¿Desea usted la paz?

Sergio Andrés Silva
Escuela Colombiana de Ingeniería
En un memorable debate entre Luis Carlos Galán y Álvaro Gómez, principales aspirantes a la presidencia de Colombia en 1986, recibieron —individualmente— una pregunta de Juan Gossaín:
Candidato, usted como presidente de la República, ¿preferiría contratar más policías para combatir la inseguridad, o crear más puestos de trabajo para evitar que ese desempleo genere más inseguridad?
Pregunta imponente, pues en aquellos años, y actualmente, parece ser este un problema que persevera en el tiempo: la inseguridad.
Añorar seguridad parece hoy pecar de avaricia, es impresentable que en 2022 la percepción de inseguridad fuera 52.9% según Infobae. Y aún más impresentable parece ser cuando la inseguridad no se amotina solo en la población civil, sino en sus defensores, policía y militares.
En los ochenta y noventa, durante la ola criminal de los cárteles en Medellín y Cali, se instalaron los primeros rezagos del hoy llamado “Plan Pistola”, cuando Escobar, ante la ofensiva del gobierno, decidió perjudicar a la fuerza pública premiando a quien lograse asesinar a miembros de esta. Escena digna de una novela distópica.
Años después, en 2016, el expresidente Juan Manuel Santos firmó con la FARC-EP el conocido Acuerdo de Paz, acuerdo, para nuestro pesar, un tanto efímero. El problema no fue el Acuerdo en sí mismo, fue su implementación. La idea era casi utópica: “¿desea usted la paz?”. Claro, quién no, pero no se consideró que lo complejo no es dialogar la paz, es aplicarla.
Dejando de lejos la aplicación del acuerdo anteriormente mencionado, atengámonos a los resultados, a los datos que competen a lo que se está tratando: inseguridad. Posterior al acuerdo, demás guerrillas distintas a la FARC-EP se apoderaron de territorios que esta anteriormente controlaba. Si bien disminuyó por un corto tiempo la violencia, en años posteriores se observaron asesinatos a líderes sociales, excombatientes y defensores de derechos humanos y ambientales. Hay aquí un panorama nada agradable, pues el acuerdo no surtía efecto en la paz, o al menos no en la paz que se quisiera tener.
Ahora, el presidente Petro llegó al poder con la idea de “Paz total”, que como aspecto positivo —en la teoría— tiende ser más general, acude a más actores de la violencia y no un único, pero se ve opacada por los procesos que le anteceden y sus consecuencias no tan favorables. En estos años, ciertamente no ha cesado la violencia. ¿Sería la idea de Petro muy ambiciosa? ¿Le apostó al proceso de Paz de Santos y de nuevo fracasó? En 2023, según INDEPAZ, fueron 93 masacres; en 2024 hubo 76 y en lo corrido de 2025 van 23. En resumen, no hay paz total.
Las últimas muestras de violencia y falta de paz del actual gobierno sucedieron en el Catatumbo y otra a nivel nacional. La primera, una desafortunada muestra de una verdadera crisis humanitaria que no se tiene bajo control, que no se sabe ni sabrá manejar. La segunda, es una verdadera deshumanización, donde a policías y militares se les asesina como regresando al siglo pasado a épocas oscuras del país. Miembros de la seguridad pública son víctimas de un despiadado baño de sangre que pretende servir de retaliación de grupos armados ilegales por golpes acertados que la seguridad pública da a estos actores criminales. Es inaudito pensar que, ni siquiera quienes se suponen protectores de la población pueden estar a salvo, los ciudadanos comunes, como usted y yo, lo podamos estar.
Así, comenzando por un panorama nacional, no se ve venir la paz. Se nos escapa, o la ahuyentamos, no lo sé. Ni hablar internacionalmente, ahí la paz se ve imposible hoy día. Si bien en el 86 fue sencillo responder el cuestionamiento, señor Gossaín, no sabría responder a su pregunta actualmente, pues el cese de inseguridad parece más un problema que compete a cosas más profundas, como la moral —tanto de civiles como de políticos. La paz no se define por unos pocos en un tratado, o un pacto bilateral, la paz es tan individual como el gesto de cada quien, como la voz o como las memorias.
Decía Eleanor Roosevelt: “no basta con hablar de paz, hay que creer en ella”. Le creo a Roosevelt. Habría que creerle a Roosevelt.



