Colombia debe librarse del “mal menor”

Juan Felipe González
Universidad del Rosario
Colombia, 2026. Los discursos circulan entre afectos y odios bajo una misma premisa: se respira un clima electoral. Se percibe al caminar por las calles capitalinas; en un trayecto corto por zonas concurridas, el transeúnte es interrumpido en su camino por al menos tres campañas políticas distintas. Entre propaganda, periódicos y volantes, la ciudad se inunda de papel que, inevitablemente, termina acumulado en los bolsillos o desechado, ya sea en las canecas o inundando el piso de Bogotá. Lo anterior se refuerza con la campaña mediática que aprovecha la ya existente adicción al internet como fuente de dopamina instantánea para hacer que cada colombiano, al menos al día, tenga una interacción personal o virtual recargada con un discurso político.
Nada de esto es inédito. En Colombia, el estándar del éxito político reside en el carisma weberiano y en la habilidad para mover masas descrita por Ortega y Gasset. Se busca un líder capaz de “tocar corazones”, alguien que movilice al pueblo a través de los afectos. Bajo esta lógica, se construye una simbología con la que el ciudadano se siente identificado, pero también se define un enemigo claro: esa idea de lo erróneo o perjudicial que, supuestamente, pone en jaque el futuro de la nación. Como consecuencia principal, se crean bandos y nos acostumbramos a vivir en un ambiente político polarizado.
Este ambiente polarizado se caracteriza por ser crudo y violento, por crear enemigos históricos que justifican conflictos y por hacer ideales políticos que se recitan como dogmas entre sus fieles. Además de esto, la polarización también crea discursos tan potentes que agreden directamente la democracia y la desconfiguran desde sus cimientos. Es así como llegamos al punto clave que quiero tocar en este escrito; debo hacerles una sugerencia.
Anteriormente, en este mismo espacio [https://www.revistaviapublica.com/edicion-trece/como-enfrentar-la-desinformacion-electoral-del-2026-sin-fallar-en-el-intento], tuve la oportunidad de hacer un llamado sobre cómo afrontar estas votaciones, advirtiendo sobre conceptos clave como la burbuja epistémica y la cámara de eco postulados de C Ti Nguyen. Sin embargo, la política colombiana parece tan degradada que uno podría redactar miles de sugerencias, pues existen miles de problemas nucleares que se ignoran diariamente y se conciben como normales, pero no se puede obviar e ignorar que el diablo está en los detalles, y es en estos detalles que se gesta el paradigma político de la sociedad colombiana.
Hoy debo hacer un llamado sobre el discurso que se ha normalizado entre los extremos políticos que se enfrentan en estos comicios. La estructura que utilizan es tan simple y recurrente que raya en lo genérico; no importa la ideología o la bandera que se ice, todos la emplean. Esta estrategia parece descargada de un código abierto, una plantilla prefabricada que se repite sin distinción de bando.
El primer paso es identificar al contrincante político: cuanto más personalizada sea la figura, mejor. Acto seguido, se sacan a relucir todas sus falencias; en este punto cabe cualquier cosa, desde escándalos de corrupción hasta polémicas mediáticas. Como se dice coloquialmente, se trata de 'sacarle los trapitos al sol'. Finalmente, el candidato se presenta a sí mismo como la única opción viable para erradicar los problemas, posicionándose como un aire fresco y necesario para el país. Populismo puro y duro, algo que no es nuevo en el país o en la región.
Sin embargo, he observado la adición de un paso extra que desborda cualquier límite ético o moral. Como la estrategia populista ya es veterana, se ha perfeccionado una forma de 'pilotarla' o contrarrestarla: el contraataque por fango. Se recurre a ensuciar al que me ensucia; devolver el golpe y que sea directo al hígado. Cuanto más sórdido sea el escándalo que se le impute al denunciante, mejor. Todo esto responde a un cálculo cínico: la oportunidad de posicionarse, ante los ojos del electorado, simplemente como el mal menor.
Ya son demasiados los discursos provenientes de políticos, medios (tradicionales y no tradicionales) y creadores de contenido político, que reducen el ejercicio democrático a la elección del 'mal menor'. Esta narrativa justifica el apoyo a figuras cuestionadas con la excusa de frenar a un adversario peor. Lo más peligroso es que este argumento otorga al ciudadano una falsa superioridad moral: le hace creer que está éticamente a salvo, pues percibe su voto no como una elección de principios, sino como un escudo necesario para la supervivencia del país. Hannah Arendt en su obra Responsabilidad personal bajo una dictadura, publicada en 1964, advertía los peligros de las decisiones tomadas con estos postulados: "Quienes escogen el mal menor olvidan con gran rapidez que están escogiendo el mal".
Si bien este discurso es altamente irresponsable y perjudicial para la democracia, carece de solidez argumentativa; basta con identificarlo para neutralizar su manipulación. Argumentativamente, estos mensajes se estructuran sobre la falacia del mal menor, un sofisma que justifica acciones inmorales bajo el pretexto de evitar un mal superior. Su peligro radica en que normaliza el daño, reduce falsamente el espectro político a dos alternativas negativas y elude la responsabilidad ética. Al final, este mecanismo anula la agencia del votante, desconectándolo moralmente y arrebatándole la capacidad de buscar, o incluso construir, una opción que no sea intrínsecamente mala.
Mi intención es que el lector reconozca la trampa detrás de quien justifica lo mediocre. Cuando un político, medio o influencer condicione su voto por el 'menos peor' para frenar un desastre inminente, entienda que lo están tratando como un sujeto incapaz de decidir por convicción. Esta narrativa le roba su autonomía y lo desconecta de su capacidad de impacto. No acepte la falsa premisa de que vivimos en un callejón sin salida; la posibilidad de una opción digna no es una utopía, sino una alternativa que estos discursos intentan invisibilizar.
Por último —aunque ignoro si estas palabras tendrán un impacto real—, siento el deber de intentarlo. A los políticos, medios de comunicación e influencers: sigan ejerciendo su derecho a la libre expresión, pues es uno de los grandes dinamizadores de una democracia sana. Sin embargo, les ruego que lo hagan con responsabilidad. Dejen de utilizar argumentos abiertamente falaces y, sobre todo, dejen de ver al votante como un objeto de manipulación. El ciudadano no es un peón; es un agente al que se debe convencer únicamente con argumentos de primer nivel.
