Amor pasajero


Germán David Ayala
Universitaria Augustiniana
Entre costilla y costilla del costado izquierdo, tengo incrustado el codo de una señora diminuta; del otro costado, un poco más alto, el cubito o el radio de mi brazo derecho. El mar de cabezas que se concentra en Transmilenio justo a la hora pico es una difuminación de la individualidad, que hacía hervir el deseo, el amor y el crimen con una distribución de proporciones justísimas. A mí me resulta molesto y aburrido el oleaje de este mar en particular, pues no desentraña el misterio de ninguna playa ni de ninguna arena; es un no mar. No hay profundidad ni misterio. Es un no mar.
Me había aburrido de contar calvas y canas a dos paraderos de haber iniciado el trayecto. No es para nada prometedor. Yo estaba buscando una rendija o la esquina de una ventana. Últimamente el cielo de Bogotá es tan digno de ser visto, tan universal; parece sacado de una pintura. ¡Qué difícil es ver el cielo en esta ciudad! ¡Cómo cuesta fijar la mirada y atender! Después de las 5:30 p. m. es cuando mejor se ve. Parece que es todos los cielos del mundo. El cielo de Bruselas, el de Baja California, el de toda Bulgaria, el de Buenos Aires o el de Berlín. Todos los cielos y de todas las épocas y de todas las horas son el de Bogotá entre 5:30 y 6:15 p. m.
Es sofocante no encontrar por donde fugarse de tanta cosa y de tanta saturación: las costillas comprimidas, los ruidos, los olores, las cabezas, Bogotá y el Transmilenio.
Me bajé —cosa que es una hermosa afirmación de la autonomía, cuando lo común es lo contrario— y mi pecho me lo agradeció. A mi simplemente se me ocurrió tomar una gran bocanada de aire, como en desagravio. La afirmación de la vida y la potencia de los pulmones. Una confirmación, además, de que no tenía dañada ninguna costilla. Y me dispuse a esperar la siguiente ruta. La pantalla de letras rojas anuncia que el bus pasará en cuatro minutos. Cierro los ojos y hago fuerza con los párpados para que ese tiempo sea real (o falso y, por eso, menor) y para que venga vacío. Ingenuo. Pero sé que no soy el único en este sistema de transporte que vuelve a la infancia y aprieta algo con fuerza (los puños, las tirantas de la maleta, algo en un bolsillo, cualquier cosa) rogando a un dios informe (e inexistente) que se cumpla el anhelo. Un niño de treinta años. Aflojo los párpados y abro los ojos. Me aflojo la corbata. El niño repite la plegaria.
Aflojo los párpados y abro los ojos. Dios me ha escuchado. Y prácate: un niño me pisa. “Enséñale la lengua”, me dicta algo por dentro. Pero recuerdo mi edad y simplemente exhalo con fuerza y frunzo el entrecejo.
Entro en el bus con la mirada fija en mis zapatos. Me quedo recostado en la puerta porque a la larga solo estaré por dos paradas en este diablo. (“Oiga, el dios de mi plegaria dominó este diablo rojo; y yo dominé a dios: obró como yo quería”). Después de sacudir con el pañuelo la huellita del pisotón en mi zapato, por fin entran mis ojos al bus. Entraron por la derecha, de modo que van de este vagón al último tratando de reconocer todo cuanto existe aquí y ahora. Mis ojos también son como los de un niño o, mejor, como dos niños: inquietos. Ya de regreso en este vagón veo con más detalle al muchacho que se está durmiendo. Hace la fuerza contraria a la de mi plegaria. Me pregunto qué irá escuchando en sus grandes audífonos. En los míos suena una canción de Fito Paez, fue amor o pétalo de sal. Las ventanas me invitan a sacar los ojos y dejarlos jugar con esas luces rojas del atardecer y las nubes. Pero el adulto —en realidad el anciano— reprende a los niños y les recuerda que lo cortés es recorrer todo el bus y ya después sí, si es posible, salir a jugar.
