Dios S.A.: El imperio celestial y su franquicia de redención

Collage: María Fernanda Avellaneda

María Fernanda Avellaneda
Corporación Universitaria Minuto de Dios
El poder no se limita a colonizar cuerpos y territorios; invade también el inconsciente, sembrando allí las semillas de la fe ciega y la culpa, cadenas invisibles pero irrompibles. En este gran teatro divino, el Vaticano se erige como una sucursal más del capitalismo global, un auténtico McDonald 's espiritual donde el dólar es el verdadero dios y la culpa, el producto estrella del menú celestial. Las bendiciones se venden al peso, las indulgencias se subastan al mejor postor, y el pecado, astutamente, se presenta como un artículo perpetuo y renovable, una inagotable fuente de ingresos.
Los clérigos, figuras desdibujadas por el dogma o perdidas bajo capas de oro y púrpura, carecen de identidad individual; no son hombres, sino simples engranajes de una maquinaria bien aceitada. Su misión no es guiar almas perdidas, sino asegurar que el flujo de capital se mantenga constante e ininterrumpido. Sus plegarias no se dirigen a un dios misericordioso, sino que resuenan como mantras financieros, invocando balances positivos y resultados favorables al final de cada misa. Mientras predican sobre la gloria del reino de los cielos, sus manos se deslizan con destreza hacia las arcas terrenales, demostrando que, en este mercado divino, hasta la salvación tiene un precio.
El pueblo, sumiso y obediente, contempla este espectáculo, consumiendo una espiritualidad enlatada, prefabricada, que promete redención a cambio de su libertad. Acepta dócilmente las órdenes de un dios que no es más que una invención humana: una figura omnipotente que observa desde lo alto, castiga con severidad y exige devoción absoluta, pero que, curiosamente, nunca se digna a explicar sus inexplicables caprichos. Un dios cuya principal habilidad no reside en obrar milagros, sino en la sutil manipulación, en la perversa capacidad de convencer a sus seguidores de que la pobreza es una virtud admirable, el sufrimiento una nobleza inherente y la obediencia ciega el único camino hacia el paraíso. Porque, ¿quién se atrevería a cuestionar cuando se le promete la gloria eterna a cambio de soportar con resignación el yugo del presente?
Este dios opresor, amo invisible del inconsciente colectivo, opera bajo un sistema de mandatos incuestionables, grabados a fuego en las mentes de sus feligreses: "No desees", "No cuestiones", "Ama a tu opresor", "Acepta tu cruz". Y nosotros, como siervos obedientes, cumplimos al pie de la letra.
Nos doblegamos ante imposiciones que se disfrazan de divinos mandamientos, pero que no son más que instrumentos de control político y social. Porque este dios, lejos de liberarnos, nos ata con la falaz promesa de una redención futura, mientras nos roba el presente, el único tiempo que realmente nos pertenece.
La paradoja es flagrante: este dios exige un amor incondicional, pero su lenguaje predilecto es el del miedo. "Temed mi ira", "Arrepentíos o arderéis en el infierno". ¿Cómo no reírse ante tal contradicción, ante esta tiranía disfrazada de bondad suprema? Y, sin embargo, nos aferramos a él con desesperación, porque resulta mucho más sencillo culpar a un ser superior de nuestras desgracias que asumir la responsabilidad que nos corresponde.
Es imposible ignorar las raíces históricas de esta compleja narrativa. Bajo el estandarte de la cruz, se perpetraron masacres de culturas enteras, se exterminaron dioses ancestrales y se reemplazaron rituales milenarios, llenos de sabiduría ancestral, con rezos repetidos como monótonos mantras de sometimiento. Los conquistadores no solo se conformaron con robar tierras y riquezas materiales; saquearon también el inconsciente colectivo, transformando a las víctimas en cómplices involuntarios de su propia opresión. La cruz no fue simplemente un símbolo de fe; fue una poderosa herramienta de dominación que redujo lo diverso a lo uniforme, lo libre a lo esclavo, lo sagrado a lo profano.
Hoy en día, el poder ya no necesita espadas ni ejércitos, porque el inconsciente continúa sometido. Seguimos aceptando, con una pasividad alarmante, un sistema en el que las instituciones heredadas de aquel saqueo inicial operan como gigantescas corporaciones multinacionales, con sus complejas jerarquías, sus poderosas marcas y sus estudiadas estrategias de mercado. El dios que antes se imponía a sangre y fuego ahora nos encadena con la culpa lacerante y la doctrina inamovible. Y lo peor de todo es que lo aceptamos, porque hemos internalizado la falaz idea de que la libertad espiritual necesita de intermediarios: altares de cartón, dólares consagrados y sermones que prometen el oro y el moro, pero que exigen, a cambio, aún más.
Descolonizar el inconsciente, como lúcidamente propone Suely Rolnik, no es simplemente un acto de resistencia; es un poderoso grito de libertad. Significa desmantelar este circo divino y recuperar aquello que nos fue arrebatado con violencia. Significa comprender, de una vez por todas, que la verdadera espiritualidad no necesita de un amo ni de un manual de instrucciones preestablecido, porque su esencia reside en la conexión profunda con uno mismo y con el universo, no en la imposición externa.
El dios que nos encadena no es más que un reflejo distorsionado de nuestra propia necesidad humana de control, de encontrar un sentido a nuestra existencia, de sentirnos parte de algo más grande. Tal vez sea el momento de romper ese espejo deformante y mirar más allá, de aceptar, con valentía, que la verdadera libertad espiritual no llega de la mano de mandatos divinos ni de promesas vacías de redención, sino de la audacia de asumir nuestra humanidad en toda su compleja e imperfecta totalidad. Porque, quizás, el único milagro real no sea el obsceno incremento del patrimonio de la iglesia, sino que, a pesar de todo, todavía existan seres humanos que se atrevan a cuestionar, a dudar, a buscar su propia verdad.



