Diario de un río


María José Ballén
Universidad Externado
Apenas su cuerpo de cervatillo irrumpió en la corriente dormida, supe que era Agustina y que estaba muerta. Me convencí de que se trataba de ella por su cabellera frondosa, la misma que yo había humedecido en su bautizo una madrugada de mayo, hacía ya 20 años, frente a su casita de bareque, sus dos tías y su abuela elefántica, arcaica y arrugada; la matriarca de una manada de mujeres a las que los hombres solo les habían servido para preñarlas. En el caso de Agustina, para matarla.
El impacto de su cuerpecito contra el agua perturbó la somnolencia de las montañas, sumidas en el ritual particular de los amaneceres, aquel que congelaba al mundo en un instante de sagrado silencio justo antes de dar el primer bostezo. El eco del golpe bailó por los cañones, espantó a una nutria y lanzó en desbandada a los buitres que esperaban sobre las copas de los árboles. No podía creer que fuera ella la que arrastraba por las curvas de mi cuerpo sinuoso; la Agustina minúscula que tanto me había defendido del rugido de la represa. Muy en mis profundidades, sabía que la habían matado por mí, así que le susurré mis disculpas mientras le enjuagaba la sangre del pecho. Luego la bañé como solían hacerlo sus tías a mi orilla: primero por los piecitos y de último la nariz.
Sentí a los demás desaparecidos, para el resto del mundo pero no para mí, celosos de Agustina. Surgieron de las profundidades para atormentarme con una retahíla incesante: “¿y mi casa?, ¿por qué no me has llevado tú a casa?”. Yo me sabía el nombre de todos mis fantasmas, tenía sus rostros grabados en mi reflejo y su memoria era un aullido legionario que los pobladores de la ribera confundían con el estruendo de la espuma contra las rocas. Por cuidar de Agustina esa mañana, olvidé arrullarlos para que se asentaran bajo la arena, y apenas las mujeres de los pueblos se asomaron sobre la superficie para estregar las prendas, vieron, en lugar del suyo, el reflejo ajeno de los espíritus que más rencor se guardaban.
Con Agustina desmayada de muerte en mis brazos, corrí por El Cauca, persiguiendo el recuerdo de su aldea de juguete. A mi paso dejé una estela de espanto en la cara de los campesinos madrugadores. También le pegué un buen susto a otros amanecidos con menos suerte, cuando atestiguaron la caravana de engendros que me perseguían cauce arriba: a los guerrilleros adormilados que asomaban la cabeza por fuera de las trincheras, al soldado en vela y al sigiloso, cazador paramilitar, que devastaba la selva con su machete. A todos, sin falta, deslumbré y dejé boquiabiertos.
Los lugareños dirían de esa noche que un embrujo descendió sobre el macizo colombiano. Para los indígenas Yanaconas sería, en cambio, la rebelión de los tapucos, las criaturitas subterráneas que se alimentaban del vapor de las comidas. Sin embargo, nadie sabría nunca que se había tratado de la revuelta de sus muertos, que me imploraban los devolviera a las orillas de sus orígenes, aunque yo solo me acordara del palo de lulo frente a la casita de Agustina. Duré años en búsqueda de este, y ella en mis aguas se hizo huesos, hasta que por fin lo vi bailando a la suerte de la ventisca. Me percaté de que a su lado se erigía una tumba y, junto a ella, la abuela de Agustina descansaba sobre una mecedora, abandonada a la misma furia que agitaba la hojarasca. Había envejecido siglos que nunca había vivido.
Me le acerqué por la orilla y deposité los huesitos de su nieta en la ensenada, sobre una cama de rocas. Lamí la tierra y se los ofrecí a la vieja con un empujón.
“¡Soledad, otro muerto llegó!”, gritó sobre el hombro la abuela de Agustina, entre la costumbre y un sexto sentido infalible. Quise hacerle ver que era su niña, que ese muerto sí le correspondía.
“¡Deja que se vaya, mamá!”, escuché a la hija que le sobrevivía responderle desde la casita de bareque. “¡Deja que vague tranquilo por donde el río lo lleve!”.



