Datenschutz: dignidad en Full HD

Foto: Getty Images

María Fernanda Puentes
Universidad Minuto de Dios
Propongo, con la seriedad que exige el progreso digital, que todo ciudadano, desde el recién nacido hasta el más arrugado anciano, firme al salir de la sala de partos un contrato de cesión de imagen en blanco, eterno e irrevocable, que permita a cualquier transeúnte con un teléfono inteligente capturarlo, publicarlo, convertirlo en meme, venderlo a marcas de shampoo barato o exponerlo en un video con música ridícula de fondo. Al fin y al cabo, ¿qué mejor manera de garantizar la democracia digital que entregando nuestro rostro, nuestra dignidad y nuestro dolor al mejor postor?
Después de todo, ¿qué es la vida en el siglo XXI sino un gran escaparate donde la intimidad es un pecado y la privacidad un chiste de mal gusto? ¿Qué importa que la Constitución de Colombia diga que tenemos derecho a la intimidad y a la propia imagen, si el algoritmo dice otra cosa? Porque seamos francos: la Constitución no da likes, no genera seguidores, no da retuits. El verdadero Estado hoy es Instagram, la verdadera Corte Constitucional es TikTok, y la verdadera ley es la ley del scroll infinito.
No nos engañemos: la fotografía, esa vieja disciplina que en manos de un profesional buscaba narrar con respeto la condición humana, ha sido democratizada hasta el vómito. Y como todo lo democratizado en exceso, ha terminado en el basurero de la vulgaridad. Ahora cualquiera que sepa sostener un celular cree que tiene derecho a inmortalizar el rostro de un refugiado que huye de Siria, la lágrima de una madre que busca a su hijo desaparecido en Soacha, el tropiezo torpe de un borracho en Chapinero. Porque sí, porque “el contenido es contenido”, porque “estaba en espacio público” y, por lo tanto, su dignidad queda automáticamente en código abierto, como si los derechos humanos fueran software libre.
Imaginemos, para ser prácticos, que el Estado colombiano legisle lo que ya es costumbre: que se cree un impuesto al anonimato. Que cada ciudadano pague una tarifa mensual si pretende caminar por la calle sin ser grabado, como una especie de vacuna contra la invisibilidad. De ese modo, quien no pague será legítimamente convertido en propiedad del pueblo, fotografiado, grabado, viralizado y convertido en mercancía audiovisual. Sería un excelente mecanismo de recaudo fiscal y, de paso, se ahorraría la molestia de seguir fingiendo que el derecho a la intimidad existe.
Y qué decir de los migrantes y desplazados: esas criaturas errantes que ingenuamente creen que pueden escapar de la guerra para refugiarse en el anonimato. ¡Ilusos! Porque si algo nos enseñan las redes sociales es que nada conmueve más que la desgracia ajena. Ver a un hombre agotado cruzando la frontera, a un niño hambriento llorando, a una mujer que carga todo lo que le queda en una maleta rota, es el contenido perfecto para acompañar con un reguetón melancólico y la frase “así es la dura realidad de la vida”. ¿Y quién necesita pedirles permiso? ¡Ellos deberían agradecer que los volvamos virales! La fama es, al fin y al cabo, la nueva salvación.
La educación digital, por supuesto, no debería consistir en enseñar empatía o respeto. No. Propongo algo mucho más práctico: un curso obligatorio desde primaria en el que cada niño aprenda a posar para ser humillado. Que se les enseñe a llorar de manera estética, a caer con gracia en la calle, a sufrir con filtros atractivos. Que se institucionalice el arte de ser víctima decorativa para redes sociales, pues esa será la única forma de integrarse a una sociedad que mide tu valor en reproducciones.
Alguien podría objetar que todo esto genera traumas, daños psicológicos, persecución o revictimización. Pero, ¡vamos! ¿Qué son esos pequeños sacrificios frente al altar sagrado del entretenimiento colectivo? Los psicólogos necesitan pacientes, las cortes necesitan demandas, los noticieros necesitan material indignante. ¡Es un círculo virtuoso! El que llora en público consigue su minuto de fama, el que graba obtiene likes, el que se burla refuerza su autoestima, y el que demanda consigue trabajo para abogados que, de otro modo, se morirían de hambre. Nadie pierde: es la economía circular de la humillación.
La Corte Constitucional insiste en que la imagen está ligada a la dignidad. ¡Qué ternura! Como si en la era del algoritmo alguien recordara esa palabra fósil: dignidad. Hoy la dignidad es apenas una anécdota, una curiosidad de museo, como los teléfonos fijos o las cartas escritas a mano. Lo que cuenta no es quién eres, sino cuántos views produce tu desgracia. Lo que importa no es tu historia, sino la música que un genio decidió poner de fondo a tu caída en TransMilenio.
Podría parecer exagerado, pero piénsalo: ¿no es la lógica de hoy que cualquier tragedia debe ser acompañada de un caption ingenioso? Si alguien se desmaya en la calle, no hay quien corra a ayudar: todos corren a grabar. Si alguien es víctima de violencia, no hay quien lo ampare: todos corren a compartir. Si alguien llora, no hay hombro que consuele: hay cámara que enfoca. Hemos reemplazado la empatía por el trípode, la solidaridad por el estabilizador de video, la compasión por el topic.
Y no, no es exagerado decir que todo esto es un delito. Lo dice la ley colombiana, lo dice la Corte, lo dicen las sanciones, las multas, las demandas. La viralidad es la nueva justicia divina: basta con un clic para canonizar a un desconocido o lapidarlo en la plaza pública. Y lo más hermoso es que todo es gratis: ni necesitamos hoguera ni inquisidor, solo Wi-Fi estable. Porque el delito aquí se volvió normalidad, como tantas cosas en este país. Y mientras siga siendo más rentable grabar que respetar, más lucrativo exponer que comprender, más divertido humillar que proteger, este episodio continuará en transmisión ininterrumpida.
La fotografía (la verdadera) no se trata de humillar, sino de humanizar. Es un acto de respeto, de memoria, de justicia. No es un espectáculo barato ni un reality show grabado con manos sudorosas y ojos morbosos. Tomar una foto debería ser un acto de cuidado: preguntarse antes si esa imagen construye o destruye, si suma a la memoria o solo engorda la cloaca digital. Pero claro, pedir eso en un mundo que confunde dignidad con ‘contenido’ es casi tan ingenuo como pedir silencio en un estadio.
Así que no, no eres artista por grabar a medio mundo sin consentimiento. Eres un intruso. Eres un ladrón de intimidades. Y lo peor: eres el bufón de un circo que ni siquiera te paga entrada, porque mientras tú expones al otro, las plataformas se llenan los bolsillos con tu morbo.
La próxima vez que apuntes tu cámara a alguien en la calle, pregúntate si lo haces para dignificar o para exponer. Porque si la respuesta es lo segundo, no eres fotógrafo: eres apenas un devoto de la religión del like, un predicador de la humillación colectiva. Y esa religión, querido feligrés, ya tiene demasiados idiotas con Wi-fi.
Tal vez algún día recordemos que, incluso en el ruido digital, existe un principio llamado Datenschutz: que deje de ser una palabra extranjera y empiece a ser un derecho real; ese antiguo derecho a existir sin ser observado, a tener un rostro que no necesite permiso del algoritmo para seguir siendo humano.



