A propósito de un artículo y de Frankenstein

Foto: Frankenstein (2025)

María Andrea Bernal
Instituto Tecnológico Metropolitano
No hace tanto, VOGUE publicó un artículo de Chanté Joseph titulado “¿Por qué ya NO está de moda tener novio?”. Más allá del título llamativo, el texto plantea un síntoma que atraviesa silenciosamente a las mujeres jóvenes, aquellas que hacen parte de la presencia femenina digital, sobre todo, enmarcado en un ámbito heterosexual. Lo virtual como parte de la identidad parece ser la regla; gran parte de la población con cierto privilegio en accesibilidad digital cuenta con una “vida virtual”. La exposición romántica en redes comienza a sentirse como una vitrina, no solo por apps como Instagram, sino también por el hecho de que muchas apps de citas parecen un mercado virtual donde podríamos ser un carro, en cuyo perfil aparecen nuestras mejores características. Así que mostrar “al novio”, que es hacia donde va dirigido dicho artículo, en un marco heteronormativo donde la figura masculina ocupa el centro, el trabajo y nuestros intereses quedan eclipsados por la relación, por lo que parece más un acto de vulnerabilidad pública que un gesto de afecto.
En redes sociales, sobre todo en Instagram, cada publicación es un escenario de juicio. En Colombia, este fenómeno es visible tanto en figuras públicas como en personas con simple presencia digital. Cuando un vínculo romántico termina, aparecen los comentarios ya habituales: “ella eligió mal”, “no vio las señales”. Aun si el hombre fue infiel o un padre ausente, la carga simbólica del fracaso recae sobre la mujer. Es un síntoma persistente: la responsabilidad de la ruptura se adjudica al lugar femenino. ¿Cómo construir, entonces, vínculos que no estén atravesados por el algoritmo, la comparación permanente o la promesa de reemplazo inmediato? “No necesitas modificar nada”, “hay alguien que te acepta tal y como eres”… ¿realmente es así? Estos cuestionamientos atraviesan cualquier vinculación, no solo las heterosexuales.
Es aquí donde aparece Frankenstein, tanto en la versión literaria de Mary Shelley como en la relectura de Guillermo del Toro. Y claro, puede parecer un salto abrupto; quizá sería más pertinente compararlo con una película con temática relacionada y actual, como La peor persona del mundo (2021). Sin embargo, la novela ya planteaba vinculaciones tan complejas como las de hoy, o quizás, el humano esté condenado a ello, ya que nace del mito griego de Prometeo. Para no ir tan lejos, hablemos de cómo las miradas de Shelley y de del Toro coexisten bajo la misma premisa, aprovechando que la película trajo de vuelta la historia. En la novela, el monstruo es rechazado por existir, incluso por su creador; es lo no exhibible, lo que no cabe en la mirada social. Y, sin embargo, anhela ser visto y amado sin condiciones. Del Toro retoma esa sensibilidad y la hace más evidente, lo monstruoso no es la criatura, sino la crueldad del hombre, la violencia del mundo hacia lo que no entiende. La ternura, en este contexto, es política.
En redes sociales solo parece existir lugar para lo bello, lo exitoso y lo deseable. El monstruo encarna lo que queda fuera; Lo imperfecto, lo sensible, lo que no “vende”, lo que no es aspiracional. Quizá por eso imaginar que las mujeres “aman monstruos” es una metáfora de vínculos no normativos, no exhibibles, no mercantilizados. Que nos preguntemos por qué terminamos amando criaturas así en el cine es importante, pues parece un tropo recurrente. También resulta interesante ver que algunas mujeres prefieren ese lugar como metáfora para repensar el preferir amar a un “monstruo” antes que a un “hombre”. Esto permite pensar la vinculación más allá de lo heteronormativo que planteaba el artículo de Joseph.
El amor ha mutado, o al menos la idea de él, porque sus definiciones siguen siendo amplias y confusas. Asimismo, la forma en que queremos ser vistas también ha cambiado. Quizás las mujeres ya no quieren que el centro de la conversación sean los hombres, ni que la identidad se reduzca a un vínculo romántico. Quizá preferimos la ternura fuera del escaparate, lejos del juicio público y del mercado afectivo. Repensar nuestro lugar en sistemas tradicionalistas, más aún con la nueva ola conservadora, implica repensarnos como mujeres en la estructura de lo que concebimos como amor romántico.



