Elogio a la cordura

Foto: Infobae

Juan Camilo Echandía
Universidad de los Andes
La editorial Debate publicó este año un testimonio del holocausto judío inédito en nuestro idioma. Se titula Crematorio frío, escrito en húngaro por Jósef Debreczeni y publicado en 1950. La circunstancias por las que no tuvo notoriedad en Occidente están descritas en el libro y las dejo a la curiosidad de posibles lectores. El libro llegó a mi manos por insistencia de mi madre, que lo leyó antes y sin que nadie se enterara; un silencio que ennoblece toda lectura. Confieso que dada la abundancia, consumo, abuso y consiguiente banalización de un episodio tan terrible y tan importante para entender los desvaríos de Occidente, sospechaba del libro. A lo mejor aún hoy mis sospechas sean legítimas, y este libro esté alimentando el insaciable apetito de la frivolidad y lo superfluo. Pese a todas mis prevenciones, leí el libro. En la lectura cuidadosa se produce una conmoción rayana con lo inefable, la rabia y la duda arremeten violentamente; pero esto no me corresponde decirlo, me disculpo. Sólo quien lo lea hará la experiencia del libro…ojalá en silencio.
Escribo esta columna únicamente para resaltar cierto aspecto del libro que debe hacerse presente. Es verdad que se trata de un testimonio y una crónica, que los eventos y su narración ocupan la mayor parte de la escritura. Con todo, de vez en vez, la narración se torna en reflexión; la organización temporal de los eventos se convierte en la referencia de un nuevo tipo de discurso: el pensamiento. No entiendo aquí, empero, al pensamiento como el agregado de las funciones cognoscitivas o una exclusiva función formal contrapuesta a un mundo real. Nada de eso. Algo más particular, por eso menos riguroso, pero en todo caso algo totalmente arraigado a la circunstancia de dolor y locura de la narración. Para decirlo de una vez: se trata del pensamiento como remedio a la estupidez. Si de algo se trata lo que intento resaltar del libro son los destellos de cordura en medio de la locura más vil. Esto es lo que le acontece al autor, víctima de aquello contra lo cual él lanza la más grave acusación: es víctima de la estupidez. Es eso lo que él descubre en la ideología Nazi y sus dispositivos de deshumanización y muerte, eso que lo redujo a número y esclavo: mentiras siniestras creídas por quienes se resisten a pensar.
El pensamiento como remedio a la estupidez, digo. Tal pensamiento tiene la forma del mirar, del saber ver lo que es verdad, la elusión de la ilusión. Contra esta manera de verlo se alzarán los reproches de que todo es incierto, de que la verdad es problema marchito y fe anacrónica, de que nada en manos humanas es seguro. Aún cuando un espíritu cierto puede animar estas posiciones, aquel que duda de toda fijeza y unilateralidad, no lo es menos que la verdad, lo verdadero y el esfuerzo por conseguirlo es menester. La verdad es sobre todo un deber, el imperativo de un pensamiento inquieto que descubre la mentira. Sin esta forma del pensar, que distingue al culpable, que sabe al mal realizarse y conoce que el sufrimiento de los otros no recibe ninguna justificación verdadera, entonces todo horror y toda estupidez es legítima, todo delirio y bajeza vendrán a presentarse amparados por la falta de juicio. Y se podría decir también: el pensamiento como remedio a la pérdida de sentido, a la muerte del mundo y la vida compartida, la muerte de lo próximo.
Son de inmenso valor los ecos que este libro deja en el mundo actual: tan lleno de estupidez y tan vacío de pensamiento. Debreczeni sufrió las estupideces de su época, los verdaderos males legitimados por la falta de pensamiento. Sería la felonía más despreciable, el acto por excelencia más miserable el leer este libro por una estupidez.



