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Jaime Garzón: la voz de la educación pública y el silencio de una sociedad sorda

Foto: Mauricio Dueñas / EL PAÍS
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Karol Valentina Hernández

Universidad Francisco José de Caldas

Hace exactamente 26 años, Colombia perdió a una de sus voces más influyentes en la crítica política y social: Jaime Hernando Garzón Forero, quien, a través del humor retrató la cruda realidad de un país marcado por la corrupción, la violencia y la desigualdad. Nacido el 24 de octubre de 1960, Garzón estudió derecho en la Universidad Nacional de Colombia, pero se destacó como funcionario público, activista, periodista y pedagogo.


Hoy, en la mayoría de las universidades públicas, su retrato es un símbolo de resistencia y memoria. El más icónico se encuentra en la Universidad Nacional, donde su imagen cubre el edificio blanco en la Plaza Santander desde 2016, un recordatorio de la paz que siempre defendió y del costo de la injusticia en Colombia. Garzón, más allá de su sátira política siempre subrayó la importancia de la educación como herramienta para construir una sociedad más equitativa y reducir la ignorancia que perpetúa el estado en el país.


En numerosas ocasiones, Garzón defendió la educación pública, afirmando que debía ser protegida y que el estado tenía la obligación de garantizar una educación de calidad para todos, especialmente para los más desfavorecidos. Este mensaje, transmitido con frecuencia en sus intervenciones, resuena aún más fuerte hoy en un contexto donde las universidades públicas siguen siendo escenarios de lucha por derechos fundamentales.


Un ejemplo reciente es la Universidad Distrital, donde hace menos de un año, los estudiantes luchaban por una educación de calidad y cambios estructurales de la mano del consejo estudiantil. Sin embargo, en lugar de atender sus demandas, el rector Giovanny Mauricio Tarazona implementó reformas que parecían diseñadas para limitar y desmejorar las oportunidades educativas.


El legado de Garzón se celebra cada año, pero parece que sus advertencias han caído en el olvido. En su tiempo, denunció la falta de apoyo económico para la Universidad Nacional, señalando que los edificios se caían a pedazos. Hoy, la situación no ha cambiado; los edificios siguen deteriorándose, y el sistema educativo continúa siendo víctima de la indiferencia gubernamental.


En 2019, Dilan Cruz, un joven estudiante que protestaba pacíficamente en Bogotá, fue asesinado por un agente del ESMAD, convirtiéndose en símbolo de la represión que enfrentan quienes alzan la voz por sus derechos. Desde 2018, al menos 18 estudiantes han muerto en el marco de las protestas estudiantiles en Colombia y cientos más han sido heridos o detenidos. La violencia contra quienes defienden la educación pública refleja un patrón de represión que no es nuevo, pero que sigue siendo igual de mortal.


La sociedad colombiana salió a la Plaza de Bolívar en 1999 para rechazar el asesinato de Jaime Garzón, una figura que tocó muchos corazones al dramatizar personajes irreverentes que sin filtros revelaban verdades incómodas. Sin embargo, el simple acto de exponer la realidad sigue siendo, 26 años después, una razón suficiente para silenciar voces con balas.


¿Cómo es posible que a pesar de lo ocurrido, los colombianos sigan sin comprender ni condenar estos actos represivos? La lucha de Garzón por la justicia y la educación pública fue truncada por la violencia, al igual que la de muchos estudiantes que al protestar por sus derechos, han pagado con sus vidas. El activismo de Garzón fue asesinado por sus ideas, pero hoy sus ideales sobreviven en las aulas y en las calles, donde los estudiantes siguen resistiendo, arriesgándose a perderlo todo.


La lucha de Jaime Garzón por una educación pública digna y de calidad sigue siendo relevante hoy, más de dos décadas después de su asesinato. Sus palabras resuenan en cada protesta, en cada marcha estudiantil, recordándonos que la educación es un derecho que debe ser defendido a toda costa. Sin embargo, la realidad de los estudiantes que enfrentan la represión nos muestra que el camino hacia una sociedad más justa y equitativa sigue estando plagado de obstáculos. Es imperativo que como sociedad aprendamos de nuestro pasado y dejemos de repetir los mismos errores, honrando el legado de aquellos que, como Garzón, dieron su vida por un futuro mejor.


“Creo en la vida, creo en los demás, creo que este cuento hay que lucharlo por la gente”-Jaime Garzón

ISSN: 3028-385X

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