El canto de la ballena creadora

Foto: El Tiempo

Daniela Romero Pineda
Universidad Central
"La literatura no nació para dar respuestas".
Cortázar, Clases de literatura Berkeley, 1980.
La escritura no comienza con la tinta ni con el papel: nace en una sonrisa, en las lágrimas que recogen nuestras tristezas, en las grietas que fragmentan el corazón y en la mirada ingenua ante nuestra propia evanescencia. Surge, especialmente, para preservar lo que se nos escapa o para abrazar lo que nos hace falta. Últimamente me he preguntado qué impulsa a una persona a transformar la experiencia en palabras. ¿Es un instinto, una necesidad, una búsqueda? Y, a la vez, ¿por qué los escritores sentimos el llamado a transgredir y a forjar nuestras propias formas del lenguaje? ¿Acaso no sería más sencillo comunicar con palabras simples lo que tenemos que decir?
Intentaré responder estas preguntas explorando las razones del ser escritor y los detonantes que nos motivan a generar nuevas formas de expresión. Para ello, recorreré las superficies y profundidades de mi hábitat de la mano de un ejemplo literario universal que me permitirá comprender cómo la creación se alimenta tanto del mundo interior como del exterior.
Empecemos por decir que soy un ser que se sumerge en la vastedad del océano, aguanto la respiración dentro de mis propios pensamientos. Capturo lo invisible, filtro lo minúsculo y transformo la oscuridad como un material más de mi trabajo. Soy una criatura que respira aire, pero habita en el agua, vivo de lo cotidiano, pero me alimento de lo secreto e indescifrable. Viajo por territorios desconocidos, canto para recordar y, en mi canto, purifico y doy sentido a lo que me rodea.
Mi arte es un impulso que se entrelaza con lo vivido y lo anhelado, registro lo que soy y lo que me falta, sustento en letras lo que tiene miedo de ser escrito; como mis sentimientos. En mi escritura puedo verme, amarme, destruirme, colapsarme y borrarme del mapa las veces que sean necesarias. Puedo ver en mis letras la mirada que hace mucho tiempo no veo, puedo dar el abrazo que no he dado, puedo hablar sin ser escuchada y puedo estar con la estrella que tanto extraño. Con el canto de mi escritura soy un devenir en constante movimiento y transformación, con cada renglón descubro la inconmensurable oscuridad que se esconde tras el carbón de mi lápiz, lo único que hago es desenterrar interrogantes indefinidas que tratan de unir fragmentos de lo que soy o de lo que alguna vez fui, por estas razones los escritores somos grandes por nuestras preguntas, pero pequeños por nuestras respuestas.
Aquí surge mi segundo cuestionamiento: ¿qué diferencia a un escritor de un hablante común, si ambos se comunican mediante el lenguaje? La respuesta se encuentra en la capacidad de romper los moldes heredados y generar nuevas formas de expandir los horizontes artísticos. Por naturaleza, soy un animal que decide desdibujar y transformar su lengua materna para reconfigurar su función exclusiva de código y convertirla en arte. Y, para ejemplificar mejor este fenómeno, nadaré por los alrededores de un paisaje universal de la imaginación que me gusta mucho visitar: Macondo.
Me dijeron mis amigos los narvales, que este lugar lo creó un señor llamado Gabriel García Márquez. Desde la orilla he visto que es un mundo donde lo cotidiano y lo mágico conviven en armonía. Tres espacios de su cartografía me sirven para iluminar la naturaleza de mi arte: el cuarto de Melquíades, el laboratorio de José Arcadio Buendía y el burdel de Pilar Ternera.
El cuarto de Melquíades está ubicado en la casa de los Buendía, los patos dicen que oculta los manuscritos en sánscrito que parecen contener el destino trágico de la familia Buendía y del propio pueblo. Estos manuscritos no sólo son importantes por lo que dicen, sino también por lo que callan: ellos no traducen la vida de forma literal, sino que la reconfiguran como un tejido simbólico que trasciende lo inmediato. El habla común es efímera y evanescente, mi arte convierte lo pasajero en algo permanente y lo transforma, haciéndolo trascender de lo que era, para reconstruirlo en algo que puede llegar a ser.
Ahora surfearé por la parte norte de Macondo para dirigirme al laboratorio de José Arcadio Buendía. Este representa el verdadero gesto creador. Buendía se encierra entre frascos y mapas, obsesionado con descifrar un mundo que siempre se le escapa. En La literatura y la vida de Deleuze, recuerdo haber buceado por unos de sus apartados donde dice que hay un mundo que es invisible ante nuestros ojos, un mundo que falta y es necesario para nuestra realidad. Por culpa de las bruscas transformaciones ambientales, a veces me veo forzada a buscar continuamente ese mundo que me falta, porque dejo de lado ese lugar al que pertenecía sabiendo que ya no es seguro o suficiente para mí, me someto al conocimiento de horizontes nuevos; alterando mis formas originales de vida. Escribo lo que dejo atrás y lo que está por venir.
Finalmente, nadaré hacia el burdel de Pilar Ternera, un lugar donde se une lo íntimo y lo colectivo. Este espacio muestra cómo lo vulgar, modificado por el arte, puede transformarse en un símbolo, encuentro y pasión humana. Dicho con el habla efímera y común que se puede encontrar en cualquier parte, el taller de José Arcadio Buendía sería un simple espacio desordenado, los manuscritos de Melquíades se percibirían como un caso sin resolver y el burdel de Pilar Ternera seria solo una casa de prostitución; pero el arte de la escritura convierte esos escenarios en lugares universales donde habita el sentido. Se supone que originalmente tengo una comunicación sofisticada, pero ciertamente insuficiente por medio de clics. Sin embargo, ingenié, mejoré y consolidé una forma de cantos para maximizar mi lenguaje. Este elemento me permite “componer” mi propia melodía. Gracias a mi canto creador puedo dar cuenta de lo que todavía no existe, puedo materializar la obra inexistente que yace dentro de mí, como diría Isaías Peña. Y puedo concebir lo inconmensurable de la realidad, recreado por la ficción.
Finalizando este recorrido me he dado cuenta de lo que puede hacer el arte que me rodea: permite que lo efímero se vuelva eterno, que lo íntimo se convierta en símbolo colectivo, y que lo que parece vulgar revele su hondura espiritual. Este océano es profundo por la tradición que le precede a mi arte, cada ola es un movimiento de rebeldía, soy hija de un mar que me arropa con letras y que me aconseja con páginas de papel; esta inmensidad es un lugar para identificarse y construirse a uno mismo.
La escritura, entonces, es al mismo tiempo impulso, necesidad y búsqueda. Es impulso porque responde a la fuerza creadora que llevamos dentro, es necesidad porque nos salva del olvido, es incapacidad de dejar ir y de ser lo que no se puede ser; y es búsqueda porque nunca termina de saciarse. Es un arte que busca lo perdido y que pierde lo encontrado. Como los manuscritos de Melquíades que esperan ser descifrados, mi canto de ballena se sumerge en lo desconocido para traer a la superficie aquello que solo puede ser sostenido por la palabra y el arte.



