El Tequendama, entre la belleza y la muerte

Foto: AFP

María José Aranguren
Universidad del Rosario
A eso de la una y media de la madrugada, mientras la ciudad dormía ajena a los designios del destino, el Salto del Tequendama, acostumbrado ya a los dramas humanos que por décadas habían buscado en sus profundidades un refugio final, observaba, sin inmutarse, el carro rojo que avanzaba decidido hacia el abismo. Dentro, una figura de abatido semblante pisaba firmemente el acelerador, mientras su mirada ausente, perdida en la negrura que se desplegaba más allá del horizonte, pareció encontrar en aquel último impulso una resolución tan inevitable como el curso del agua que rugía bajo él.
Las razones detrás de aquella última carrera permanecen envueltas en el misterio, como si el propio Salto hubiera sepultado los fragmentos de la historia, imposibilitando cualquier intento de reconstrucción. No queda más remedio que la conjetura. Hay quienes rumorean que fue una cuestión de desamor lo que lo llevó a ese punto; que su corazón roto, incapaz de soportar el peso de la pérdida, buscó en la caída una manera de borrar la angustia que lo consumía. Otros insinuaron que no estaba solo, que aquella silueta en el asiento del copiloto no era otra que su amante, tal vez la causa misma de su desesperación o el único consuelo que había decidido llevar consigo al borde del precipicio. Es posible, también, que mucho antes de aquella fatídica madrugada, la pesadumbre ya hubiera comenzado a erosionar su espíritu con una persistencia inquebrantable. Quizás, para él, la verdadera caída había comenzado mucho antes de que sus manos tocaran el timón por última vez. Y al final, no fuera la velocidad lo que definiera su destino, sino el peso del abismo que ya llevaba dentro.

Foto: Civitatis
Cuando el hombre se enfrenta por primera vez a la vastedad del Salto del Tequendama, una mezcla de asombro y vértigo invade sus sentidos. Desde las sierras que coronan el alba, las aguas del río Bogotá corren gigantes, serpenteando por los valles y montañas de Cundinamarca, como si supieran que al llegar al borde su arrogancia se verá castigada. Sus corrientes se aceleran al encontrarse con los abruptos bordes de la cordillera y el agua se precipita desde imponente altura, en un desplome atronador de cristales diáfanos que caen sobre la hondura que se transforma en lago.
El torrente de agua cae con tal fuerza que parece capaz de desdibujar el contorno de las piedras ocre cenizo por las que atraviesa y de desplomar el cielo mismo en halos de espuma y vapor. El estruendo del Salto y el vaivén de sus aguas, prisioneras de sí mismas, producen la melodía de una orquesta de palos de lluvia, cada gota cayendo en perfecta sincronía con la fricción de la gélida corriente de aire soachuna, mientras un manto de follaje verde y bruma cubre el paisaje con una atmósfera etérea y sobrecogedora.
Frente a esa gigantesca muralla de agua, el hombre se ve confrontado con la inconmensurabilidad de la naturaleza. En aquel instante es posible percibir las fuerzas implacables que la gobiernan, fuerzas que operan con una indiferencia indomable hacia la fragilidad humana. Es como si la naturaleza, en su misteriosa grandeza, se complaciera por haber alcanzado un equilibrio perfecto entre la majestad y la belleza, fusionándolas con el terror y la inquietud, para crear una de sus más grandiosas y sobrecogedoras obras maestras.

