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El zorro tricolor

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Oriana Escobar Castillo

Universidad de los Andes

En un río, cerca de las montañas, un zorro se encontraba bebiendo agua. No era cualquier zorro, pues en su encantador pelaje amarillo, azul y rojo se revelaba lo que su destino trazaba.


Aunque suene a engaño, este animal no andaba en solitario. Era parte crucial de una manada cuyos valores su potencial limitaban, obligándolo a someterse a una vida no correspondida, donde, por más auténtico que fuera su exterior, siempre sería un zorro del montón.


Mas, sin embargo, ese día algo había cambiado. El amarillo se transformó en dorado y, poco a poco, se fue propagando. Al levantar la mirada, a lo lejos del horizonte, una luz irradiaba riqueza y abundancia. Fue entonces que decidió que era la oportunidad, su oportunidad.


—Hermanos, llegó el día que hemos estado esperando.


Mientras los demás se miraban con extrañeza, este continuó:


—No seguiremos soportando las humillaciones de otras especies. Somos considerados sucios carroñeros, poco merecedores y, por mucho, perdedores. Vivimos como servidores; nos dejamos pisotear y hasta el animal más débil se atreve a tratarnos mal.

—¡Hoy digo basta! A las burlas, a los malhechores, a todos aquellos que nos menosprecian. Así que, sin más preámbulo, síganme y conocerán la grandeza.


Quizás habrá sido por el brillo que los cegaba o la pasión desde la cual hablaba, pero todos decidieron seguirlo, convencidos de que la verdad absoluta se hallaba en sus palabras.


Al llegar a ese mundo desconocido, el zorro se pronunció:


—Lo prometido es deuda. Ahora gocen de los recursos que les proporciona esta nueva tierra. Pero recuerden, antes que líder, soy su hermano y siempre velaré por que sus derechos no sean vulnerados.


Sin embargo, con el pasar de los años, las palabras se fueron olvidando. Mientras el zorro disfrutaba del fruto proveniente de la tierra, decidió expandir sus fronteras, generando el desplazamiento de todo aquello que se considerara un estorbo para satisfacer sus antojos.


Tras el abandono, el despojo y el aumento de las precariedades, se fue apoderando un sentimiento abrasivo, agresivo y un poco tortuoso en estos animales.


Como consecuencia, se formaron resistencias que, en un inicio, luchaban por la justicia y la transparencia, pero pronto su ideología se vio comprometida, provocando la pérdida de los considerados forasteros, con quienes en un pasado convivieron.


Para remate, muchos, al notar lo que había más allá del océano, decidieron desafiar la normativa y optar por una alternativa, haciendo negocios poco éticos, turbulentos, violentos y fructíferos, en efecto.


La noticia llegó a los oídos del zorro, quien, para su sorpresa, contempló la idea de comercializar en otras tierras. Apuntando con su nariz en dirección al océano, en su pelaje el azul pasó a ser lo primero.


El intercambio marítimo se convirtió en un éxito, pero, en lo más profundo, se ocultaba aquel emprendimiento que generaba gigantescas ganancias y, a pesar de que el zorro se encontraba en aquellas andanzas, ocultaba su patrocinio mientras recibía beneficios y alguno que otro incentivo.


Incluso en los discursos hacia su pueblo siempre mencionaba que estaba en desacuerdo y que él mismo se encargaría de detener a los delincuentes que estuvieran detrás de aquel acto desobediente.


Continuaron los enfrentamientos, forzando al noble zorro a ponerle freno al conflicto interno, bélico.


Con mucha tristeza, se dijo a sí mismo:


—¡Necesitamos generar seguridad, así nos toque sacrificar!


Y puso en marcha su plan.


Fue entonces que se forjaron alianzas entre grupos al margen de la ley y aquellos que la decían proteger. Pero, como era de esperarse, la armonía duró poco. El sufrimiento de inocentes se hizo presente; el testimonio de agresores reveló las verdaderas intenciones y se intensificaron rumores sobre las ocultas negociaciones.


Escandalizados irrumpieron en busca de respuestas. Esperando a que el zorro saliera de su cueva, los alaridos no pararon hasta que este asomó su cabeza.


Untado, señalado, mas nunca condenado ni asustado. Dispuesto a demostrar de qué estaba hecho, miró con desconsuelo y se explayó ante el flagelo:


—Me duele, me duelen, pueblo indolente. Se los puedo firmar sobre piedra, mármol o, incluso, madera, si es necesario, la falsedad de estas acusaciones que osan desestabilizarnos.

—Esta es una nación que se rige por la armonía y la existencia de manifestaciones está prohibida.

—Así que, se acabó la guachafita, puesto que los delincuentes, insurgentes y desviados no son más que un chiste que no da risa.

—Yo… yo no me ando vendiendo. Yo solo recibo donaciones o préstamos.

—Por último, aclaro que su inocencia sigue sin estar comprobada y, en caso de estar equivocado, todo lo hicieron a mis espaldas.


Mientras se escucha un estallido, el zorro se desploma y, dirigiéndose a su pueblo, responde:


—Ay… mi descendencia, que me ven en decadencia. Mientras el rojo se apodera de mi cuerpo, de mi apariencia. Recuerden que fui tachado de corrupto, malicioso y tramposo, por ser astuto e ingenioso.


Ante el silencio, un hijo se levanta y pregunta sin inquietarse:


—¿Cincuenta por el pelaje y ochenta por la carne?

ISSN: 3028-385X

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