El país que se derrite

Foto: Travelgrafía

Sebastián Guzmán Muñoz
Universidad del Rosario
“No basta con pasear los lugares, hay que pensarlos.” Leí esa frase hace unos meses en una columna de Irene Vallejo para el diario El País de España, y desde entonces la llevo conmigo como quien guarda una piedra en el bolsillo: pequeña, pero con peso. La usé como brújula —más emocional que geográfica— cuando emprendí un viaje a la Sierra Nevada del Cocuy. Lo que encontré allá no solo fue un paisaje: fue una pregunta, o varias, para ser más exacto.
Aclaro desde ya: no soy periodista, ni mucho menos escritor o cronista. Respeto profundamente a quienes tienen el don de disparar desde la pluma palabras e ideas que atraviesan. Aquí yace un intento de crónica que no pretende ser más que eso: un testimonio, un grito de auxilio de un humanista que se niega a la resignación. Un eco imperfecto del país del realismo mágico, donde la belleza se mezcla con la tristeza, y la naturaleza habla en un idioma que, quizás por arrogancia, hemos olvidado.
El Cocuy se alza como un monumento a la resistencia. Una cordillera que desafía el paso del tiempo y el descuido humano. Desde abajo, la montaña se impone con una dignidad serena, como si supiera que su belleza no necesita adornos. Y aún así, se deshace. Se derrite. Lentamente. Sin gritos. Como lloran los sabios: en silencio.
Caminé sus senderos con la reverencia de quien no solo observa, sino escucha. Porque allá arriba, cuando el viento sopla y el sol golpea sin compasión, uno entiende que no hay espacio para la indiferencia. Cada paso en ese terreno es un acto de responsabilidad. Las huellas no se borran tan fácil cuando el ecosistema es tan frágil.
El glaciar, ese que alguna vez fue eterno en la memoria de los locales, ahora es apenas un suspiro blanco. Un vestigio de algo que fue. Me lo dijo uno de los guías con una mezcla de orgullo y dolor: “Esto que usted ve no será igual la próxima vez que venga.” Lo dicen cada ocho días, casi como un mantra trágico: el hielo retrocede. El Cocuy no solo se derrite en la geografía: se derrite en el alma de quienes lo aman.

Foto: Ecoglobal Expeditions
Ahí entendí algo que nunca había sentido tan de cerca: la naturaleza no está para servirnos de fondo. No es un decorado para nuestras selfies, ni un parque de diversiones donde uno va, consume y se va. Es un organismo vivo, lleno de memorias, de heridas, de reclamos. Y nos pide —no con rabia, sino con urgencia— que cambiemos.
Pensar los lugares también es preguntarse cuánto tiempo nos queda para seguir visitándolos. ¿Cuántas generaciones más podrán ver este hielo? ¿Cuántos viajeros más podrán mirar hacia esas cumbres y sentir esa mezcla de vértigo y asombro? No muchas, si seguimos viviendo como vivimos: rápido, desconectados e insaciables.
Y pensar también es asumir una ética del cuidado. No solo de la naturaleza, sino de quienes la habitan, la conocen y la sienten parte de su historia. En los pueblos que rodean el parque, en sus escuelas pequeñas, en las voces quebradas de los campesinos, hay una sabiduría que no aparece en los libros ni en los informes climáticos. Son ellos quienes ven morir el glaciar centímetro a centímetro. Son ellos quienes, sin grandes titulares, luchan contra el olvido.
En medio de esta tragedia que avanza en cámara lenta, hay luces. Son pequeñas, pero persistentes. Las comunidades que habitan cerca del parque no se rinden. Cuidan, enseñan, resisten. Los guías, los campesinos, los indígenas: todos, con las manos curtidas por el frío, le ponen el cuerpo a una tarea que parece imposible: preservar.
Uno de los guías —de esos que saben más de geografía emocional que cualquier GPS— me dijo, mientras mirábamos la cima lejana: “Aquí uno aprende a llorar por cosas que la mayoría no ve. El hielo que se va es como un abuelo que ya no puede hablar”. Esa frase me acompañó el resto del viaje. Porque eso es lo que está pasando: estamos perdiendo la memoria viva de un país que no terminamos de conocer.

Foto: Colombia.travel
Y ahí también pensé en Colombia. En este país que arde y se inunda. Que sangra y florece. Que duele y maravilla. Esta tierra con todos los paisajes del mundo, pero que a veces parece no tener futuro. Un país golpeado, fracturado, que parece condenado al olvido. Así es también la Sierra: hermosa y frágil, resiliente pero vulnerable. El Cocuy es Colombia. Es esa mezcla de esperanza y derrota. De potencia natural y abandono institucional. Es símbolo de todo lo que somos capaces de destruir, pero también de todo lo que aún podemos salvar si dejamos de mirar para otro lado.
Colombia, como El Cocuy, parece vivir en una paradoja: tan rica, tan bella, tan diversa, pero al mismo tiempo tan cerca del colapso. Un país que, como su Sierra, se derrite. Que se nos va por entre los dedos mientras discutimos otras cosas. Mientras damos la espalda a lo urgente. Mientras confundimos desarrollo con destrucción, turismo con consumo, avance con olvido.
Tal vez esta crónica no diga nada nuevo. Tal vez solo sea una forma de desahogo. Pero creo que hay algo valioso en contar lo que se siente cuando uno se enfrenta a una montaña que se está muriendo. Porque si dejamos que se derrita sin decir nada, también se nos va una parte de lo que nos hace humanos. También se nos va el país.
Volví con una mezcla de esperanza y desconsuelo. Esperanza por la gente que sigue luchando allá arriba. Desconsuelo por saber que, quizás, no estamos haciendo lo suficiente. Prometí volver. No solo para ver qué queda, sino para seguir pensando este lugar. Para seguir defendiéndolo. Para que no se convierta en un recuerdo, sino en una historia que aún podemos contar en presente.
Pensar los lugares es también pensarnos a nosotros mismos. Porque la forma en que tratamos a la Tierra dice mucho de quiénes somos y en qué creemos. El Cocuy me recordó que no todo está perdido, pero que el reloj no perdona. Y que mientras algunos miran hacia otro lado, hay montañas enteras que, sin hacer ruido, se nos están yendo.
Y quizás, con ellas, se nos va también el alma del país. Un alma que, como los glaciares, solo se conserva si se cuida. Y si se ama.



