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"El gobierno no sabe con quién está negociando"

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Foto: Cortesía Humberto de la Calle
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Daniel Riaño Peña

Universidad del Rosario

Humberto de la Calle llevaba cerca de diez años retirado de cargos públicos, y casi veinte desde su última contienda electoral, cuando en el año 2012 el presidente Juan Manuel Santos le avisó que tenía que hablar con él. El hoy senador de la república pensó que se trataría de alguna consulta jurídica. No imaginaba que dos semanas después, un lunes festivo a las cinco de la tarde en la casa privada de la Presidencia, lo que el mandatario le estaría proponiendo sería presidir la delegación del gobierno en un nuevo intento de negociación formal con las FARC.

Desde que tomó posesión del cargo, el presidente inició acercamientos secretos con la guerrilla en busca de un preacuerdo que sirviera de base para empezar una negociación formal de paz. Esa fase secreta había llegado a su fin, y el dirigente requería de alguien que comandara la primera negociación abierta con el grupo insurgente desde el fallido y muy controversial Proceso del Caguán durante el gobierno de Andrés Pastrana. 

Lo usual con este tipo de ofrecimientos es pedir tiempo para reflexionar, pues el cargo implica un exceso de trabajo y ser foco permanente del escrutinio público. Sin embargo, pese a la magnitud del desafío y el escepticismo sobre las posibilidades de éxito, Humberto de la Calle aceptó de inmediato, preocupándose por la reacción de su esposa e hijos únicamente de regreso a casa. Una vez dado el anuncio, contó con el apoyo incondicional de su familia desde el primer momento. Fue así como inició un proceso lleno de dificultades y angustias que duró cerca de cinco interminables años. La felicidad fue desbordante para los miembros de la mesa cuando el 26 de septiembre de 2016 finalmente se firmó el Acuerdo de Paz. 

Humberto de la Calle es abogado de la Universidad de Caldas. Ha ejercido como juez municipal, concejal, secretario general de gobernación, registrador nacional (1982-1986), magistrado de la Corte Suprema de Justicia (1986), ministro de gobierno (1991-1993), vicepresidente de la república (1994-1996), embajador en España y el Reino Unido, ministro del interior (2000), embajador ante la OEA (2001-2002), jefe del equipo negociador de paz del gobierno Santos (2012-2016) y, hasta 2026, senador de la república. 

 

Daniel Riaño Peña: En este momento, ¿le parece éticamente correcto por parte del gobierno negociar con las disidencias de las FARC?

Humberto de la Calle Lombana: Cuando estábamos en La Habana, las FARC era una guerrilla con imperio, con un proyecto nacional, pero la degradación del conflicto fue echando por tierra eso. Por eso a mí me parecía, y lo dije mil veces, que en La Habana estaba la última oportunidad de negociar con quienes allí estaban. Porque lo que seguía, y en efecto se cumplió mi predicción, era más bien una diáspora de fraccionamiento de grupos de diversa naturaleza.

De ahí en adelante, uno encuentra, por un lado, a quienes traicionaron el acuerdo: la llamada Segunda Marquetalia, con quienes hay impedimentos de todo orden para negociar, empezando por uno jurídico. Cuando se acogió y se incorporó lo acordado al régimen jurídico colombiano, se estableció que aquel que regresara a las armas ya no tendría el beneficio de la justicia transicional. Eso está escrito en el máximo nivel jurídico. Si hay interés de negociar con la Segunda Marquetalia, yo veo ahí un obstáculo que no sé cómo logrará superar el gobierno.

Luego están las otras disidencias, a las que desafortunadamente se les concedió el nombre de Estado Mayor Central. Están compuestas por pequeñas fracciones artificialmente organizadas, incluso con la anuencia del gobierno, para crear un movimiento previamente inexistente dedicado fundamentalmente al delito. Alguien podría decir, con cierto grado de perspicacia, que mientras más se dividan, más fácil será superar este fenómeno. Yo no creo. Esa multiplicidad de grupos minúsculos va haciendo imposible negociar. Lo que le está pasando al gobierno ahora es eso: no sabe con quién está negociando ni cuáles son las líneas rojas.

 

DRP: Considerando lo difícil que ha sido negociar con el ELN, con tantos intentos fallidos en el pasado, ¿cree aún posible la negociación de paz con este grupo? ¿Qué haría si estuviera en el equipo de negociación?

HCL: Yo no soy especialista en el ELN, entonces opino sobre esto con cierto cuidado, además de que hay un cúmulo de información que el gobierno tiene y uno como simple ciudadano no. La mayor incógnita para mí es el tema de justicia, porque yo creo que nuestra fórmula de justicia transicional, que el mundo entero aplaude mientras en Colombia aún existen rescoldos de resistencia, está prácticamente en el límite de lo que los estándares internacionales permiten. Yo no imagino qué seguirá de ahí para adelante si es que el ELN busca soluciones distintas a las que se le dieron a las FARC. Pero en el otro terreno, particularmente en el de la paz territorial, debe haber posibilidades de buscar acercamientos. Estando en un gobierno alternativo de izquierda hay una circunstancia histórica que le permitiría al ELN tomar más fácilmente la decisión de dejar las armas.

