El perro tapatío

Foto: Andrés Felipe Carmona

Andrés Felipe Carmona
Universidad de Caldas
A finales de octubre, viajé a México. Entre muchas situaciones destacables, como de mi aversión a viajar, mi miedo a perder mis objetos personales, o el hecho de que iba a presentar un panel en una convención de una ciudad desconocida en mi primer viaje internacional, que fueron situaciones importantes a superar, ni siquiera eso; o el hecho de que tuviera que competir en un concurso de baile, estar en medio de una búsqueda de objetos o actuar Caperucita Roja, por encima de todo, lo que más destaca es que tenía que enfrentar todas estas situaciones vestido de perro gigante.
La comunidad furry nació como una subcultura de internet basada en el gusto por seres antropomórficos con características animales. Los miembros de esta comunidad se pueden identificar porque la amplia mayoría de ellos posee lo que conocen como una “fursona”, una interpretación artística de ellos mismos donde se representan con formas animalescas de seres humanoides. En mi caso personal, representado por un híbrido, mitad león, mitad lince, llamado Kovua. En esta comunidad, poblada por una gran cantidad de artistas, dibujantes sobre todo, la representación de la fursona está a la orden del día. Los dibujos muchas veces son moneda de cambio entre miembros de la misma comunidad furry y muchos artistas son cotizados por cifras exorbitantes.
Sin embargo, las ilustraciones gráficas de las fursonas muchas veces no son suficientes para dar una inmersión completa a la representación, sobre todo cuando se trata de reuniones de varios furrys en la realidad. Al ser una comunidad ampliamente expandida en internet, la interacción en persona puede llegar a ser desde intimidante hasta agobiante para algunos furrys. Como una medida artística de llevar esta representación a un nuevo nivel en la realidad, se crearon las “fursuits”, unas botargas, normalmente conformadas por varias piezas, que emulan a tu fursona. Las fursuits nacieron como elementos representativos, pero se han vuelto artículos de lujo. Aquellos que hacen fursuits son llamados “makers”, y pueden llegar a cobrar bastante bien dependiendo de su trayectoria y calidad. La parte más fundamental de una fursuit, según Yipzet, maker colombiano que me acompañó a este viaje, es la “head”, pues la cabeza refleja la cara del personaje, lo más identificable. Muchas veces también es la que más material se lleva. Algunas heads son hechas en impresión 3D y recubiertas con tela de peluche, las más tradicionales están hechas de espuma y recubiertas con tela peluda, algunas tiene luces, ventilación por cable, algunas paneles luminosos. Aún así, incluso las más comunes y fáciles de fabricar, para precios de mercado, superan el medio millón de pesos. Otras partes como las colas, dependiendo del largo, las “paws” o manos y las “footpaws” o patas, son considerablemente más baratas. Algunos, los más pudientes en la comunidad, pueden optar por el llamado “fullsuit”, que incluye el cuerpo del personaje, y como tal, lleva una gran cantidad de tela, eso sin contar los patrones del pelaje y muchas veces el trabajo adicional en las piernas y brazos. La confección de un fullsuit puede en muchos casos superar los 2 millones de pesos.
Y ahí estaba yo, a punto de entrar a la reunión furry más grande de latinoamérica, con una head prestada de un perro llamado Cappy, una cola que estorbaba cuando andaba, mis paws y manos sudadas de los nervios, y un montón de determinación para enseñarle a la gente que fuera a mi charla de cómo hacer amigos y generar comunidad.
Lo primero que notas al entrar a la Confuror, la convención que se realiza cada año en Guadalajara, es un constante ambiente festivo. Puede que fuera por la costumbre a que la fila de entrada durase más de cinco horas los años anteriores, pero la gente ya tenía estrategias para aguantar la espera. Desde concursos de karaoke hasta juegos de cartas, los pequeños grupos de personas se iban formando alrededor de la entrada. En la amplia mayoría había al menos un fursuit. Al ser panelista, mis compañeros y yo pasamos con cierta prioridad, y justo en el registro nos dimos cuenta de la segunda situación que aprendes de los furrys, y es el concepto de “popufur”, que es como se cataloga a las personas más populares en la comunidad, pues, según entramos, nos atendió un rostro ampliamente conocido en la comunidad angloparlante. Pepper Coyote, el famoso músico furry, estaba ayudando con el registro.
