El estadista que necesita Colombia

Sebastián Guzmán Muñoz
Universidad del Rosario
En tiempos de incertidumbre, el liderazgo se convierte en el eje fundamental sobre el cual giran las transformaciones de una nación. Cierro estos días la lectura de Liderazgo, del profesor Kissinger, un extraordinario estudio sobre seis líderes que marcaron el rumbo de sus países y del mundo: Konrad Adenauer, Charles de Gaulle, Richard Nixon, Anwar Sadat, Lee Kuan Yew y Margaret Thatcher. En alrededor de 500 páginas, Kissinger, uno de los diplomáticos más legendarios de Estados Unidos, encuentra el alma del arte de gobernar en estos relatos. La combinación perfecta entre visión, pragmatismo y carácter, son parte fundamental en la construcción de un estadista. Y, sin embargo, al traerlo a nuestro plano, surge una pregunta ineludible y con urgencia: ¿dónde están los estadistas que Colombia necesita?
Hemos vivido dos años y medio plagados de improvisación y polarización en la Casa de Nariño, contrario a un proyecto común a largo plazo. Mientras Kissinger destaca cómo Adenauer reconstruyó a Alemania, después de dos guerras mundiales, sobre los cimientos de la reconciliación, o cómo Lee Kuan Yew transformó a Singapur en una potencia global con la política de la excelencia, disciplina y planificación, por el lado de Colombia seguimos atrapados en debates estériles y liderazgos efímeros que priorizan la inmediatez sobre la estrategia. Ya se volvió costumbre que los gobiernos, y en particular el actual, nos lleven de crisis en crisis en lugar de construir futuro, liderazgos que solo dividen en vez de unir. La política colombiana se volvió una trinchera, donde el objetivo es acabar con el adversario en la arena mediática antes que resolver los problemas fundamentales del país.
Un estadista, como los que estudia el profesor Kissinger, no es un líder coyuntural que genera problemas a las tres de la mañana, o los soluciona con discursos incendiarios o promesas fugaces. Es, ante todo, un hombre de Estado, alguien que atiende el momento histórico, que gobierna con una mirada puesta en un porvenir claro y que toma las decisiones difíciles por el bienestar común. Los hombres de Estado se preparan para dirigir, conocen la estructura, se rodean de expertos y en sus palabras la sensatez es la guía. No son la improvisación, el odio y la terquedad las que comandan el barco; al contrario, es la preparación, la unidad y la flexibilidad. En Colombia, esta figura parece haberse desdibujado con los años. La política se ha reducido a un espectáculo donde reina la demagogia y donde cualquier intento de liderazgo serio es atacado sin tregua, ya sea por intereses electorales, políticos, mediáticos o económicos.
Es fundamental replantearnos no solo el tipo de liderazgo que exigimos como colombianos, sino el modelo de sociedad que estamos construyendo. ¿Usted ya sabe por quién va a votar para la presidencia en 2026? Evidentemente no, pero se ha preguntado cuál es esa hoja de ruta que para usted debe tener el próximo presidente. En mi caso, tengo tres pilares fundamentales para quien tendrá mi voto en unos cuantos meses: recuperar nuevamente la seguridad del país, poner el Estado a funcionar otra vez -finalmente los recursos están para ser ejecutados e invertidos en el pueblo colombiano- y gobernar para los 50 millones de colombianos, no solo para sus simpatizantes. La baraja es amplia, pero si como ciudadanos no nos preguntamos qué queremos, el voto seguirá siendo de emoción y no de razón.
No basta con señalar la ausencia de estadistas; es necesario preguntarnos si como país estamos dispuestos a reconocerlos, respaldarlos y permitir que lideren con la altura que la coyuntura exige. La grandeza de una nación no se mide solo por su economía o su estabilidad política, sino por la capacidad de su liderazgo para inspirar, transformar y trascender. Colombia necesita estadistas, pero más aún, necesita ciudadanos que comprendan la importancia de elegirlos, defenderlos y permitirles construir un país con visión y propósito.



