De Bogotá a Madrid y de Madrid al cielo

Foto: Gianluca Battista / EL PAÍS

María José Aranguren
Universidad del Rosario

Santiago Orozco Uribe
Universidad de los Andes
Volver al ruedo para volver a vivir
Para César Rincón, el toro de lidia no ha sido un adversario, sino el origen de todo lo que es. De su embestida nació la fortuna, de su bravura brotó la leyenda y de sus pitones se colgó la gloria que lo coronó eterno rey de la Plaza de Toros de Las Ventas. A cambio de jugarse el alma en cada pase, el animal le entregó el respeto del mundo y una consagración histórica; pero también le dejó las cicatrices que hoy marcan su piel y que, en más de una ocasión, lo pusieron al borde de perderlo todo. Precisamente por ello, no hay un solo momento en la vida del torero que no esté atravesado por la mirada del toro. La felicidad que le produce y el amor que siente por él no se pueden cuantificar ni caben en ninguna cifra; se trata de un vínculo que trasciende lo material. En el toro de lidia, dice él, reside su esencia.
Fue precisamente ese vínculo el que, años después, terminó por devolverlo a la vida. Ocurrió una tarde fausta y pletórica de dicha, cuando el teléfono sonó con una propuesta inesperada: Morante de la Puebla lo invitaba a torear de nuevo en Madrid. Aquel llamado rompía un silencio que parecía definitivo tras su adiós en la Plaza Monumental de Barcelona en 2007 y su retiro final en la Santamaría de Bogotá en 2008. Desde entonces, Rincón se había refugiado en el campo, dividido entre sus ganaderías de El Torreón en España y Las Ventas del Espíritu Santo en Cundinamarca, intentando devolverle al toro, desde la crianza, una parte de lo mucho que había recibido. Sin embargo, en la quietud del retiro, la amargura empezó a filtrarse. A pesar de tenerlo todo, sentía que su tauromaquia “se le escapaba entre los dedos como el agua entre las manos”. Además, se había quedado en su corazón, como un agravio, la sensación de una deuda pendiente con Madrid, la plaza que lo hizo hombre y donde no pudo despedirse en su temporada final.
Por eso, la invitación de Morante para torear en el festival en honor a Antoñete —su padrino de alternativa y el torero de su más profunda admiración— fue una forma de justicia poética. La vida le ofreció la oportunidad de saldar su cuenta con Madrid y de honrar su propio linaje. La propuesta llegó, además, de forma providencial el mismo día en que Rincón terminaba el Camino de Santiago, tras una depresión honda que lo había empujado a caminar durante ocho días en busca de una respuesta de Dios para su vacío. Al llegar a la explanada de la catedral, conmovido por una fuerza inexplicable y con el espíritu abierto de par en par, el teléfono sonó. Rincón no vio una coincidencia, sino una epifanía; un mensaje sagrado que dictaba su retorno y un llamado para volver al centro de su propia verdad. En ese instante, volvió el miedo necesario, despertó el instinto que llevaba aletargado y regresó, con una claridad inesperada, la sensación de estar vivo.

César Rincón sale a hombros de Las Ventas (1991). Foto: El Mundo
Aquel llamado no solo significó el regreso a Madrid, sino que también terminó por ser el catalizador para volver a los ruedos de su tierra; para pisar de nuevo la arena de Cali y Manizales en un momento crepuscular, antes de que entre en vigencia el proyecto de ley que prohibirá la tauromaquia a nivel nacional. Rincón regresó para mostrarle a las nuevas generaciones de Colombia —aquellas que no alcanzaron a verlo en su plenitud— de qué material está forjada su leyenda. Sin duda alguna, regresaba el torero más grande que ha dado América, dispuesto a desafiar las leyes del tiempo y hacerle un desplante al famoso verso de Rubén Darío en su Canción de otoño en primavera: “juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!”. Apareció un maestro reverdecido, con una vitalidad primaveral, como si en su toreo florecieran de golpe los amarillos de los guayacanes, la elegancia de las orquídeas o el estallido rutilante de la Feria de las Flores.
