Bufón de tréboles

Foto: IA

Corina Puelman
Universidad de Antioquia
Ay, pobres víctimas… ¡pero más pobres sus victimarios! Proverbios 11:18, El que obra honestamente asegura sus ganancias y, sin embargo, loma arriba, donde solo velan los pobres y brillan los valientes, cantaba el necio, dejando a la escucha su moral, su vida, más determinadas por la deslealtad del azar que por la firmeza de la convicción…
Aunque seas bien derecho si andás seco te dan pifia.
Trabajando sos cualquiera y afanando sos señor.
Él, torcido y pillo, ni laborioso ni don; vividor, en todo el sentido de la palabra, del descuido (y hasta del cuidado) del afanado y del que afana, sin importar quién es quién.
Porque, al fin, hasta la grela que comparte tu cobija
cuando ve mangos en fila solo piensa «¿Cuántos son?».
La plata, todo para él y su mundo…
Además, nadie pregunta de que lao’ llegó la buena,
la importancia está en los mangos aunque salgan de lo peor.
Así, sin Dios ni ley, se lanzó a la idea de bajarse un buen dinero sin puñal ni herido, jugando al engaño y a la mentira, pensada ya la estafa.
Y aprendés al triste precio de tu credo en esta feria
que ni tiñe la vergüenza ni la guita tiene honor.
Fingiendo ser la cara contraria de la moneda, se hizo pasar por víctima de robo. Audaz y suertudo, logró el desembolso sin sospecha ni dudas.
El canto se convirtió en tarareo y eventual silencio según unas ávidas manos contaban unos sucios, suficientes pesos. Echó cabeza a su origen que, como aquel de la vida, poco importaba, puesto que había ganado como ganan los vivos (que viven de los bobos), haciendo trampa. Esta vez contra el sistema, carros, piezas, plata…
Poco le importó entonces, menos le importaba en ese momento: Todas estas gambas, estas lucas, estas suciedades, irían a un noble destino, el más noble de todos: ¡El juego! Los hombres de verdad doman el destino en el juego honesto (el único que no favorece a la casa). Con la suerte que le era característica, tan fiel como novia fea, haría su fortuna. Con suerte se hace suerte, se decía.
Escupió la voz un gargajo, pesado y tosco. Continuando trocha arriba, ya al borde del cansancio y del caserío, llegó al linde del mundo. Paraje esquinero, donde se refugian las yuntas de todo malo. Calles de tierra, postes sin luz, ladridos de jauría, casas amontonadas, un garaje, otro, pero que era billar. El cemento enrollado entre los ladrillos mal puestos, los ladrillos apilados entre el monte hacinado… Era el hueco del tahúr.
Saludó en los garajes, con especial brío al mecánico, compinche del torcido. Saludó en el billar, luego vio a los lolos correr por ahí tras una pelota, sonriéndoles confiado (al parecer también eran de la buena suerte).
El contrabando iba y venía por la pieza de atrás, que daba a una escalera que, a su vez, daba a un oscuro almacén que escondía a matones y a hombres del hampa, cuando más tremendos y cuando menos ladrones, traficantes, estafadores como él e, incluso, en noches inseparables, doctores…
—Caballeros —saludó el estafador, recién llegado, sonriente—, tiempo sin vernos.
—¡Usted que se olvida de uno! —exclamó el Doctor, en medicina nada más y nada menos.
—Que se olvida de todo —entró a corregir otro, un roñoso sicario.
—Otra vez tarde, Chueco —reclamó el uno de la mesa, el Taita del arrabal. Era gordo, de apariencia bonachona, pero de corazón oscuro; hombre respetado por todos, y aún más por los presentes en el almacén, punto de encuentro para el juego de póquer.
—Disculpe, Taita, los pesos escasean, como sabe. Andaba rebuscándome el mínimo pa’ la entrada, de ahí la demora —explicó el estafador, Chueco para los amigos y los compinches.
—Esta vez completo, me imagino —cuestionó el Taita, señor del juego, al Chueco, quien una vez, confiado de su suerte y siendo ventajoso, se sentó a la mesa sin el mínimo necesario para jugar.
—Sí, señor, completica —mintió el Chueco, teniendo apenas la mitad de lo justo.
—Recuerde que, más que la plata, en esta partida se puede jugar la vida. Ojo con las mañas, Chueco.
—No se preocupe, Taita. Ya tomé escarmiento —aseguró el necio, recordando la sangre escupida y la vista borrosa, precio bajo de su osadía.
—Más le vale, hermano —sentenció el Taita, fingiendo una sonrisa.
Pasados a una habitación contigua, se dispusieron al juego, a la apuesta. Tímido, el Doctor, deseoso, tomó la baraja y empezó a jugar con ella, dejándola poco después en la mesa. Le temblaban las manos ávidas.
—¿Otra vez se apuesta el sueldo, Doctor? —cuestionó el Taita, a un nervioso galeno.
