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Desnutridos literarios

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Juan Martín Cardona

Universidad Javeriana de Cali

Una sociedad de individuos libres e inteligentes no se puede construir bajo la soberanía de la inmediatez desmedida. Ya lo dijo Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio: “la hiperactividad y la hiperproducción conducen al colapso”.

Nos forjamos a contrarreloj, desde pequeños tragando entera la publicidad del hombre productivo ideal que en realidad es el idiota útil ideal dentro de una cotidianidad vertiginosa que nos acecha incluso cuando no hay luz. Siguiendo el camino al alba de la esclavitud autoimpuesta terminamos participando de ritos casi sectarios, en los que por medio de lecturas cargadas de consejos milagrosos se profesan términos que ya tenemos quemados, como: mentalidad de hierro, persona de alto valor, ser tu propio jefe, volverte famoso, etc.

Y no hay espacios para malentendidos, creo que todo hábito de lectura inculcado, sea el que sea, es positivo. Sin embargo, es inevitable que surja una duda a partir de este fenómeno. Esta tendencia que influye tanto en jóvenes como adultos parece restar importancia al tipo de material literario del que se alimentan las mentes en el mundo moderno. Así que cabe preguntarse: ¿esta sociedad se está empeñando en crear lectores o simples consumidores?

Un estudio realizado por la Cámara Colombiana del Libro del año pasado refleja que el setenta por ciento de libros más vendidos en el país hablan de una u otra forma de la superación, ya sea sobre cómo influir en las personas, atraer dinero o superar traumas. Y más allá de la razón económica con respecto al difícil acceso a un tratamiento psicológico profesional, esta evidencia trae a colación una cita del último integrante de aquel célebre Boom latinoamericano, Mario Vargas Llosa, que —como pegándole una cachetada a ese compañero endeble— afirma: “la literatura nutre el alma del pueblo”.

Así pues, el problema radica en que la gran mayoría de estos Best Sellers basan sus argumentos en el culto a la velocidad, en socializar e incluso divagar de manera más rápida y menos permisiva con nuestra conciencia: pensar menos y hacer más. Y dejan a un lado características primordiales de cualquier relato, como lo son una estructura firme, un arco dramático cautivador, un personaje enigmático, una figura satírica, un contraste social, etc.

Esta desnutrición literaria no es casualidad, sino, en cambio, es la consecuencia de privilegiar el rendimiento sobre la contemplación. Cuando abandonamos las grandes obras que confrontan al ser humano con su propia existencia y las sustituimos por manuales de instrucciones para "vivir mejor", estamos renunciando silenciosamente a nuestra última bala: la capacidad crítica.

Ahora es más fácil que una persona interesada en relación con adentrarse en el mundo de la literatura se deje llevar por todos estos títulos rimbombantes que se ofrecen ante nosotros como una lumbrera brillante y seductora dentro de un pantano espeso de caminos confusos, y que se remita al olvido la —ya difusa— ruta si se quiere académica, investigativa o simplemente curiosa que conduce aunque sea a coquetear con el brebaje exquisito de una buena historia.

ISSN: 3028-385X

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