Como bien anotaba Antonio Caballero, César Rincón no sabe sino salir por la Puerta Grande de Las Ventas, y esta vez no fue la excepción. En su regreso a Madrid, salió por séptima vez en hombros, mientras que en Colombia, para despedir "la fiesta brava" antes de su adiós legal, fue recibido con el fervor inmenso que solo se le reserva a los más grandes.
La preparación fue ardua, casi ascética, porque el oficio de los toros se hace siempre con la muerte por delante, y eso exige una disciplina absoluta. El cuerpo se expone, pero es la conciencia la que se somete al juicio más severo. Fue un entrenamiento de la voluntad para centrar la mente y lograr que triunfara, una y otra vez, sobre el miedo; ese que nunca se va, ni con toda la experiencia del mundo, cuando el toro está al frente. Se trataba de reconstruir al torero en sus años de gloria desde la evocación de sus recuerdos, pero con una lucidez renovada. Él mismo admite que, tras su regreso, descubrió que toreaba mejor que nunca. Está convencido de que si en su juventud hubiese tenido el conocimiento sobre los toros que posee hoy, su leyenda habría sido incluso más inabarcable. Para él, la tauromaquia es un oficio que nunca se deja de aprender porque siempre hay algo nuevo por descubrir. Por eso, la acogida que tuvo su regreso fue absoluta.
Del “niño torero”
Hasta hoy sigue siendo un misterio por qué un niño sueña con ser torero. Los niños suelen imaginarse doctores, futbolistas, bomberos o incluso superhéroes; casi nunca se proyectan vestidos de luces y plantados delante de un toro bravo, bravísimo, al que deben enfrentar para conducir su embestida frente a una multitud que juzga cada movimiento. Pero en los pocos casos en que ese sueño aparece, no suele tratarse de un deseo pasajero, sino de una inclinación cautivante. No sueñan solo con torear, sino con triunfar en España, cuna del rito, y convertirse en figura; dejar su nombre inscrito para siempre en la memoria del toreo. Es una especie de fiebre temprana, un impulso difícil de curar, que se instala y acompaña hasta el último aliento.
Tal vez fuera la voluntad de Dios, o la de su padre Gonzalo Rincón, o quizá simplemente que él vino así al mundo, con capote y muleta en mano desde el primer llanto. Lo cierto es que a los doce años, cuando otros apenas jugaban a las escondidas, César Rincón ya soñaba con ser torero. Y no solo lo soñaba, sino que ya había emprendido la marcha para convertirse en uno. Su padre, fotógrafo taurino, lo llevaba los fines de semana a las tientas en las afueras de Bogotá, y de vez en cuando lograba colarse al ruedo para ensayar pases en las novilladas. El público lo bautizó pronto como “El Niño Torero”, y así comenzó a figurar en los carteles de los eventos que lo anunciaban.
El primer “toro” con el que empezó a practicar se llamaba Príncipe. Era un perro pequeño, un pekinés, con el que César ensayaba pases usando un trapo como muleta. El juego tenía una única regla: si el perro mordía la tela, se acababa. Sin embargo, bastó el primer encuentro con un novillo de verdad para que Príncipe se le quedara pequeño y el juego cambiara de escala. De pronto, el animal ya no le llegaba a la rodilla sino al pecho, y con ese cambio de altura llegó también el impacto, la revelación de que aquello no era un pasatiempo. En el campo, frente a los novillos, vinieron los golpes, las caídas y el aprendizaje de levantarse una y otra vez. Entendió que el toro embiste porque esa es su naturaleza y que basta un descuido para que todo se desbarate. Ahí empezó a descifrar la lógica secreta del toreo, sin escuelas, aprendiendo de lo que veía y de lo que descubría a fuerza de ensayo y error.

