Monte Gólgota

Joshua D. Cruz
Universidad del Norte
Usar una metáfora cristiana siendo ateo es como un preso que odia sus cadenas, pero teme la libertad; como un exfumador que aún guarda un encendedor en el bolsillo: renunció al humo, pero no a la necesidad de buscar fuego, de encender su soledad. Hay negaciones que no borran, solo esconden lo que aún arde bajo la piel. Y entre el creer y el negar, el alma se parte, pero también se revela.
La ironía no solo es contradicción; es paradoja y, al mismo tiempo, rebelión. De tener nombres bíblicos, pero dudar de los cielos. De llevar en el registro una “cruz”, pero cargar la suya en silencio. De rezar sin fe: por costumbre o por miedo. De buscar en la razón lo que solo el alma puede entender.
Y quizá ahí, en esa paradoja que nos habita, empieza la verdadera fe: no la que promete respuestas ni paraísos, sino la que soporta el peso de las preguntas y, también, el peso de la vida. Todos cargamos una cruz, aunque la llamemos de otro modo. No siempre pesa en los hombros; a veces se hunde en el pecho, o se arrastra detrás de nosotros como una sombra que susurra, y al mismo tiempo, suprime. Vivir también es doler, y doler, muchas veces, es seguir creyendo que algo en nosotros puede sanar, resucitar.
Puede que sea por aquellos látigos vitales con los que la vida nos bautiza con nuestra propia sangre. Por circunstancias que, más que ser hechos, son mensajes que pavimentan nuestro camino con clavos y vidrios rotos hacia nuestro propio destino. Que nos hacen sangrar y, posteriormente, cicatrizar. Aquel destino que se empieza cargando una cruz y se termina en el Gólgota.
Toda cruz adopta su propio rostro. No siempre es castigo ni penitencia: a veces es el recordatorio de que estamos vivos. Las enfermedades nos devuelven a la fragilidad; los amores perdidos nos expulsan del Edén que alguna vez habitamos; las rutinas nos prueban la paciencia; las pérdidas nos enseñan el valor del tiempo; los vicios, la trampa de confundir placer con consuelo; y el pasado, esa sombra persistente, nos recuerda que incluso lo que ya no existe sigue teniendo forma en nosotros.
Cada herida revela una lección distinta, una manera de morir un poco y resucitar de otra forma. Quizá, después de todo, no cargamos la cruz: ella nos moldea.
Cada cicatriz se convierte en mapa. Cada lágrima, en río que limpia. Los clavos abren la carne, pero también dejan entrar la luz. Tal vez la vida solo bautiza a quienes son capaces de renacer de su propio dolor, con el alma más templada que antes, menos inocente, pero más sabia.
Todos los días son una peregrinación hacia nuestro propio Gólgota. Subimos despacio, con la espalda encorvada por la nostalgia o el miedo. Las manos sangran, no por los clavos, sino por los intentos fallidos de soltar lo que amamos. Y, sin embargo, seguimos. Porque algo dentro —una chispa obstinada, un resto de esperanza o de instinto— se niega a caer del todo. Nos empuja, incluso cuando el alma ya se siente derrotada.
Y llega la noche. La caída. El momento en que ya no hay plegarias ni promesas que sirvan. Cuando la luz lunar refleja la ventana, la fría noche se cuela por las paredes y la sensación de “morir” se despierta mientras las otras duermen.
Morir no siempre es dejar de respirar, pudrirse bajo tierra o ser convertido en cenizas; a veces es quedarse quieto, vacío, suspendido entre lo que fuimos y lo que no volveremos a ser. Pero incluso en esa tumba interior, la vida tiene la costumbre de filtrarse por las grietas. Un hilo de luz atraviesa la oscuridad, y algo en nosotros —aunque apenas sea un suspiro— decide renacer.
Nadie vuelve igual del Gólgota. Lo que un día nos crucificó, después nos enseña a sostener. La cruz no desaparece, pero deja de ser castigo: se vuelve compañía, memoria y destino. Y así, entre el peso y la luz, comprendemos que después de cada muerte —por pequeña que sea— siempre hay un amanecer esperándonos al final del camino.
Porque incluso el ateo que rehúye las metáforas sagradas termina comprendiendo que la fe —esa chispa sin nombre— no necesita cielo, solo oscuridad suficiente para encenderse.