No es la única celebridad de esa índole que nos encontramos. Este año, los invitados especiales fueron dos artistas asiáticos de amplio recorrido, Cheetahpaws y Takemoto, de este último se vendió una comisión en la subasta de caridad de este año por aproximadamente unos 10 millones de pesos. Entre la marea de casi 3000 personas pudimos hablar personalmente con Samuel Conway, un reputado investigador estadounidense en campos de farmacéutica, biomedicina y agroquímica el cual es mejor conocido como el Uncle Kage, director ejecutivo desde 1999 de unas de las convenciones más grandes del mundo, la Anthrocon, el cual expresó el gusto de participar en actividades de la convención.
El panel que presenté, Mentalidad de manada, cómo fortalecer comunidades pequeñas, fue una experiencia sin igual. Generar comunidad en ciudades pequeñas o pueblos es muy complicado, adicionalmente, por sus gustos, muchos furrys pueden llegar a ser muy introvertidos, por lo que entablar relaciones se puede volver complejo por el miedo a ser juzgado. Esto hace que muchos furrys se quieran relacionar entre sí, y para esto era el panel. Más de una docena de personas se acercaron, y se les planteó una actividad simple. Debían dibujar a una persona en su mesa que no conocieran, y debían regalarle ese dibujo. Este compartir de experiencias con regalo incluido generaba vínculos palpables entre los participantes, lo cual generó nuevas relaciones entre ellos que podrían llevar a una amistad. Se les pidió que repitieran esto en sus comunidades pues había de todos los lugares del mundo. Hubo un caso en especial que me marcó bastante. Una niña, que proteger su identidad evitando mencionar nombre o apodo, fue con sus padres. Con tan solo 12 años ella misma ya había confeccionado su head, su cola, sus paws y sus dibujos eran muy buenos. Se veía que desde bastante jóven tenía una gran capacidad artística y sus padres la apoyaban. Me dio algo de nostalgia, por mi y por la amplia mayoría de personas en esa mesa y en esa convención, pues muchos ocultan ese gusto con sus familiares y amigos. Me llenó de felicidad que al menos aquella niña tuviera el espacio para crecer haciendo el arte que ama.
Diría que el amor es aquello que justamente mueve a los furrys. En el concurso de baile, incluso al ser una competencia, la buena vibra y la camaradería eran lo más destacable. Incluso en las competencias más feroces siempre había una gran pasión por lo que se hacía. Como ejemplo de este compañerismo en los entramados más internos: al estar participando en las llamadas Floor Wars, donde antes de seleccionar a los competidores había que hacer un casting donde probaban tu ritmo y habilidad, la amplia mayoría de participantes alentaban a los novatos como yo, insistiendo que lo importante era divertirse bailando, sentir y vivir el momento más que preocuparse por el ridículo. De normal, el ridículo vendría de estar vestido de perro gigante, pero al estar todos en una condición similar, era un lugar bastante cálido y cómodo para generar compañerismo.
Uno de los eventos más importantes todos los años es la subasta de caridad, donde se refleja el amor por las causas nobles. Este año la caridad iba para la conservación y protección del tamanduá, un oso hormiguero endémico de México. Se recolectaron, en pesos colombianos, casi exactamente 90 millones de pesos. La alegría de parte de las directoras del Proyecto Tamandúa era enorme. En el discurso de cierre se les quebraba la voz en llanto de emoción. Varias de las casi 3000 personas ahí presentes rompieron a llorar junto con ellas. El sentimiento de ayudar a la fauna silvestre, de parte de personas que personifican esas especies, fue uno de los momentos más bellos de todo el evento.
Hay algo especial en ir a una convención. Es algo más allá de la camaradería y la confidencia. Es ser parte de algo más grande, el nutrir la comunidad. Saber que todos ahí están conectados por un amor a lo que hacen, porque sin importar el color del pelaje, todos están para poner su grano de arena en el gran ecosistema a través de su profesión. Todos pueden ser furrys, sin importar quienes sean o a lo que se dediquen, y todos pueden usarlo para unir a otros y generar una gran manada, aquí y en cualquier lugar del mundo, ya sea yo un perro tapatío o manizaleño, puedo formar una gran manada dentro del furry fandom.



