El negocio de gestar vidas ajenas

Foto: Law Martínez / EL PAÍS

Juan Arismendy Garzón
Universidad de Antioquia
Hablar de maternidad subrogada puede sonar como un debate de esta época, algo moderno asociado a laboratorios o clínicas de reproducción asistida. Sin embargo, la idea de que una mujer geste un bebé para otra tiene un origen mucho más antiguo que la biotecnología. En el libro de Génesis, en la Biblia, Sara —incapaz de concebir— le entrega a su sierva Agar a Abraham, su esposo, para que tenga su hijo en ella. En este tiempo no había contratos, regulación o lenguaje médico; solo había poder, subordinación y la noción de que el cuerpo de una mujer podía ser usado para cumplir el deseo de otras que no podían o no querían hacerlo con el suyo. Este relato bíblico nos expone que la maternidad subrogada no nació con la ciencia, sino con las jerarquías sociales y el control de otras personas sobre el cuerpo de las mujeres.
No solo en la Biblia, a lo largo de la historia, el cuerpo de las mujeres esclavizadas o de bajas clases sociales era utilizado para tener hijos de sus dueños, fruto en ocasiones, de una violación. Siendo una muestra de que en ese tiempo la subrogación no era una elección ni una técnica; era una consecuencia directa de relaciones de clases económicas desiguales.
En la década 1970 llegó un giro científico al tema, cuando en Estados Unidos aparecieron los primeros contratos de subrogación. En ese momento, legalmente una mujer podía gestar un hijo para otra pareja sin necesidad de aportar material genético propio: solo se requería la inseminación artificial con el esperma del padre. En 1976, una mujer llamada Elizabeth Kane firmó uno de los primeros contratos. Tras dar a luz declaró que “no era mi hijo, solo le cuidé mientras crecía” frase que nos deja ver que la maternidad subrogada empezaba a entenderse como una labor separable del vínculo biológico.
La maternidad subrogada suele presentarse como un avance médico que permite a más personas acceder al deseo legítimo de formar una familia, pero al observarla desde múltiples dimensiones —ética, social, filosófica, legal, mediática y económica— se revela como un fenómeno mucho más complejo, donde el cuerpo de las mujeres entra en una lógica de contrato, de mercado y de representación. Más que una técnica reproductiva, la subrogación funciona como un espejo de nuestras jerarquías: mientras para algunos se simboliza como libertad de elección y progreso, para otros es una actualización sofisticada de viejas formas de explotación y control sobre la capacidad de gestar.
Desde una perspectiva ética y filosófica, la maternidad subrogada nos insta a detenernos en una incómoda pregunta ¿hasta qué punto el cuerpo de una mujer puede convertirse en un prestador de servicios sin perder su dimensión humana? A primera vista, el discurso que la defiende se sostiene en la idea de la libertad de elección: Una mujer decide prestar su capacidad de gestar un bebé de una persona o pareja que no puede hacerlo. Sin embargo, reducirlo a una decisión individual borra todo el contexto en el que la decisión se produce.
En otras palabras, no es lo mismo gestar un bebé por voluntad propia o altruismo que hacerlo porque no se tiene otra manera de conseguir ingresos económicos. Tal como se señala en la investigación de Mutante llamada “Minería uterina”, muchas de las mujeres que aceptan contratos de subrogación de vientres, no lo hacen porque quieren ni por un deseo, lo hacen desde la urgencia. Entonces, cuando entra la necesidad económica en escena, la posibilidad de elección y el consentimiento se vuelven una zona que se podría denominar como tibia: legalmente existe, pero éticamente se tambalea, ya que no se elige desde la libertad de la mujer, sino desde la falta de alternativas.
Filosóficamente, se abre también otra cuestión: si lo único que una persona puede ofrecer en situaciones de precariedad es su cuerpo, ¿se puede seguir hablando de autonomía o estamos frente a una forma de explotación moderna camuflada en un lenguaje jurídico? Por esto surge una tensión entre dos lógicas, la lógica del mercado, que entiende el cuerpo como un recurso que se puede utilizar como un servicio; y la lógica de la dignidad humana, que establece que hay límites de lo que puede comprarse para prestar un servicio, incluso si hay un contrato de por medio.
Desde una mirada económica y social, la maternidad subrogada no se puede analizar sin tener en cuenta las desigualdades que permiten ver quién gesta y quién recibe al bebé. Generalmente, quienes buscan subrogar un vientre para tener un bebé son personas con un poder adquisitivo alto, mientras que la mujer que gesta el bebé proviene de un contexto de necesidad económica, en la mayoría de ocasiones con ingresos precarios o dependientes de trabajos informales. Revelando que no todas las decisiones tienen el mismo peso, las personas que solicitan el servicio solo tienen que “pagar y ya”, mientras que la mujer gestante debe llevar en su vientre la vida de un bebé que no es suyo.
Además, el mercado de la subrogación se ha configurado como un mercado transnacional siguiendo la lógica del capitalismo: busca lugares donde los cuerpos sean más baratos y con una regulación más flexible. En países como India, Ucrania o Colombia, el costo de una gestación subrogada es mucho más bajo que en Estados Unidos, hasta 5 veces menos, lo que convierte a las mujeres de estos países en una opción más “competitiva” dentro del mercado reproductivo.
