Del zarzo también caen moras: en defensa de la constituyente universitaria

Foto: Gustavo Torrijos / El Espectador

Guillermo Enrique Fonseca
Universidad Nacional
Actualmente la comunidad universitaria de la nacho se encuentra discutiendo la posibilidad de materializar una constituyente universitaria, transformación amplia que podría definirse en una palabra como ruderal, así sin más, como la flor que florece en el asfalto, en la medida que ha prosperado lentamente en razón, o a pesar, del desgaste de sobrellevar el trabajo, las responsabilidades, el rigor académico siempre extenuante e incomprensivo, y al mismo tiempo responder lo más integralmente posible a coyunturas de todo tipo. Es, entonces, una constituyente a la medida que nuestros cuerpos han permitido, discusión en la que, además, nos hemos quedado en una incomprensible soledad política y académica.
La soledad de quienes defendemos la constituyente no es únicamente por parte de aquellas voces que activamente podrían ayudarnos a defenderla, sino también de quienes, incluso estando en desacuerdo, podrían enriquecer las discusiones que la Universidad Nacional intentará abordar en la Mesa Constituyente, claramente conformada por sedes que están presentes a lo largo y ancho del territorio nacional, porque de eso también se trata la participación, de no permitir que la voz disidente sea cooptada vergonzosamente. Incomprensible dicha soledad, porque se hizo deber enriquecer la discusión pública sobre la constituyente universitaria, esto debido a que, sin temor a equivocaciones, ha sido reducida al absurdo.
El debate ha sido reducido a frivolidades, suspicacias y sesgos de todo tipo que resultan decepcionantes, incluso groseros, de cara al país y de la comunidad académica. Premisas supuestamente meritocráticas, basadas en pseudo-debates administrativos y académicos, han sido esgrimidas de manera elegante, eufemística, para que pase de agache una postura política clara que podría resumirse en que los caídos del zarzo, no por brutos, sí por igualados, no tienen ningún derecho de administrar o, siquiera, de intervenir o controlar directamente la universidad pública en la que se forman porque no acumulan las condiciones sociales y materiales para visibilizarse de quienes han administrado históricamente la universidad, oiga bien esa contradicción.
Bastante podríamos discutir al respecto de lo anterior porque, e insisto, como postura puede ser al menos cuestionada, es susceptible de disputa y de ser vencida, que lo será. Ergo, pretendo eludir en esta columna las citas a Marx, Bourdieu, Nussbaum o incluso Hayek, en contra del mito de la meritocracia, para establecer un hecho claro y mucho más explícito, o tal vez una postura mínimamente más sensata.
La constituyente universitaria de la nacho es fundamental para la universidad y para el país, puesto que se trata nada más y nada menos de aterrizar, desde el plano de la verborrea a la realidad tangible, eso de la “participación ciudadana”. Es uno de los innumerables intentos para superar la hinchazón de oprobios contra el derecho humano que, en palabras de Alba Lucía Ángel, sufre el país desde hace siglos. Los argumentos esgrimidos contra la constituyente son discretas sentencias contra la capacidad popular, no solo de opinar, sino como mencioné anteriormente, son negaciones activas del derecho a administrar directamente las instituciones del Estado y controlarlas de cerca como es derecho de toda la ciudadanía a la veeduría, una veeduría que sea real, y tal vez por lo mismo resulta tan incómoda.
Invito entonces así a participar y a defender este proceso, no sólo a la comunidad universitaria que aún no se apropia de la constituyente, sino a toda persona que pretenda defender su voz en las decisiones políticas de este país, y sus contribuciones con impuestos al sostenimiento de la universidad pública. No pretendo adjudicarme el derecho, con aire caudillista, de convocar masivamente a participar, pretendo agitar las voluntades al alcance de estas palabras en favor de su propia voz, de la nuestra, por lo que esto no es más que una invitación hecha por otra de aquellas moras caídas del zarzo.



