Cuando los hombres ladran

Foto: Diego Cuevas / EL PAÍS

Samuel Sanabria Carmona
Universidad Nacional Abierta y a Distancia
Muchos años han pasado desde el último gran cambio en la estructura de nuestro código genético intelectual, y no podemos en múltiples ocasiones evitar preguntarnos si alguno de los que caminamos hoy por la tierra tendremos la posibilidad de observar el surgimiento de otro salto —o retroceso— como los retratados en libros de ciencia primaria, donde estas transformaciones parecen haber surgido de la noche a la mañana entre una página y otra. La verdad es que, con el paso del mundo primitivo —en algunos casos más salvaje y patético, en otros, romántico y místico— a la tan soñada era de la información, existen cambios, discretos y sutiles, que han comenzado a presentarse, camuflados siempre en la gran ola mediática que arrasa las costas habitadas y deshabitadas de Colombia.
En el vasto laboratorio de la política colombiana, entre su espumoso mar de noticias —donde los experimentos con la ética suelen terminar en mutaciones grotescas— ha surgido una nueva especie que recorre los recintos del poder: el Homo-Canis-Politicus. No es un hallazgo arqueológico ni un proyecto genético confabulado desde Silicon Valley; es una evolución inversa, un salto hacia atrás en la pirámide de la razón.
A simple vista parecen humanos. Caminan erguidos, usan relojes suizos, algunos incluso citan a Kant, Marx, Han y Žižek cuando las cámaras están encendidas, prefieren evitar dar explicaciones y tienden a sospechar de culpables a los contrarios. Pero basta oírlos un minuto para descubrir que bajo la corbata y el discurso late un corazón lleno de pelaje variopinto.
Los Homo-Canis-Politicus no argumentan, gruñen. No escuchan ni discuten, ladran. Su idioma no admite réplica, porque todo desacuerdo lo interpretan como una ofensa personal, alimentando sus delirios de persecución, como si se encontraran en constante cacería, intercambiando lugares entre depredador y presa. Son criaturas de piel sensible y ego inflamado, incapaces de soportar la menor contradicción sin mostrar los colmillos. Se sienten elegidos por la historia, pero su única misión es, por inclinaciones naturales, defender su plato de comida y morder hasta el codo a quien les ha ofrecido la mano.
Los expertos encargados de analizar y discutir sobre la nueva especie —quienes estudian el caso con la misma lupa que los etólogos— han identificado en ellos tres rasgos esenciales: primero, el rechazo absoluto al pensamiento crítico; segundo, la devoción ciega o la lucha interminable por y contra el líder cánido de turno, sea cual sea el color de su pelaje; y tercero, un amor desmedido por los lujos que luego niegan con un aire de falso ascetismo. El comportamiento de esta especie se rige por un código simple que han denominado como homo-canis-populismus. Consiste en convencer al público de que el ladrido, muestra de escándalo, es una corriente de pensamiento.
En esta jauría existen variedades de portes y modos tan distintos que es fácil distinguirlos unos de otros. Al lector le será de utilidad aprender a diferenciarlos. Están los Homo-Canis Nobilitas, de pelaje brillante y verbo afilado, que ladran en defensa del orden y las buenas costumbres —las de antaño— mientras negocian contratos bajo la mesa. En esa categoría figura un perro de pedigrí que combina la elegancia del bufete con el aullido del tribunal mediático. Podríamos incluso admitir que sus ladridos buscan siempre parecerse más a los rugidos de sus compatriotas felinos, especialmente los atigrados, quienes, aun sin aprender a comunicarse, se mantienen un tanto más elegantes y señoriales.
Luego están los Homo-Canis-Revolutio, que una vez se creyeron lobos de montaña y terminaron domesticados por el confort del poder y la ilusión libertaria. Esta raza se mantuvo gruñendo contra el sistema durante años para lograr al fin recostarse en sus cojines con la tranquilidad de quien encontró su hueso dorado. Aquí encontramos un can líder de la manada progresista que entendió cómo posicionarse en la corona canina, siendo un ejemplo notable. Cuando el pueblo grita, él aúlla más fuerte; cuando lo cuestionan, acusa y muerde; y cuando se le pide diálogo, levanta la pata, enseñando en lo alto el brillo puntiagudo del bélico artefacto que marcó el después de la nación —que ahora a cuatro patas— delimita su territorio.
