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Patrimonio de la deshumanidad

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Ximena García Gallego

Universidad Jorge Tadeo Lozano

La Costa Atlántica de nuestro país ha sido desde siempre un atractivo turístico innegable, y en ciudades particulares como Cartagena, San Andrés o hasta la misma Barranquilla es mucho más notable. Ellas habitan como espejos de mares, caudales de arena, bailes, lujos y centros que llevan historia en cada una de las calles, pero ¿y si esta historia no es la correcta?

Hace poco hice un viaje a Cartagena con propósitos de disfrute y diversión, pero con la mentalidad más crítica, muchas preguntas y dilemas morales llegaron a mí como una enfermedad sin cura. Sí, realmente es una ciudad hermosa, su playa es brutalmente acogedora y sus olas, bueno, yo creo que realmente fueron las únicas que entendían mi furia con el sistema y se sacudían con fuerza cargando consigo su propio peso y el de una marea que se lleva los pasos de las personas que por allí pasaron.

Fueron 4 días y 3 noches, como la mayoría de planes de turismo que ofrecen las empresas de viaje. Fue casi una semana la que me sirvió para tratar de entender muchas cosas que aún hoy no les encuentro total sentido. Desde la llegada al hotel, la situación siempre fue espesa y con esto me refiero que sentí que allí estaba normalizada la forma en la que el pago de los servicios justificaba que otras personas nos llevaran las maletas hacia la habitación.

Al ubicarnos en las habitaciones, me encontré con un cartel movible colgado en la puerta que decía “Falta aseo a la habitación” y al respaldo decía “Habitación lista, no molestar”. Eso me dejó aún más impactada porque muy de cerca significaba de nuevo que había personas que limpiaban desastres diariamente, que debían soportar cosas banales que los huéspedes dejaban a este lado y al otro ¿Y debían soportarlo porque era su trabajo? Lo confirmé de nuevo cuando al bajar al primer piso del hotel la zona de bebidas estaba llena de mesas con vasos sucios, servilletas envueltas y uno que otro cigarro recién dejado. Allí había dos señores quienes se encargaban de recoger y llevar, de servir, de preparar cocteles, jugos, cubos de hielo, etc. Otra rutina normalizada. La zona de comidas no era muy diferente; siendo el servicio a buffet, la gente aprovechaba para servir literalmente morros de comida que luego dejarían allí por mal gusto o por llenura, y esperaban a que los meseros llegaran con una amable sonrisa a recoger los sobrantes para trasladarlos a la cocina y que tuvieran otros destinos.

Afuera, tanto en la playa como en el Centro Histórico las circunstancias eran mucho más notables. Desde la playa se observan los edificios que rodean la zona y son el símbolo de las hegemonías y dentro de ella cientos de vendedores ambulantes tratan de convencer a extranjeros y a turistas nacionales de comprarles masajes costosos, paseos en lanchas y uno que otro mango biche. De todos los lugares que menos uno espera encontrarse el valor del dinero y la necesidad de este es en la naturaleza. La tierra nunca descansa de la humanidad, a fin de cuentas.

Desde el Centro Histórico y en sus calles se observa el rastro de las casas coloniales, unas se mantienen y son portada y entrada de locales de chucherías y recuerdos, y otras simplemente son demolidas o nadie les presta mucha atención. Llegar al Centro es como llegar a un mundo de perfecciones que ni en el mejor de los cuentos existe. Los turistas caminan emocionados, y los vendedores, bueno, ellos realmente intentan existir con los buenos días, las buenas tardes o las buenas noches.

Es una realidad temible el hecho de que Cartagena no sea una ciudad de libertades y de exploración como la creemos ver, sino que sea una ciudad de servidumbre. En un letrero del Centro se encuentra inscrita la frase “Cartagena, Patrimonio cultural de la humanidad”, pero yo más bien creo que la humanidad y la empatía son las que allí ya murieron, murieron como la historia de los pueblos, de sus tradiciones y de toda la memoria que llevan en sus manos cansadas. Porque a Cartagena falta que la conozcamos de verdad, desde adentro.

ISSN: 3028-385X

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