Alternativa de César Rincón. Foto: Asociación Taurinos Solidarios
En la pequeña casa de inquilinato en la que vivía, las corridas se volvieron el único tema de conversación. Sus hermanas querían saberlo todo y él les explicaba con precisión casi obsesiva cada detalle. Conocía las faenas de memoria, los nombres de los toreros y manejaba con naturalidad el lenguaje que sostiene la liturgia de las plazas. Poco a poco fue despertando el asombro y la devoción de quienes lo veían. No era solo la precocidad, sino la naturalidad con la que asumía el riesgo; la manera de ordenar el cuerpo, de medir los tiempos y articular cada gesto con una seriedad y delicadeza impropias de su edad, como si llevara años entregado al oficio.
Aquel impulso temprano lo llevó, con apenas quince años, a cruzar el océano. Con el corazón repleto de ilusiones, pero los bolsillos vacíos, arribó a una España que para cualquier joven hispanoamericano de la época representaba la tierra prometida, el punto de referencia absoluto donde el mérito debía ser probado. Sin embargo, al llegar, César no encontró el oro de las leyendas, sino la soledad de un extranjero que no era nadie en una tierra extraña. Sus primeros días en Madrid quedaron marcados por el frío de un invierno para el que no tenía ropa adecuada y por la violencia de una sociedad en plena transición. Todavía recuerda con nitidez aquella tarde en la Plaza del Callao cuando, sin entender de política ni de bandos, se vio envuelto en una manifestación. Un policía lo golpeó con un bolillo, rompiéndole el labio y dejándole una cicatriz que se convirtió en su violenta bienvenida a España.
Refugiado en la habitación del hostal Picos de Europa, César pasaba las tardes escribiendo cartas que luego llevaba desde Callao hasta Cibeles, intentando endulzar ante su madre una realidad que era, en esencia, hostil. Leer las respuestas que llegaban desde Bogotá era su único instante de alegría frente a las humillaciones y las traiciones de un apoderado que terminó por robarlo y abandonarlo a su suerte. Sobrevivió gracias al amparo de las mujeres de la Gran Vía, quienes, conmovidas por su desprotección, lo cuidaron como a un hijo. En su mente, solo había un motor: comprarle una casa a su madre. Ese deseo era su fe absoluta, una fuerza irrefrenable que lo mantenía en pie a pesar del hambre. Su partida de Bogotá había sido como la canción Lágrimas de una madre, que dice: “Madre, prepara mis cosas porque tengo que partir, a buscar nuevas fortunas, aunque me cueste salir”. César sabía que el destino lo llevaría lejos, pero jamás imaginó el precio que le cobraría por cumplir sus sueños.
Justo en 1982, cuando las cosas parecían finalmente mejorar y se aprestaba a recibir la alternativa, la tragedia lo alcanzó de la forma más desgarradora posible. En Bogotá, su madre y su hermana habían encendido una veladora a la Virgen de la Macarena, pidiéndole que lo protegiera de las cornadas y le diera suerte en los ruedos españoles. Aquella luz terminó por provocar un incendio al alcanzar un depósito de gasolina, y ambas mujeres murieron atrapadas por las llamas. La noticia le cayó como un rayo, precipitando su regreso inmediato a Colombia. El joven que se había marchado para ser el salvador de su familia regresaba, derrotado por el azar, para enterrar a quienes más amaba. Aquel suceso no solo cerró de golpe su primera etapa española, sino que dejó una herida abierta en su corazón que ningún triunfo posterior, ni siquiera la gloria absoluta, lograría cerrar del todo.

Foto: Archivo César Rincón
Al “césar” del toreo
De las incontables cornadas que ha recibido, la que le dio el toro Baratero en la plaza de Palmira fue, sin duda alguna, la más crítica de su carrera. Aquella tarde del 2 de noviembre de 1990, el toro lo alcanzó de forma brutal, seccionándole la vena femoral. En la precaria enfermería de la plaza lograron apenas salvarle la vida a fuerza de torniquetes y una transfusión de sangre que sería la causa de la hepatitis C que contrajo. Pero mientras los doctores dictaminaban meses de reposo y daban por perdida su temporada, en la mente de Rincón no había espacio para la convalecencia; su sed de vencer y esa necesidad vital de no dejar escapar el tren de la gloria operaron un milagro de voluntad sobre su propio cuerpo.
