Esto es Colombia

Isabella Sánchez Bustos
Universidad Externado de Colombia
Un país donde la infancia es arrebatada antes de florecer. Aquí, los niños no lloran por caerse mientras juegan, sino por los golpes de quienes deberían protegerlos. ¿Padres? Una palabra que en Colombia también duele, porque no todos merecen llevar ese título.
Hombres y mujeres que traicionan la esencia de la paternidad; matan a sus hijos, los venden, los regalan, los esconden. En esta tierra, la adolescencia se roba como si fuera un botín. En cada pueblo y municipio resuenan historias de jóvenes arrancados de sus hogares, de los parques, canchas y escuelas. Se los llevan la guerrilla, las disidencias, y su vida cambia para siempre. Cambian sueños y balones por armas, cargando fusiles del tamaño de un dinosaurio joven, demasiado grandes para manos que aún no han sido realmente felices y no han soñado lo suficiente.
Las jóvenes sufren un destino aún más cruel: son secuestradas, tratadas como objetos, usadas como juguetes sexuales. Son vendidas, intercambiadas, exportadas como si fueran mercancía, despojándolas de su dignidad y humanidad.
Esto es Colombia en miedo.
Donde el narcotráfico no solo financia guerras, sino que también siembra muerte en las calles. Barrios enteros viven bajo el yugo de carteles que reclutan a la juventud y compran el silencio de quienes temen. Cuerpos aparecen en ríos, en bolsas, en las esquinas olvidadas de las ciudades. Son los "ajustes de cuentas" que desangran a la nación.
Cada día, en cualquier rincón del país, un hombre o una mujer pierde la vida por un celular, una bicicleta, un reloj. El valor de la vida en Colombia se mide en billetes arrugados o en el brillo de un anillo. La violencia por robo, tan cotidiana, se convierte en un recordatorio de lo frágil que es la existencia en un lugar donde un arma dispara sin pensarlo dos veces.
Esto es Colombia en silencio.
Aquí, donde la tierra es testigo del sufrimiento, miles de familias han sido desplazadas. Hombres, mujeres y niños obligados a abandonar sus hogares, su historia, sus raíces. Caminan por trochas llenas de miedo, dejando atrás lo poco que tienen, buscando un lugar que no les cierre las puertas, pero donde la pobreza les sigue pisando los talones.
Y mientras unos huyen, otros son silenciados. Jóvenes inocentes convertidos en estadísticas de guerra, víctimas de los llamados "falsos positivos". Los asesinaron con mentiras y los presentaron como trofeos de un conflicto que jamás eligieron. Los padres enterraron hijos que nunca empuñaron un arma, hijos que solo buscaban una oportunidad en un país que los traicionó.
Esto es Colombia en su historia.
Una historia que duele en cada esquina, en cada montaña. Desde las masacres que se han grabado en la memoria de los pueblos, hasta los acuerdos traicionados que prometían la paz y trajeron nuevas formas de violencia. Es la misma historia que celebra héroes que terminaron con balas en el pecho y que recuerda a víctimas cuyos nombres se repiten en las calles, pero cuyo eco se desvanece entre la indiferencia.
Sin embargo, entre tanta oscuridad, siempre ha existido la esperanza. Aunque efímera, su luz persiste en la memoria colectiva. El pueblo colombiano honra a quienes tuvieron el coraje de alzar la voz, a pesar de los riesgos. Personas que soñaron con un país diferente, uno donde la infancia, la adolescencia y la vida misma pudieran ser protegidas y valoradas.
En la memoria de Colombia viven aquellos que murieron por un ideal, los que fueron engañados y asesinados por un gobierno insensible, corrupto y carente de empatía hacia su propio pueblo.
Esto es Colombia. Un país que sangra, pero también sueña.



