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Cuando el cambio huele a pólvora: populismo, balín y el dilema político en Santiago Botero

Foto: José Luis Guzmán / El País
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Juan Sebastián Posada

Universidad Nacional

El candidato presidencial Santiago Botero ha sido uno de los candidatos presidenciales que se ha dejado notar en lo que parece ser la carrera digital hacia la Casa de Nariño. Ángela Pulido -docente de la Universidad Externado- desglosa en su análisis sobre la carrera digital hacia Nariño quiénes de los candidatos presidenciales lideran las redes sociales ad portas de las elecciones, siendo Santiago Botero uno de los candidatos que se posiciona fuertemente. A través de sus redes sociales, Santiago ha dejado en claro su “sólida trayectoria empresarial” y su nulo interés en beneficiarse del Estado. Por el contrario, se ha descrito como quien tiene la fórmula para solucionar la compleja situación política y social que experimenta -y ha experimentado- Colombia.


Gran parte de sus discursos en redes sociales han generado polémica por su declaración de dar “balín” a corruptos, ladrones, matones, políticos y demás. Haciendo uso del argot popular: “…hasta acabar con el nido de la perra”. Para él, la solución a quienes roben, maten o hagan corrupción es “darles balín”. Algo que al parecer es aceptado por gran parte de sus seguidores. Aunque, en sus propuestas más recientes, ha moderado el uso del término y se ha desplazado hacia una propuesta aún más polémica: la pena de muerte. Todo parece indicar -y así lo tiene en su programa de gobierno- que la pena de muerte es un eje importante en su quehacer presidencial. Sin embargo, su programa va más allá. Su ruta de gobierno evoca la construcción de 3 mega cárceles, cadena perpetua, una fuerza especial que autodenomina “templarios”, reducción del IVA, inversión de más de 150 millones de dólares -que no explica de dónde van a salir- y acabar la impunidad con la mano de Dios (tal parece que hacer uso de la violencia va de la mano de una política teísta), entre otras cosas. Así, la estocada final parece dar como resultado a un candidato presidencial que sí va a dar solución a las problemáticas que enfrenta el país. Sin embargo, tras su aparente ‘distancia’ con los políticos tradicionales, se esconde una lógica populista, punitiva, económicamente inviable y un disfraz que ilustra lo que parece ser la tendencia en época electoral: políticos con delirio de mesías.


La propuesta de eliminar o reducir impuestos, verbigracia, puede sonar atractiva en medio del descontento generalizado hacia el Gobierno. Pero en la práctica, es fiscalmente insostenible. Los ingresos tributarios constituyen la base del presupuesto nacional, representando cerca del 22 % del PIB. Sin ellos, el país no podría sostener su sistema de salud -el debate en torno a la salud no es prioridad en este escrito-, educación, seguridad, justicia ni infraestructura. Prometer quitar impuestos, sin explicar con claridad cómo reemplazar esos recursos, es un acto de irresponsabilidad económica que puede desestabilizar el Estado y agravar las desigualdades sociales.


Por otra parte, la “política del balín” encarna una normalización de la violencia. En un país que aún no ha sanado las heridas del conflicto armado, el paramilitarismo y los abusos de poder, la idea de resolver los problemas sociales “a bala” constituye una regresión histórica. El discurso de Botero transforma la violencia en solución y justicia. Su retórica no busca fortalecer la justicia institucional, sino reemplazarla por una justicia inmediata, emocional y vengativa.


En ese mismo sentido, la pena de muerte que propone es jurídicamente inviable. Su programa de gobierno ignora que Colombia abolió la pena de muerte en 1910 y luego firmó y ratificó el Pacto de San José de Costa Rica en 1973. De manera que si hoy un político propusiera restablecerla -la pena de muerte-, estaría violando un compromiso internacional de Derechos Humanos. Además de pasar por encima de la Constitución del 1991 quien, establece de manera sucinta y clara que el “el derecho a la vida es inviolable”. Por lo que, además de violar un pacto internacional, violaría la misma Constitución de Colombia. Además, los estudios comparados muestran que la pena capital no reduce los índices de criminalidad. En sistemas judiciales frágiles o corruptos, como el colombiano, su implementación abriría la puerta a la injusticia irreversible y a la selectividad punitiva, castigando más a los pobres que a la ‘élite’.