Mutante, en su investigación compara esta práctica con una forma de “minería uterina”. El término, aparte de ser una metáfora impactante, es una crítica. Ya que describe el proceso de extracción en el que algunas mujeres solo donan óvulos, otras gestan y otras lactan. Y aun así los mayores beneficiados no son las mujeres que hacen el “trabajo sucio” sino que son los intermediarios médicos y legales. Convirtiendo de esta manera la maternidad subrogada no solo en una técnica reproductiva, también en una economía de cuerpos, donde la capacidad femenina de poder gestar una vida se transforma en un capital biológico explotable.
Desde la perspectiva mediática, el proceso de la maternidad subrogada no siempre es presentado como un asunto sólo económico y de desigualdad, sino que muchas veces se reviste de un discurso que llama a las emociones haciendo parecer esto como un acto altruista, acudiendo en muchas ocasiones a una historia de amor moderno. Programas de televisión, notas de prensa, series y campañas de clínicas de reproducción usan expresiones como “gestación por amor”, “vientres solidarios o “milagros de la ciencia”, construyendo una narrativa donde el deseo de la pareja que contrata el vientre es el centro y el cuerpo de la mujer gestante queda relegado a un papel secundario.
Sin embargo, hay medios independientes que rompen con esta idealización usando términos como “minería uterina” o “economía de la fertilidad”, que no solo informan, también incomodan. Esta diferencia en el lenguaje es fundamental: nombrar algo como un “servicio” lo vuelve legítimo, pero nombrarlo como “extracción” o “industria” nos obliga a cuestionar como sociedad quién gana y quién pierde dentro de este modelo mediático.
Por todo esto, el rol de los medios no es menor, porque ellos son los que modelan cómo ve la sociedad este tema. Por ejemplo, si una historia de maternidad subrogada narra un acto solidario y altruista, genera empatía, pero sí es narrada como una transacción o negocio con evidentes desigualdades, genera crítica.
Desde un punto de vista legal, la maternidad subrogada se desarrolla en un terreno movedizo que pone en evidencia las tensiones entre los avances científicos y los vacíos legales. En varios países, incluyendo a Colombia, no hay una regulación clara que resuelva los derechos y deberes de cada parte implicada, generando así una inseguridad jurídica tanto para la mujer que está gestando el bebé como para los que contrataron el servicio. Esta ausencia de ley específica deja un espacio a la interpretación judicial permitiendo que las clínicas y agencias privadas que prestan este servicio establezcan sus propios contratos bajo criterios más económicos que éticos.
En teoría, el derecho busca proteger la autonomía y dignidad de las personas, pero en la práctica, la legislación usualmente favorece a quienes tengan más poder adquisitivo. En los contratos de vientres subrogados el consentimiento actúa como una garantía de libertad, pero en realidad es una herramienta ambigua ya que puede legitimar relaciones profundamente desiguales. El problema jurídico no está en quién es la madre “legal” del bebé, sino quién es reconocido como sujeto de derechos dentro de esta transacción que involucra el cuerpo humano.
Además, el debate legal se enfrenta a dilemas éticos que el derecho no siempre puede solucionar. ¿Debe permitirse la subrogación de vientres bajo cualquier circunstancia, o solo cuando haya un pago de por medio?, ¿es suficiente solo un contrato para garantizar la libertad de la gestante? Preguntas como estas revelan que el derecho va por debajo de la ética, intentando poner límites a un negocio que avanza más rápido de lo que se puede regular. Y siempre que existan esos vacíos legales, las entidades que ofrezcan estos servicios seguirán teniendo la oportunidad para explotar y vulnerar los derechos de las madres gestantes. Por eso, más que prohibir o no esta práctica, el reto jurídico se encuentra en construir una legislación que priorice la dignidad humana sobre el deseo, y los derechos sobre el mercado.
Hablar de maternidad subrogada es hablar de límites en un mundo disparejo socialmente. A lo largo de los distintos enfoques, se demuestra que este fenómeno no se puede reducir solamente a un avance tecnológico o a una alternativa para formar una familia: es un espejo que refleja unas profundas tensiones entre el deseo, el poder, la voluntad y la dignidad humana. Desde lo social y económico, la subrogación se sostiene sobre unas estructuras desiguales que convierten el cuerpo en un recurso; desde lo ético y filosófico, plantea la pregunta sobre si todo lo que se puede hacer está bien o mal; desde lo legal, muestra la urgencia de regulación que tenga como prioridad defender a las personas y no a los contratos; y desde lo mediático, revela cómo el lenguaje puede maquillar la explotación bajo la apariencia del amor y la oportunidad.
En el fondo, el debate sobre esta práctica no se trata de quienes pueden tener hijos o no, sino sobre si estamos dispuestos a convertir el cuerpo en mercancía. Por esto, el cuerpo no debería ser el último campo de batalla entre el mercado y la dignidad. Si bien la ciencia ofrece posibilidades novedosas e inéditas, el reto ético de la sociedad es que esos avances no se establezcan sobre la necesidad o desigualdad de las personas.
Por ello, más que celebrar o condenar la subrogación de vientres, el desafío está en repensar esta práctica desde la justicia y la responsabilidad colectiva. Una sociedad cien por ciento libre no es en la que todo se puede obtener mediante un pago, sino que es aquella donde nadie necesite vender su cuerpo para sobrevivir. Solo cuando la maternidad se deje de medir en contratos y se vuelva a contemplar como un acto de vida y no de mercado, podremos hablar de progreso con sentido humano y social.



