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Donde la brisa no llega

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Foto: El Sol
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Salomón Salazar de la Rosa

Saint Leo University (Florida, USA)

Qué tan afrentoso puede ser para un barranquillero el que un cachaco, para bien o para mal, opine sobre su tierra. Cómo —pensará, alegará, se comerá las eses— un cachaco, tan insulso, tan predecible, con su cantadito al hablar, su escasa destreza en las artes del baile y sus mocasines con medias, podrá describir tanta riqueza cultural y gastronómica. Ya advertido, con perdón de Marvel, de Gossaín, de Álvaro Cepeda, laureo, alabo, retrato (¿ofendo?) a ‘La Puerta de Oro’ de Colombia, la ‘Miami’ criolla, la barranca que alguna vez fue chiquita.

 

Barranquilla, no distinta a otros lugares del país, sufre de contrastes que parecen dividir la ciudad en dos. Tan rica como pobre. Tan ilustre como analfabeta. Tan alegre como desdichada. No por ello hay que opacar el crecimiento agigantado que ha tenido en la última década; merece, por el contrario, ser aclamada por salir de la sombra de Santa Marta y Cartagena y por hacerse con una imagen que ya no recuerda al carnaval ni a los arroyos apocalípticos. Tan buen nombre ha ganado que los rolos que tanto la desdeñaban, que la trataban de chiquero y de pueblo, en busca de que se les regule la presión y se les calienten los huesos, llegan hoy a sus tierras huyendo afanosos de Bogotá.

 

En la entrada de Ríos de Agua Viva, una urbanización entre los límites imaginarios de Soledad y Barranquilla, hay una cofradía de mototaxistas a la espera de clientes, paralizada por el calor sahariano del mediodía. Hablan en monosílabas. Ríen. Bostezan. Palmean los cascos.

—¿Moto, cacha? —me dice uno luego de oliscarme con la mirada. Le pico un ojo y muestro un pulgar.

 

Más adelante, en el andén y sobre una mesa de madera, posan en vitrina unos fritos: papas rellenas, empanadas, deditos de queso. Sentada en un butaco, blusa de tiras, bermuda y chanclas, la encargada mira el celular y levanta la cabeza sólo cuando alguien se acerca o pregunta los precios. En diagonal, un estadero sencillo con un par de mesas. Suena una salsa brava, bravísima, de timbal infatigable. Corren, saltan, gritan por la calle, descalzos y en pantaloneta, cuatro niños; descalzos sobre una calle sin pavimento que arde como una plancha caliente. Pasa junto a ellos una señora con una blusa recatada y una falda larga; hay una iglesia no a más de dos calles. El sol sigue impiadoso. Ahora suena una champeta africana, en lingala o suajili.

 

El dueño de una de las cuatro tiendas es santandereano. Va con ritmo maratónico de lado a lado, de las verduras a los granos, de los panes a las gaseosas, del queso a los helados; lleva una camisilla blanca percudida, aunque más percudida que blanca. Le corren por los brazos, por la frente, por el cuello, por la cien, una, dos, tres gotas de sudor las cuales borra pasando el antebrazo o la palma o los nudillos. Habla poco. Apenas saluda. Con maña fabril, haciendo cuentas en la cabeza, escuchando a quienes van llegando, empaca en bolsas hasta llenarlas, las anuda y las despacha.

 

Son modestas las casas, unas más grandes que otras, unas aún en construcción: la mayoría blancas y enrejadas. En las calles pocos carros y muchas motos. En las calles varios postes y varios árboles. De poste a poste y entre los árboles, caen como lianas los cables de luz. Bajo el sol, bajo los cables, bajos los árboles, con una carretilla, barítono y acompasado, vendiendo yucas y guineos y aguacates pasa un señor con sombrero y mangas en los brazos. Desde las casas lo llaman y le chiflan: que si no hay plátano, que están feos los aguacates, que tres en cuánto, que pase mañana.

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Foto: Linda E. Aragon

De camino al norte, en un bus, suena un vallenato. Va poca gente. El trayecto es casi de una hora. Tras una parada, se sube con una canasta una vendedora de cuarenta y tantos años: salta y vuela sobre el sensor de pasajeros como una gimnasta olímpica. No tarda en recitar su monólogo. Lleva maníes, rosquitas, galletas; entrega a cada pasajero un paquete hasta llegar a la última fila. Regresa y elogia los maníes, adula las rosquitas, encumbra las galletas. Hace la ronda de nuevo: nadie le compra pero se lleva un puñado de monedas. Vuelve a su escenario y antes de irse pide un aplauso para Dios: casi todos aplauden; casi todos la ven realizar su pirueta y con un chascarrillo se despide del conductor.

 

Hay frente al Buenavista, centro comercial más importante de la ciudad, una plaza de dos pisos con cafés, restaurantes y discotecas. Alrededor, palmeras, edificios aristocráticos; en las calles, sus aristócratas y sus carros y camionetas blancas que combinan con el clima. Entran jóvenes a comer, a beber, a mirar, a tomarse fotos, relamidos y ardiendo en perfume, con mocasines, bermudas, camisas, blusas que desvisten cinturas y ombligos, pantalones cortos de los que nacen muslos turgentes, sandalias que cercan pies arreglados, pulidos, de uñas rojas, caquis, lilas.

 

A eso de las cinco el sol se acalora y comienza a esconderse. Llega más gente. Llega más gente a comer, a beber, a mirar, a tomarse fotos. ¿No tienes mesa adentro?, ¿no? Pero acá afuera está fresquito, ¿Y al lado qué venden? Nombe no; yo quiero otra cosa, como una pizza, ¿Ajá y entonces?, ¿aquí o allá? Piden, aspirando las eses con elegancia isabelina, alardeando de su inglés, no fritos, no cayeye, no yuca con bofe: ensaladas césar, steaks pimienta, croissants, macchiatos, risottos.

 

Anochece y las tiendas del centro comercial empiezan a cerrar. Corre de a poco y a ratos una brisa fresca que transforma la ciudad de un campo tórrido a un campo edénico; hacia las esquinas a esperar el bus, corren también, pero menos, o trotan, o caminan, presurosos o agotados, cajeros, vendedores, cocineras, señoras del aseo. Hay en la parada un par de taxistas: preguntan a quien pasa para dónde va, serios, detectivescos. Negocian. Ofrecen como en una subasta. Pero muchos llevan solo lo del pasaje. Al tiempo que bambolean la mano para detener el bus, se enfundan —sobre todo las señoras— el celular dentro de la ropa interior; demuestra a la par el conductor su destreza matemática al recibir billete tras billete y devolver moneda tras moneda sin error alguno, sin apartar la vista del frente ni la mano del volante.

 

El trayecto será de casi una hora. Cuando bajen, caminando se cruzarán con un puesto de fritos o comidas rápidas; de fondo oirán algún chisme que entre rejas comparten dos vecinas, junto con alguna de Tito Rojas o Eddie Santiago. Pasarán si hace falta por la tienda del cachaco a comprar un pan de quinientos o una gaseosa; y luego de no muchos pasos por fin habrán llegado a su casa modesta, enrejada, quizá blanca: si asoman la cabeza verán pocos carros y muchas motos, varios postes y varios árboles. ¿Ajá, cómo te fue? Bien mami, bien, ¿ya comieron los pelaos? No, te estaban esperando, ¡Esta calor me tiene aburrida!... Ah pue, como si acá hiciera frío.

ISSN: 3028-385X

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