No había pasado ni un mes cuando reapareció en Quito para llevarse el trofeo Jesús del Gran Poder y, poco después, triunfar en Cali conquistando el trofeo del Señor de los Cristales. Su recuperación dejó mudos a los especialistas, pero es que en su interior no había lugar para el reposo. Él solo quería torear y torear y torear, impulsado por la sospecha de que aquel era su momento y lo estaba haciendo con una maestría absoluta. Aquel trauma, lejos de amedrentarlo, se convirtió en el reactivo que terminó de forjar su carácter. "Ese día volví a nacer", dice él. “En Palmira no solo me pusieron sangre, sino que me inyectaron gasolina”. Y tenía razón: su carrera, lejos de detenerse ante la tragedia, acabó por encenderse para siempre, lanzándolo directo hacia un 1991 que partiría la historia del toreo en dos.
Dice el escritor Eugenio Noel que el ombligo de España no es el Cerro de los Ángeles, sino la Plaza de Toros de Madrid. Y es que la historia de España está inexorablemente ligada a la historia del toreo. Las Ventas es la plaza más importante del mundo, custodiada por un público que se dice el más difícil de impresionar. Aquella tarde del 21 de mayo, en la Feria de San Isidro, César Rincón actuó con una seriedad y una exactitud técnica que transformaron el ruedo en el escenario de una danza magistral; sus movimientos eran el reflejo de lo que llevaba años practicando, pero elevados por ese toque de ingenio y espontaneidad que posee él. Su figura, vestida de verdemar y oro, dejó de ser la de un hombre para volverse la de un artista capaz de crear un caudal de emociones para sí mismo y sus espectadores. La faena alcanzó una armonía majestuosa; su mirada, fija y profunda, parecía dictar el destino de la tarde.
Hasta el último tendido, la plaza se puso de pie en una marea blanca de pañuelos que exigía el premio máximo, mientras las voces, al unísono, vociferaban: “¡To-re-ro, to-re-ro, to-re-ro!”, música para los oídos del vencedor. Rincón estalló en una emoción que no cabía en su pecho, incrédulo ante la magnitud de lo que acababa de hacer, antes de salir en hombros por la Puerta Grande hacia la calle de Alcalá, rodeado por una multitud de entusiastas que lo llevaban directo al Olimpo taurino.
Esa misma noche, su apoderado Luis Álvarez le propuso torear al día siguiente. A pesar de que el embajador de Colombia y sus amigos le advirtieron que volver a presentarse era una temeridad que podía desdibujar la gloria alcanzada, en su mente no cabía la posibilidad de dar un paso atrás. No durmió nada esa noche, pero no por el miedo de fracasar, sino por la exaltación máxima, la sensación de haber tocado el cielo de Madrid. Era el primer colombiano en lograr tal hito —un logro que, décadas después, nadie ha sido capaz de igualar—y ahora iba a torear con una de las máximas figuras del momento, Espartaco. Para él no era un riesgo, era el regalo de la vida de poder competir de igual a igual con aquellos maestros que siempre había admirado. Por eso, el 22 de mayo no decepcionó; volvió a Las Ventas para ratificar su talento, logrando una segunda Puerta Grande consecutiva que dejó al mundo taurino pasmado de asombro. Aquella hazaña fue solo el principio de un año onírico en el que regresaría para triunfar en la Beneficencia ante el Rey, y culminaría en octubre con su cuarta salida en hombros, consolidándose como el soberano absoluto de la temporada.

Foto: Suerte Matador
Al cerrar los ojos, Rincón todavía puede sentir la incredulidad de aquel recibimiento cuando volvió a Colombia. El niño que alguna vez vio por televisión los desfiles multitudinarios en honor a Pambelé o la llegada triunfal de Lucho Herrera, era ahora el protagonista de su propia apoteosis. Ver las calles desbordadas por la alegría del pueblo, ser llevado en el carro de bomberos hasta la Plaza de Bolívar y recibir las llaves de la ciudad de manos del alcalde, además de sentarse en un almuerzo con el presidente Gaviria y todos los expresidentes de la nación, para luego ser condecorado con la Cruz de Boyacá, marcó el punto más alto de su ascenso. “De dónde salí yo y a dónde me llevó el toro”, reflexiona hoy conmovido. En aquel vuelo meteórico, la tauromaquia le otorgó el estatus de gigante, sentándolo en la mesa de los grandes porque se lo había ganado con su propia entrega.
