, sentado entre el público, escuchando en silencio, con el corazón henchido de felicidad. Porque Canela es una forma de rendirle homenaje con ritmo, una celebración dulce de lo vivido, un himno para los que se fueron bailando; una manera de pedirle al mundo que, cuando todo acabe, no haya sermones ni flores marchitas, sino música, barrio y sabor.

Cuando termina, la ovación es inmediata y completamente merecida. No hay telón, pero se siente como si acabara de cerrarse uno invisible. Lluvia de aplausos, voces que piden una canción más, cuerpos que no quieren levantarse todavía. Y César regresa, claro que regresa. Canta una última más, sin premura, como si todavía quedara una copa de memoria para brindar. Porque el espectáculo es un acto de entrega. Un libro abierto sin contraportada. Y, al salir, solo se escucha un rumor de pasos y algún tarareo suelto: “Canela, canela tu voz plañidera, regada en fragancia de ron sabrosón…” como si todos, de alguna forma, se llevaran un eco de su voz guardado en la memoria del corazón.

ISSN: 3028-385X

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