El Homo-Canis-Numericus, también tiene su espacio. Individuos pensativos, con hebras de gris y blanco decorando sus cada vez más lejanos intentos. Observan la jauría desde el borde del parque con la mirada de un matemático triste sin poder resolver la ecuación que los llevará moviendo la cola a los pasillos del palacio. Viven convencidos de que la política es una fórmula de segundo grado, donde la moral es una incógnita prescindible, y los números —si se acomodan con gracia— pueden sustituir al carisma. En sus corazones anida la esperanza de que un día las gráficas convenzan más que los discursos y que la cordura sea premiada en una tierra donde el ruido da más votos que la coherencia.
La manada no estaría completa sin las perlas del Recinto, cúspide del lamento y la pataleta mercenaria, donde se distingue una generala de un ejército solitario que no ladra, sino que pule sus mordiscos con precisión quirúrgica. Los Homo-Canis-Imperator atacan al aire, al pasado, al comunismo, a lo humano, a los letrados de cerebros endurecidos con el concreto y a todo lo que olfateen como contradicción. Su fidelidad al acusado amo es inquebrantable; su desprecio por el disenso, legendario.
Y en medio de todos ellos, correteando entre cámaras y micrófonos, se preparan para la carrera los más de cien peludos, ansiosos por morder primero y preguntar después. Ahí va encaminado un sabueso de mirada solemne y olfato ideológico, que rastrea enemigos imaginarios con la devoción de un perro de templo en busca de la paz interna; le sigue aquel mestizo hiperactivo y algo irreverente que ladra contra cualquier bando mientras decide en cuál camada quedarse; más atrás prepara las patas el viejo galgo del poder, experto en cambiar de pelaje sin perder el hueso en la meta; la bastante igualable e impaciente bóxer de la capital, amante declarada de las grandes decisiones armadas, ladra con autoridad incluso cuando no hay peligro a la vista y sin alejarse, la chihuahua mediática, con ese lacio brillante de un dorado postizo que da vueltas alrededor de todos, mordiendo los tobillos del primero que publique cualquier cosa con su nombre impreso y alimentándose del ruido que ella misma provoca. A sus alrededores se amontonan otros canes de ocasión —algunos finos, otros más callejeros; antiguos y nuevos—, todos convencidos de que el país necesita un único ladrido redentor, eliminando cualquier posibilidad de diversa convivencia. La pista electoral, convertida en parque canino, vibra con gruñidos condenatorios y horizontes fugitivos, mientras el pueblo observa desde la verja, preguntándose si en esta jauría habrá alguno que todavía sepa hablar sin babear los mármoles de la patria, una repleta de pelo por todas sus obtusas aristas y vértices.
Las instituciones del país, resignadas, han comenzado a adaptar su lenguaje. Los debates se han vuelto cápsulas de escarnio televisado, viralizado y publicitado, los discursos se miden por decibelios y las campañas políticas por cantidad de gritos recolectados. Los ciudadanos, quienes alguna vez creyeron en la palabra como herramienta de cambio, ahora observan con resignación el espectáculo zoológico que germinó en su patio trasero mediático, preguntándose si acaso el voto no es más que ese silbato de entrenador que está perfilando los uniformes para los años venideros.
Esta regresión obedece a un instinto más profundo de conformismo y comodidad. Podemos decir que decae cuando resbala frente a su miedo a pensar. Pensar implica exponerse al otro, sus contextos, condiciones y virtudes, arriesgar la propia razón, escuchar lo ajeno, aceptar la duda y el error. Los Homo-Canis-Politicus, en cambio, encontraron en el ladrido la fórmula perfecta para existir sin pensar. Es rápido, eficaz, una razón fácil, mezquina y sencilla.
Del Homo-sapiens al Homo-Canis-Politicus, así avanza nuestra desevolución. Pasamos del debate al ladrido, de la palabra argumentada heredada por los griegos al bullicio tan aclamado por el ciudadano moderno, cuasi peludo. La razón se esconde como un cachorrito asustado detrás de un viejo florero donde se marchitan las más diversas visiones del futuro, mientras frente a la vista de todos, los nuevos cánidos de traje se disputan los huesos del erario público, convencidos de que el ruido, el señalamiento, la burla y la queja, son sinónimos de poder.
Tal vez llegue el día —y no faltará mucho— en que los perros —histórica y biológicamente perros—, los mejores amigos de ellos mismos, cansados de la confusión, decidan tomar cartas en el asunto. Ese día comprenderán los ladridos de los hombres, les comprarán collares con los cuales sacarlos a pasear, comenzarán a caminar en dos patas, escribir con ambas manos, ponerse uno que otro color en el pelaje, inventar banderas e himnos y buscarán la manera de dialogar con los cerdos, burros, ovejas, canguros y camellos sobre la real democracia.