César Rincón había llegado a Madrid como un desconocido, pero terminó por encadenar cuatro Puertas Grandes en una misma temporada. Se dice fácil, pero es un hecho inédito; un récord que descansa en los libros de historia esperando a alguien que se atreva siquiera a soñarlo, pues ningún torero ha logrado repetir semejante proeza. Aquel ciclo de perfección absoluta obligó a España entera y las plazas de Francia, México, Perú, Venezuela y Colombia a rendirse ante el dominio de su muleta, reconociendo en el colombiano a un soberano del temple, a un "César" que no vino a ver, sino a conquistar un imperio de arenas y tardes de sol. Fue tal la magnitud de su entrega que el mismo Pepe Dominguín, conmovido, declaró que “verlo torear es como hablarle a Dios y que Él te conteste”.
Como un toro indultado
Tras superar la Hepatitis C, una batalla dura que lo obligó a retirarse de los ruedos en la plenitud de su carrera, César Rincón regresó para conquistar dos veces más la Puerta Grande de Madrid, grabando definitivamente su nombre en la piedra de la historia antes de su retiro en 2008. Hoy, tras su regreso, se define a sí mismo como un toro indultado. Es la metáfora perfecta de su propia existencia: el anhelo de ser ese animal bravo que, por la verdad de su entrega, se gana el derecho democrático de la multitud a envejecer en la libertad del campo. Es el reconocimiento a una casta superior que, en lugar de terminar en el olvido, conquista la vida y la memoria por mérito propio.
Porque Rincón es, ante todo, un hombre honesto. Tan honesto, que Antoñete dijo alguna vez que si existiera un torero perfecto, tendría que tener su verdad. Esa integridad es la que le ha valido su propio indulto ante la posteridad. En el mundo del toro es casi un axioma la frase de Juan Belmonte según la cual se torea como se es. Cuando el animal está delante y la muerte se vuelve inminente, no queda margen para la impostura; allí se muestra de qué está hecho un hombre. Y si se torea como se es, entonces Rincón demostró ser un hombre de temple firme, apasionado hasta la entrega, incapaz de esconderse ante la adversidad. Vino a ponerse delante del toro y a jugarse la vida, que es, en esencia, aquello a lo que un torero está llamado.
Eso, en una profesión que a menudo da pie al alarde y la vanidad, es una rareza. En un tiempo en el que abunda tomar el camino fácil, donde se camina con el alma seca, deshabitada de pasión y de sentido, él aparece como una roca inamovible de integridad. César entiende que la vida, como el mar en medio de vientos huracanados, se estrella con furia contra uno; y frente a esas embestidas, frente a los golpes que intentan derribarte, no queda otra opción que ser piedra firme para asimilar el impacto y permanecer inmóvil mientras el agua retrocede. Es la exigencia absoluta con la que asume su labor, desde un alma abierta y luminosa que no hace las cosas para que se las reconozcan, sino porque así se lo dicta la conciencia. Su brújula es una inercia moral imposible de traicionar: “Hacerlas bien, hasta el final, sin tirar por la calle del medio”, dice.
Esa misma rectitud es la que se vislumbra en su mirada, como la nobleza que él ve en los ojos de los toros que ha indultado. Su lugar en el Olimpo es ya inalcanzable; y aunque las olas de la prohibición pretendan hoy borrar la huella de su mundo, su legado permanece blindado contra el tiempo. Se cumple en él, con una precisión casi mística, la ley de Santiago Martín "El Viti" que César reencarna a la perfección, la cual proclama que llegar a ser figura en el toreo es casi un milagro, “pero al que llega, podrá el toro quitarle la vida, pero la gloria jamás".



