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La brillantez de Dios

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Juan Carlos González

​​Corp. Unificada Nacional de Educación Superior

La brillantez de Dios no tiene medida; no se puede contener en una regla matemática ni en un recipiente tangible.


Luego de tantos años de búsqueda interior, de caminar solo bajo la sombra, siendo impulsivo ante los deseos de la carne, que siempre se inclinan hacia mi maldad, hacia la parte más oscura y negativa del ser, comprendí que lo peor era que mi carne se sentía satisfecha: le generaba placer el pecado. Pero entre más placer, más dejaba mi edificio en ruinas; mi casa se desmoronaba, mi banco se quedaba sin fondos y mi salud se deterioraba, pues no hay médico que cure el dolor del alma.


Ese era yo: un alma en pena, un alma perdida, que temía la presencia de Dios. Por eso prefería estar entre sombras, porque a la luz mi alma se incomodaba, mis ojos se encandilaban y mis faltas salían a flote. Ese día fue el día en que desperté.


Firmé mi suspensión laboral: seis meses. Seis meses sin sustento para mi familia, sin un peso en los bolsillos para tomar un bus rumbo a casa. Caía la tarde; caminaba sobre la Séptima de Bogotá, ese lugar mágico en el cual el sol se esconde detrás de la inmensidad de las montañas y los edificios, con el pavimento de ladrillo rojo y las estaciones a tope, pues las personas caminan urgidas para llegar a sus hogares.


Los pordioseros sonaban sus tarros con algunas pocas monedas que retumbaban en mis cavidades, pues es agudo el sonido de la miseria. La vida pasa lenta cuando el dolor se presenta. Veía con nostalgia todo: todo tenía un significado, todo era poesía. Los locales cerraban sus puertas metálicas que crujían y anunciaban el fin de una jornada extenuante. Las sirenas de las ambulancias y patrullas recordaban con intensidad la maldad y la fragilidad de la vida. Siempre había alguien muriendo, sufriendo.


Eran casi seis kilómetros de trayecto, en los que ese ocaso del día me hacía reflexionar. Tenía que pensar qué comería mi familia al día siguiente. Reflexionaba sobre Dios: ¿debería realmente preocuparme por qué comeré? ¿Acaso las aves del cielo se preocupan por eso? Dios se encarga de alimentarlas a diario. Pero ¿qué soy yo al lado de un ave? Pues nada. Aunque las aves llenan el día de paz con sus cantos, yo y mi cuerpo solo hacemos y pensamos en el mal. Solo quería encontrar a Dios, reclamarle por haberme dejado escapar de su aposento.


Llegué a mi casa. Tomé la chapa metálica, fría al tacto. Al ingresar sentí el caluroso ambiente que brindan una esposa y los hijos. Al fin, una paz momentánea. Ya estaba servida la cena: un poco de caldo con fideos y una leve sustancia que desprendían algunos huesos de pollo, pues era lo último que quedaba en la nevera. Tomé los alimentos. Ese día no agradecí, pues no me sentía digno. De pronto, mi acto de agradecimiento habría sido una ofensa para esos que se acuestan sin un plato de comida.


Yo quería creer, quería tener fe, pero mi pecado me había llevado a una desconexión moral con su presencia.


Luego de fingir estar presente mientras mi esposa oraba y agradecía por su fantástico día, por ser madre, por ser esposa, por ese caldo con los restos de pollo, yo solo fingía estar. Asentía con la cabeza a sus oraciones, pero definitivamente no sentía nada. Si la sopa era insípida y sin sustancia, mi corazón lo era más; mi alma estaba más desabrida, mis aguas sin sal.


Mi esposa, al terminar, se acostó en su lecho. Me asombraba la paz de su descanso, pues le bastaban pocos segundos para conciliar el sueño, cosa que envidiaba. Hacía casi un año que el insomnio me atropellaba en las noches y me obligaba a pensar en mi triste realidad, en mi cruel destino. Estaba seguro de que la pobreza a mi esposa no le importaba y que me acompañaría en el cruel destino de la miseria; pero no estaría si se enterara de mis infidelidades, de mis desparpajos humanos, de cómo he hecho el mal y de cómo mi cuerpo amaba el mal.


Solo cerré los ojos en un acto de desesperación y le hablé a Él, al que seguramente me había creado, al que me cuidaba y me incomodaba cuando mi vehículo ingresaba a esa senda sin pavimentar, la cual salpicaba por todos lados y me ensuciaba, formando una gruesa capa de mugre que me alejaba cada vez más de Él.


Miré hacia el techo. Mi esposa, que era fanática de las estrellas, había colgado un par de ellas en el techo: puntitos de color verde neón. Mi mente se hacía la ilusión de que algunas se movían, y mientras me perdía en medio de esas constelaciones, le dije:


—Si existes, muéstrate. Si tú existes, haz algo que me quite esta angustia y muestre tu presencia. Eres omnipresente, ¿no? Entonces haz algo por mí: apaga alguna de esas estrellas brillantes de este cielo artificial de mi cuarto. Apaga una. Hay cientos. Yo solo te pido que apagues una de ellas. Si tú estás aquí y eres tan poderoso, apágalas y quítame este dolor del alma.


Pasó algo que no se puede describir con palabras. Creo que nunca había tenido tanto miedo, pues, en un acto de amor profundo, mi esposa, entre dormida, lanzó una caricia con su mano suave sobre mi rostro y la reposó sobre mis ojos. Efectivamente, dejé de ver las estrellas. Las estrellas se habían apagado. Las estrellas habían desaparecido de mi vista.


Esa mano que siempre había estado conmigo fue cómplice de una fuerza sobrenatural y misteriosa que apagó mis estrellas, que aterrizó mi ego. Fue ahí que entendí que Dios no solo existe, sino que existe… y es brillante.

ISSN: 3028-385X

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