El ‘fenómeno’ Santiago Botero no puede entenderse únicamente como una estrategia electoral aislada, sino como la expresión de una frustración acumulada. Su discurso conecta con un sector de la ciudadanía que percibe que el Estado ha sido incapaz de garantizar justicia, seguridad y prosperidad. En ese vacío, Botero emerge como una figura que promete dar solución a la problemática. Su retórica anti elitista y moralizante, que divide el país entre “buenos ciudadanos” y “enemigos de la patria”, opera como un dispositivo emocional eficaz. En sus intervenciones públicas y videos virales, se muestra cercano al pueblo hablando el lenguaje del resentimiento colectivo: el del ciudadano cansado de la corrupción, la impunidad y la politiquería. Pero ese mismo recurso emocional, al simplificar los problemas estructurales del país en una narrativa de “buenos contra malos”, distorsiona la comprensión de la política y desplaza el debate democrático hacia un terreno pasional y poco efectivo.


El “balín” se convierte así en un símbolo, no solo de violencia, sino también de desesperanza institucional. Cuando el Estado deja de ser percibido como garante de justicia, el candidato que promete venganza adquiere legitimidad. Botero utiliza el desencanto ciudadano como combustible electoral, transformando la indignación en consigna, la ira en política y la violencia en solución. Además, su apelación religiosa -la “mano de Dios” como fuente de autoridad moral y política – parece legitimar su accionar al usar a Dios “como escudo” a sus posibles detractores. En diferentes momentos ha dicho que “si Dios me mandó a hacer esto, ¿qué puedo hacer yo?” dejando sobre la mesa la idea de tener respaldo divino en su quehacer político. Con esto, Botero busca generar confianza en sus simpatizantes y ganar adeptos que miran con cuidado su programa de gobierno mostrando una credencial que dice “el enviado de Dios”.


El ascenso mediático de Botero, además, revela una nueva dinámica electoral: el populismo digital. En plataformas como TikTok, Instagram y X (antes Twitter), su mensaje se adapta a los lenguajes de la inmediatez, el humor y la indignación, logrando un efecto de viralidad que eclipsa la discusión programática. Su presencia constante en redes no busca argumentar, sino emocionar. Y en un país donde la desinformación y el cansancio político son moneda corriente, esa emocionalidad puede convertirse en un capital electoral formidable.


En conclusión, Santiago Botero ha emergido como uno de los candidatos presidenciales más visibles en la contienda digital hacia la Casa de Nariño. Con una narrativa que mezcla su “trayectoria empresarial” y una aparente independencia del Estado, ha construido la imagen de un salvador político que promete redimir al país de la corrupción, la inseguridad y la decadencia moral. Su discurso en redes, centrado en la violencia como herramienta política sigue dando mucho de qué hablar. Y aunque ha moderado el lenguaje, sus propuestas -pena de muerte, mega cárceles, “templarios”, reducción del IVA y gobierno “con la mano de Dios”- reflejan un populismo e ideas fiscalmente inviables. Evidenciando así, que su plan de gobierno ignora la fragilidad institucional del país y la verdadera problemática de la nación. En tiempos donde la indignación y frustración son usadas como herramienta de marketing político, la ciudadanía tiene una tarea importante: leer críticamente las propuestas y mirar más allá del discurso. Pensar, contrastar y cuestionar son actos que deben estar arraigados en la sociedad. Así, el verdadero cambio no debería oler a pólvora, sino a conciencia, diálogo y responsabilidad. No nace del impulso ni de la venganza, sino de la reflexión crítica y del compromiso ciudadano por construir un país más justo. Donde la esperanza no se imponga por la fuerza, sino que se funde en la verdad y la justicia.

ISSN: 3028-385X

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