La audiencia post mortem del señor Bachmann


Miguel Magín De La Cruz
Universidad Javeriana de Cali
Damas y caballeros del jurado, hoy he muerto. Sobre mi muerte no hay nada que yo pueda decirles que ya no lo haya hecho la autopsia que vieron anteriormente. El diagnóstico es claro: mis cuentos me han matado.
En efecto, mientras cortaban mi cuerpo —¡cómo lo sentí!—, las letras salían rojas por mis venas, untadas de mi negra sangre. Me he ahogado en mis letras y nadie hizo nada por detenerme. ¡Todo lo contrario! Lo único que escuchaba era «¡Escribe más, anciano, ¿acaso no ves que tus lectores lo piden desde hace tiempo?!», y también, «¡oh, señor Bachmann! ¿De dónde usted saca tanta inspiración?». Lo cierto es que todos los cuentos que escribí en vida, de los que ahora están al lado de ustedes como la primera evidencia, eran lo poco que de mi cuerpo podía salir. La astucia, el ingenio y la perspicacia de colocar en orden las letras de tal manera que formaran un cuento, eran naturales; siempre lo fueron. La inspiración no venía de ningún lado: el forzarme a escribir, tal como lo hicieron, era el equivalente de inducir el vómito en una persona normal.
De cualquier forma, dentro de mí no había más que, cual proyecto de Borges, un jardín de senderos que se bifurcan. Así, las letras en mi sangre se formaban, alineaban y apelmazaban para engendrar aquellas curiosas historias que tanto me caracterizaron en algún momento; pero no solo una, ni varias: creaban tantas como combinaciones de letras posibles. Los resultados de mi autopsia (y perdón por retomar el tema de manera tan brusca) fueron concluyentes: tres escritos más salieron de mi cuerpo de manera póstuma. Estos son la evidencia número dos y están en manos de la defensa en este momento.
Queda añadir que esto —lo que el jurado está leyendo ahora— es el último de los relatos que saldrán de mi persona. Tumbado en mi cama, postrado y con la enfermera atendiéndome, las palabras fluyen desmesuradamente por todo mi cuerpo de manera tal que me resulta imperioso ponerlas por escrito; es aquello que pondrá fin al catálogo de universos creados. Redacto, pues, la presente carta, ilustrado por las palabras de una manera que nunca, hasta este momento, había vivenciado; me enfrento a la horrible premonición de todo lo que acontecerá después de mi muerte.
Por consiguiente, y ya para finalizar, damas y caballeros del jurado, quiero decirles: quien fuere la persona que estén juzgando responsable por mi muerte, ¡no ha sido! El único culpable de mi fallecimiento he sido yo. Yo y, como dije al principio, mi particular condición. ¡He aquí que tengo el conocimiento de lo que implicará este corto relato! Y así, yaciendo en mi cama, sudado y nervioso, anoto con premura todo lo que de mi cuerpo logra salir. Lo hago mientras mi enfermera, preocupada, me pregunta:
«Wie geht’s dir, Bachmann?»
(Traducción del alemán: «¿cómo se encuentra, Bachmann?»)