—¡¿Cómo le parece?! —respondió una voz insegura, antes de añadir con manos temblorosas fardos, igualmente temblorosos, de dinero al bote. Cada billete estaba más sucio y arrugado que el anterior.
Apenas obtuvo un gruñido en respuesta. No sabría nunca si fue en condena de sus hábitos o satisfacción de los mismos…, pues pronto empezó el juego.
Con tan solo una mirada, el Taita ordenó que la baraja se deshiciera y rehiciera a manos de algún bobo, que en este caso fue El Roñoso, sicario. Bajo sus callosos dedos salieron dos cartas, que luego fueron cuatro, luego seis, ocho, y finalmente diez, número con el que ya empezó el duelo de todos, donde ya la suerte haría fortuna, quitándosela a unos, dándola a otros.
Obligados (deseosos) de apostar, el médico y el sicario sumaron las ciegas. Se sumaron el Taita y el Chueco. Entonces salió el flop: Dos de picas (que amenazaba con picar la suerte), reina de diamantes, nueve de tréboles. Habló el Taita y, como el destino seguía su voz, dobló la apuesta. Insolente y ciego, el Chueco se sumó. Foldearon los demás. Las otras dos cartas, rey y jota de tréboles, dijeron lo que debían, aún sin saberlo. Mientras el Chueco se lamía un diente despicado que tenía, tratando de leer a su rival, este enseñó la mano: pareja de Jotas. ¿Taita?, color de tréboles… Un fajo a la nada.
—Felicitaciones… —una voz descendió más con cada sílaba—. ¿Continuamos?
Miraron raro al Doctor; habiendo perdido todos, resentían su brío, ¿o era su adicción?
Siguiente mano, siguiente apuesta. El Chueco pierde esta también, pero no se rinde. Primero, porque no puede y, segundo, porque su instinto le avisa sobre la suerte que le espera que, hasta ahora, parece declinar hacia el Doctor.
—Cal, revuelva usté’ las cartas, no me fío de ninguno de la mesa —ordena el Taita a uno de sus matones, quien está fuera de juego.
Este, torpe para todo aquello distinto de la muerte, deja caer el mazo.
—¡Pase a ver, animal! —exclama el Taita mientras le arrebata las cartas de las manos— Todo tiene que hacerlo uno…
Ya revueltas, se reparten y se disponen las justas en la mesa. Todos jalan, el Chueco quiere reír, mas sabe que no debe. Apuestan, gana. Van con la cuarta ronda, vuelven a ganar. Empieza la quinta y termina la sexta, su instinto no se equivocaba.
—Chuequito, me la estás haciendo… —sospecha el Taita.
—Solo juego, mi viejo —responde el Chueco, tranquilo.
—¡Nos la está haciendo a todos! —interviene el Doctor, soltando una risa apenas habla.
Se alivian las tensiones, revuelve Gancho, viejo conocido del Chueco; la suerte se traslada.
Juegan, apuestan. El Chueco, sobrado, va con la mitad de lo conseguido. Expectantes, los de la mesa ven al Chueco perder y al Taita ganar. No se asusta, cree que la victoria lo espera. Se desengaña al finalizar la partida siguiente. De esperanza ilusa, dobla a la que sigue, pierde sin piedad. Todos ríen en la mesa: juego, suerte y bebida fluyen; la noche y la plata se les escapan.
Sin plata, de tanto perder, se declara en blanco. Los de la mesa se le giran y protestan, cayó la mentira. El Taita se pone de pie, airado; el Chueco también se levanta de la mesa, miedoso.
—Te jugaste la vida, perro, y perdiste.
El Taita desenfunda un revólver y apunta al descubierto mentiroso. El Doctor, adelantándose al disparo, da un brinco, levantando enseguida mesa, cartas, billetes y trago. En reacción, suena el fogonazo, alguien grita herido y responde con otro disparo, todos saltan al piso, más tiros responden.
Treintaiséis disparos después, la sala reaparece en la vida y la muerte… una cabeza se asoma con maña, como si hubiera pecado. Un sangrerío angustioso la recibe. No demora mucho en convertirse la angustia en risa: Todos están muertos, menos él. Se revisa, no está herido.
Vivo, con la suerte que le es característica, contempla todo el bochinche que se armó por una cabeza, por la suya. La consciencia no le pesa mucho y agarra todo lo de valor de la mesa. No le quitó los relojes a los muertos porque no quería presionar demasiado su suerte.
Sale desbocado. Agarra un carro que sabe no es suyo. Enciende, la suerte lo sigue. Dirige por una trocha que no desconoce. Unas luces lo emboscan. Tombos de carretera, nada grave para un suertudo como él. Lo paran, y para. Le piden documentos, y los da. Lo miran, y no se esconde…
—Señor, por favor salga del vehículo.
—Tendrá que venir con nosotros.
Y el carro quedó vacío a un costado del camino.