Al llegar ya al punto donde me recosté y pude reparar en lo que había obviado al irme al confín del diablo, no fui capaz de mover los ojos un milímetro. Era una inquietud pétrea e imponente. Como los adultos y los ancianos, los niños también se enamoran. “¿Qué sucede cuando el hombre asiste a lo que nunca se ha visto?”. Yo me congelé. Debí verme como una escultura de hielo con lucecitas por dentro que se mueven con descontrol. Y es que no era para menos o ¿quién en su vida ha visto emerger de la blancura de la nada dos gigantes diamantes grises, atravesados por unas pupilas delicadas y entornados por unas pobladas pestañas que parecen talladas, una a una, en ébano?
Ahora, en mis audífonos, suena fantasía sideral. Por instantes me asalta la impresión de haber sido un furtivo espía detrás de esta varilla amarilla, de las que uno se toma para no caerse. Al percatarse de mi mirada anonadada sus ojos se agrandan con sorpresa y traspasan los míos, soslayados ya por el contacto lejano de las pupilas. El chillido que anuncia que se abrirá la puerta interrumpe.
Se suben unas cinco personas y dos señoras regordetas interrumpen más el contacto. Ella se demora en emitir un juicio claro con sus cejas finísimas que inspeccionaban. No hallaría nada en un marrón tan ordinario, fijo.
—Bonito ese color avellana tostada— dijo por fin arqueando contenta sus cejas.
—…— callé. Quise gritarle lo hermoso de sus ojos, pero no. También se balbucea con los ojos.
En cada parpadeo yo sentía que se me acababa la vida y empezaba la eternidad, pasaba de la finitud humana a la eternidad del amor; nunca había tenido tanto sentido para mí esta idea de que la vida es como un camino… ¡Camino! ¿Ya me pasé? No, me quedan como dos semáforos. En fin, como decía, la vida es camino: finitud, eternidad, cambio. Un camino siempre con destino: agotarse y llegar. Sin importar nada decido entregarme a este recorrido, al gris de esos diamantes que emergieron de la nada o del justo centro del universo.
Nos conocemos en la blancura, en el color y en el oscuro pasaje de la luz; sé que nos contamos nuestras vidas, pero el tiempo no parece correr. Vemos cuanto es amable en el otro. Ahora inventamos. Inventamos un lugar distinto a este, una nueva manera para besarnos: los ojos bien abiertos, se mueven las pupilas con suavidad dando paso a la danza circular de los iris y compartiendo una sola agua colorida y dulce. Pienso en quedarme. Nada importan los paraderos ni mi casa, ni serle infiel a la soledad que me aguarda; al final ya he llegado a la plenitud de la vida: el amor. Pero justo en medio del trance del beso pasamos el segundo semáforo, de nuevo el ruido estridente que presagia la apertura de la puerta. Se rompió el hechizo, pero su efecto dura. Me bajo del bus como una joya: con dos diamantes incrustados en el alma y en el centro del cuerpo. Una joya doble, física y metafísica. Con los pies en el piso metálico de la estación me di la oportunidad de volver la mirada para ver, tras la puerta aquel rostro que me hiciera vivir, que tanto me amó: se estaba dando la vuelta, mientras el bus avanzaba y vi su cabello azabache, profundo.
Y salí a la calle, el cielo seguía teñido de arreboles y ya los niños no querían ir a jugar, sino quedarse a contemplar; vi el curioso contraste de los semáforos y el cielo: sus rojos de naturalezas distintas que invitaban a la pausa; también los semáforos parecían despedir al sol y saludar a la luna. En la esquina me observaba alguien con ansiedad. No presté atención y me enruté para cruzar la calle aprovechando el semáforo.
—Ey, pa— grita acercándose —, una monedita pa la gurbia.
—No. No hay.
Y, sin paso a la insistencia, entre costilla y costilla, donde había estado el codo de una diminuta señora siento el frío de un filo ignoto y definitivo.
—¿Sí ve por qué uno le da chuzo?
Y yo solo siento cómo se me agrandan las pupilas. Todo fijo en la mirada. Presente eterno. Del otro lado de la calle el mito: “el día que mataron al joven Mateo, el de la casa de allí, se escuchó como cuando se revienta una argolla o una pulsera de esas de piedras o pepas”. En el piso, veo cómo la luz verde aleja aquellos diamantes que mi sangre opacaron al confundirse con el arrebol de aquel viernes a las 6:15 de la tarde. Termina Tocando el cielo con las manos en mis audífonos. Ese viernes ya pasó y no hubo Dios. Yo amé y morí. Entonces yo fui Dios: baile con el amor y la muerte.



