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El galán de la seguridad democrática

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Francisco Farfán

Universidad Pedagógica Nacional

En la inagotable telenovela macondiana que es la República de Colombia, los fantasmas de un pasado doloroso vuelven a desplegarse con fuerza, trayendo antañas formas de represión que han marcado generaciones enteras de jóvenes. Hoy la historia se repite implacablemente, reviviendo sistemas opresivos que sofocan cualquier intento de cambio social y cultural en la “Colombia humana”. Dos nuevas víctimas: Camilo Sánchez (Mc-Cub) y Camila Ospina, líderes barriales que el pasado jueves 15 de agosto se convirtieron en flores ahorcadas debido al simple hecho de luchar por un espacio cultural: "El Bicho", en la sede de Porvenir – Bosa de la Universidad Distrital.

 

Este crimen no es algo aislado. Es una costra más de la larga cicatriz de violencia en Colombia, donde quienes buscan reinterpretar la sociedad a través de la cultura, la educación y la organización comunitaria son vistos como una amenaza. Estas flores ahorcadas no solo buscaban recuperar un espacio físico, sino poder germinar un sentido de pertenencia, resistencia y transformación colectiva en un contexto marcado por la exclusión social. 

 

Esta lucha fue respondida con la brutalidad propia de la necropolítica, ejercida por unas "fuerzas positivas" que, bajo el manto de una visibilidad democrática, operan con total impunidad en las sombras. Frente a ello, el galán de telenovela que tenemos como alcalde (quién sabe si en realidad trabaja) parece estar más preocupado por cumplir su magna promesa de inaugurar la infame y cuestionada primera línea del metro elevado, y, también, extender los dominios del Transmilenio. Todo esto a costa de la vida, integridad, espíritu y hasta el alma misma de la sociedad bogotana.

 

Qué irónica y cruel puede ser la vida. En la misma semana en que se conmemoraba un cuarto de siglo del magnicidio de Jaime Garzón, dos jóvenes cayeron víctimas de la misma maquinaria de violencia que lo silenció. Como si el país no hubiera aprendido nada, el ciclo de represión y muerte sigue intacto, cobrando nuevas vidas que, al igual que Garzón, luchaban por un cambio.

 

En días como los que vivimos, el gobierno distrital ha optado por permanecer inmóvil, incapaz, impotente, o tal vez desinteresado de reconocer y confrontar las dinámicas de poder que permiten que tales atrocidades ocurran. Con esto, así como lo replica aquella canción (“Yo quiero pegar un grito vagabundo…”) quiero pegar una escritura vagabunda ante la indiferencia oficial de esta omisión, de esta complicidad no reconocida que sostiene un sistema en el que las voces de cambio son selectivamente ahorcadas. Sin embargo, sus ideas y sus luchas no pueden ser erradicadas tan fácilmente. 

 

Para concluir, traigo a colación una pregunta que aparece en el libro “Cartas de ceniza” de Javier Osuna (el cual recomiendo): ¿Por qué se normalizó la locura? Es curioso, pero alguna huevonada queda.

 

¡Bogotá camina segura! (NO, PARA - NADA)

¡Pura vida!

ISSN: 3028-385X

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