Todo eso es bastante especulativo, por las tratativas abortadas varias veces en el pasado. El ELN es un movimiento complejo, mucho más federalizado que las FARC. Entonces, la toma de decisiones es mucho más compleja y tiene variantes regionales con diferencias de poder militar y político según la ubicación de determinados frentes. Yo no creo que sea imposible. Uno quisiera mantener la esperanza de que se logre un acuerdo en esos temas que permita afrontar los otros fenómenos puramente delincuenciales, los cuales, más allá del sometimiento, no ve uno qué se puede negociar.

DRP: Su posición de abordar la lucha contra las drogas desde la salud pública, en vez de la tradicional lucha contra el cultivo, es bien conocida y cada vez más popular. ¿Ha hecho suficiente el gobierno en materia de esa transformación de políticas contra la droga?

HCL: Yo entiendo de manera positiva la postura del gobierno en tanto que hace mayor énfasis en lo que suele denominarse la interdicción, que es la lucha para destruir laboratorios, atacar las líneas de transporte de la droga o la pasta de coca, y en general trabajar sobre el tema de las economías ilegales. El paradigma anterior era el de hacer mayor énfasis en el eslabón más débil: el de los cultivos. Esa acción punitiva contra los cultivos nunca ha tenido éxito. Es un esfuerzo descomunal contra el elemento menos determinante de la cadena del narcotráfico.

Ahora bien, si el gobierno ha hecho lo suficiente o no, nunca es suficiente, porque el fenómeno ya no afecta solo a Colombia. En Latinoamérica nadie está exento, al punto de que los carteles más poderosos ya no son los colombianos. Cada vez pesa más el tema de una solución diferente a la cuestión de la droga porque es una lucha que casi puede considerarse perdida.

 

DRP: Usted ha manifestado que le preocupa la forma de conducirse de los sectores más radicales de izquierda, pues puede estar impulsando un efecto de péndulo que empodere a la extrema derecha. ¿Cómo define a la extrema derecha? ¿Cree que en este momento hay líderes políticos que la representen?

HCL: Sí, sin duda los hay. La derecha lo que busca es el imperio del orden por encima de los derechos. Es una frase caricaturesca, lo entiendo. Obviamente es una generalización, y por tanto puede tener exageraciones. Pero la derecha sí tiene un exceso de énfasis en conducir a la sociedad, en pensar que el gobierno es más sabio que las personas, y que por lo tanto tiene que llevar a la gente por determinados caminos porque no tienen capacidad de tomar sus propias decisiones. Eso aplica no solo en la seguridad pública, sino también en temas morales. Es un deseo de imprimir comportamientos, obligando a las personas a anonadar su libre desarrollo de la personalidad. Eso en Colombia existe, no solo en los partidos formales, sino también en ciudadanos que creen eso, y que, por decirlo de manera gráfica, añoran un líder como Bukele.

Yo creo que eso es un error. Me alejo hasta donde más se pueda de los extremismos, incluidos los de izquierda. Hemos visto que estos tienen una visión distorsionada de la historia de Colombia, donde todo el que no esté de acuerdo con ellos es un descendiente de esclavistas, un neoliberal cruel. Creen que todo lo que ha ocurrido en Colombia en materia de gobernanza ha sido producto del narcotráfico, de la corrupción y del aprovechamiento personal. A mí eso me parece una visión inaceptable de la historia del país. Con todo y los defectos que hemos tenido, este es un país que ha progresado. La vida hoy en Colombia es mejor de lo que fue hace 50, 60 años.

A quienes estamos lejos de los extremismos nos parece tan nocivo tanto el uno como el otro. Además, entendemos que el populismo, instrumento de los extremismos, no tiene color político. El populismo pone en jaque al estado de derecho; genera caudillismos. El caudillo dice hablar en nombre del pueblo, pero realmente se oye a sí mismo y detesta las barreras, los controles y la aplicación de la juridicidad. Eso es útil tanto para la extrema derecha como para la izquierda, y no es el panorama que uno quisiera para Colombia.

 

DRP: ¿Cómo ve el futuro del centro político? ¿Qué cree que debe hacer diferente para ganar en 2026? 

HCL: En lo personal, ya no estoy en mi vida en plan de conseguir votos. Los colombianos no me distinguieron con el honor de ser su presidente. Obviamente seguiré opinando y actuando con la sola difusión de mis pensamientos, pero no me veo en ejercicio político activo, sobre todo a nivel electoral. Ahora, lo del centro es preocupante porque también es paradójico. Hay un gran volumen de ciudadanos, todas las encuestas lo demuestran, que se sienten lejos de los extremos, que no quieren estas soluciones para Colombia. Sin embargo, quienes aspiran a ser líderes del centro político no han logrado unas fórmulas que permitan dar pasos para la unificación electoral. En el 2022 esa experiencia fue ruinosa. Quienes ahí estuvimos vimos que fue un desastre. Tengo el temor de que eso pueda repetirse en el 2026. Yo creo que el mayor llamado aquí es a tratar de concertar mecanismos, cumplir esos mecanismos, y obrar con generosidad y grandeza para ir perfeccionando el centro como una opción política real. 

ISSN: 3028-385X

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