Foto: Portavoz Digital
Cuenta la leyenda muisca que el dios Bochica, venerado por su sabiduría y habilidades, descendió a la tierra tras un período de devastadoras inundaciones. Con su vara de oro, abrió paso en la sierra de Bogotá para que las aguas fluyeran libremente, concibiendo así el Salto. Tras esta monumental fractura, no quedó más remedio que darle el nombre de Tequendama, que en lengua chibcha significa "puerta abierta" o “partido en dos", tal como se descubre el imponente hueco que Bochica dejó en Soacha.
Siglos después, hombres de ciencia como von Humboldt, Mutis y Francisco José de Caldas, quienes se aventuraron a medir la insondable profundidad de su caída y desentrañar los secretos de las especies que lo habitaban, quedaron maravillados ante la imponente majestuosidad de la cascada, al punto de que podrían haberla proclamado la octava maravilla del mundo. Se dice que el mismo Simón Bolívar, en una de sus tantas travesías, lanzó un discurso desde la orilla, cuyas palabras fueron inspiradas por la grandeza indómita del paisaje, que parecía reflejar el espíritu de libertad que anhelaba para su patria. Incluso, el expresidente Pedro Nel Ospina, fascinado por su grandeza, ordenó la construcción aledaña de un hotel de francesa arquitectura, para darse el placer de admirar la cascada desde la comodidad de su habitación.

Foto: Civitatis
Por allá en los años 20, la tragedia de los suicidios en el Salto del Tequendama se volvió algo cotidiano. Muchos ciudadanos, desencantados con la vida y buscando una salida desesperada, acudían diariamente a las aguas turbulentas para poner fin a su sufrimiento, quizá porque en aquel salto no había margen para la duda: no se salvaba ni uno. El abismo siempre respondía con la certeza fría de su abrazo final, inalterable, como si se tratara de un pacto tácito entre el río y la muerte.
Pero no es solo cuestión de la caída ni la muerte rápida lo que atraía a los desesperados, sino la belleza áurea que rodeaba el abismo. Aquellos que llegaban al borde, con la mente cargada de angustia, encontraban en el paisaje una suerte de consuelo. La última imagen que quedaba grabada en sus mentes era una de absoluta perfección: el agua fluyendo en armonía, el verde esmeralda de la vegetación y la niebla que parecía disolverlo todo en el aire.
Fue allí donde un joven policía, caminando de la mano con su amada, tomó la decisión que tantos antes de él habían tomado. Ante la mirada atónita de cientos de testigos, soltó la mano de su compañera, le dio un último beso, y se lanzó al vacío. Ella, destrozada y con el rastro de sus labios aún fresco, intentó seguirlo, como una moderna Julieta arrojándose tras su Romeo. En otra ocasión, una joven, enamorada profundamente de un hombre quien le propuso matrimonio, se lanzó al Salto tras ser abandonada por él. Antes de morir, dejó una fotografía con el mensaje: "Por la ingratitud me confundo en la profundidad del misterioso Salto del Tequendama".
Eterno en su esplendor indiferente, el Salto no discrimina entre los dramas que lo alimentan. Solo recibe, con la misma furia imperturbable, a quienes deciden entregarse a sus aguas, añadiéndolas a su vasto e insondable registro de tragedias humanas. Se dice que los espíritus de aquellos que murieron en sus aguas se funden con la bruma que cubre al Salto en las mañanas, envolviendo el lugar en una atmósfera de misterio y melancolía, como si la cascada misma guardara un lamento eterno por cada vida que se ha perdido en su caída.
Los cadáveres que aparecían en el lecho del río o atrapados entre las piedras se convertían en el gran titular de los periódicos. Los reporteros llegaban al lugar con la velocidad de un rayo para asegurarse la primicia. Algunos cronistas de la época cuentan cómo los turistas no solo fotografiaban a los suicidas, sino que había quienes posaban antes de dar el salto final, como parte de un oscuro ritual mediático.
Cuando José Joaquín Jiménez, periodista rojo de la Bogotá de los años 30, bautizó como ‘La piedra de los suicidas’ a esa estructura puntiaguda que sobresale del borde izquierdo del Salto del Tequendama, lo hizo precisamente sabiendo que no era solo un capricho de la geografía, sino el punto exacto desde el cual generaciones de personajes desconsolados dejaban sus cartas finales, tomaban su último aliento y, finalmente, se dejaban caer al abismo. Desde entonces, el nombre ha quedado grabado en la memoria popular, y la piedra se convirtió en un sinónimo de fatalidad; el lugar donde los relatos de amor perdido, bancarrota y corazones derrotados se apagaban en el rugido de la cascada.



