top of page

La democratización de los intereses y el liberalismo inteligente

Foto: Getty Images
Samuel Sanabria.jpg

David Felipe Giraldo

Universidad Sergio Arboleda de Barranquilla

ADENDA: "Vivimos gobernados por la plata", pensaba mientras me preparaba un café para aguantar el crunch de escribir esta columna-ensayo. Lo pongo aquí al principio porque es, en gran parte, la misma dicotomía que quiero señalar a través de esta columna. El dinero tiene poco que ver con la viabilidad de las estructuras humanas, más allá de ser un mecanismo de poder como muchos otros. Hoy, diría que importan mucho más las narrativas de las que formamos parte. Vivimos gobernados por nuestros deseos y nuestra visión. Y si no los tenemos, vivimos gobernados por quienes sí los tengan. Según la OCDE y el FMI, factores de confianza, expectativas y percepción explican más del 40% del desempeño económico en contextos de incertidumbre como el nuestro.


En las clases de la Maestría en Administración de Negocios que estudio, me he acostumbrado a ver una medida que es, en gran parte, muy lógica cuando se quiere tener un pensamiento liberal. Pero también es un tiro en el pie cuando solo la tenemos en cuenta como utilidad: Los intereses.


Las definiciones de "Interés" de la RAE son varias, pero me quedo especialmente con estas dos:

  1. m. Provecho, utilidad, ganancia.

  2. m. pl. Conveniencia o beneficio en el orden moral o material.

Aquí hablo un poco del pensamiento "liberal", y con él no me refiero a los movimientos progresistas de orden social per sé, ni a un modelo económico específico, ni tampoco a un conjunto de ideas ligadas a las libertades individuales que la mayoría de la gente asocia con el término. Me refiero a la idea de que el desarrollo de las sociedades persigue, en conjunto, los intereses individuales que crecen a través de ella. La gente toma decisiones libremente por conveniencia, por ganancias, por valores o por ideales. Todas esas son formas del interés que pueden, o no, medirse económicamente. Una encuesta global de Nielsen en 2023 mostró que el 70% de los consumidores eligen marcas alineadas con sus valores antes que por precio—y alinearse con ellos puede ser apenas estrategia de marca.


La idea de intereses está intrínsecamente ligada a la idea liberal de libertad, porque define de manera muy estrecha cómo los seres humanos tomamos decisiones inteligentes incluso antes de tener en cuenta los marcos culturales que le den cabida o rechazo. Aun así, cuando pensamos en Interés, tendemos a pensar primeramente en las tasas de interés de los bancos estatales, las tasas de retorno de inversión. Eso nos puede llevar a asumir que los intereses son medidas puramente relacionadas con el crecimiento y las utilidades de los estados y las empresas. Uno puede asumir que las decisiones de las pocas y cada vez menos cabezas que concentran el capital del mundo son las que organizan el desarrollo como lo tenemos hoy día. El 1% más rico del planeta controla más del 50% de la riqueza mundial, y para mí esto es, en gran medida, una profecía autocumplida. Esto lo escribo con el caso de Colombia como ejemplo de la necesidad de replantear cómo calculamos y perseguimos nuestros Intereses Libres. Esto podría sonar a una tesis de izquierda, y quizás en parte sí lo sea. Pero lo que más quiero dar a entender aquí es que, en muchos casos, estamos intentando medir al pez por qué tan alto vuela, valorando el crecimiento de maneras muy parcializadas que le cortan las alas al sentido de responsabilidad que para mí debe surgir junto a la libertad.


Esta columna está parcialmente inspirada por el lanzamiento del libro "CALENTAMIENTO GLOBAL Y TRANSICIÓN ENERGÉTICA. CRÍTICA AL FALSO AMBIENTALISMO DE PETRO" de Jorge Enrique Robledo, a quien guardo en alta estima por su labor como docente y como congresista. Señalar que Petro (que tanto ha dicho en contextos internacionales) es un falso ambientalista es una crítica sumamente fuerte, que no comparto pero entiendo por dónde viene. No es una crítica que nazca por desentender el cambio climático, sino por revisar el ambientalismo como movimiento político y la necesidad de tecnificar y garantizar que a través de los pequeños impactos que sí podemos hacer se hagan grandes diferencias.


Entonces, revisemos los datos. Después de crecer 2.6% en 2023, el sector minero se desplomó -5.2% en el PIB de 2024. Esto reafirma la narrativa de Petro tanto como refleja cambios globales en el sector. Robledo afirma que las visiones de la transición energética que se oponen a sectores productivos como la minería, el petróleo y el gas deben entender el papel global que tenemos como país y como mercado. Colombia exporta el 99% de su carbón sin procesar y más del 70% del petróleo sin refinar: formamos parte de cadenas productivas como vendedores de materias primas, donde otros países utilizan nuestro carbón, nuestro petróleo y nuestras exportaciones agrícolas para generar valor que no nos devuelve. De la misma manera, aportamos apenas un 0,5% a las emisiones de gases de efecto invernadero mientras China aporta el 31%, EE.UU. el 14% y la UE el 8%.


Lo que veo a través de la crítica de Robledo es que para un ambientalismo complejo que realmente aborde el problema de manera holística, necesitamos dirigirnos también a las condiciones humanas que el cambio climático genera: el hambre, la disponibilidad del agua, y la posible pérdida de patrimonios tan importantes como la biodiversidad. Colombia está entre los 20 países más afectados por desastres climáticos según la FAO, y el 70% de los pobres vive en zonas rurales expuestas. Robledo defiende que somos víctimas antes que victimarios. "Este país es tan subdesarrollado que ni CO2 produce, es una manera de restregar a Petro su equivocación", dijo en la inauguración de su libro. La gran equivocación, le respondería yo a Robledo, es también ver a Colombia como el paisito periférico que cae víctima de los intereses de los “grandes impulsadores del desarrollo”, porque es también desentender que el desarrollo es una característica humana y que tiene diferentes visiones y diferentes fuentes. Este no es un argumento en contra de la globalización, ni una demonización de lo que significa formar parte de un mercado internacional como productores primarios, sino que es una manera de intentar hacernos ver que existe la necesidad de definir nuestro propio éxito sin caer en la retórica de ser un país en vías de desarrollo y que eso limite nuestro campo de acción como si tuviéramos que apegarnos a los modelos de desarrollo que nos utilizan como abasto. Es un problema epistemológico, que parte del cómo nos entendemos dentro de un entramado de narrativas que esperan que cumplamos papeles diferentes como país. Colombia también es la región más desigual del Caribe, con un índice de Gini de 54,8% en 2022.


Así que no podemos sentirnos víctimas del subdesarrollo o de ‘God Blessed America’ y esperar que la salvación llegue. Creo que tenemos muchísimas cosas que hacer, en parte porque estas políticas de la Transición Energética Justa (y los incito a buscar el término y enterarse de la forma como lo aborda el Ministerio de Minas) que se están aplicando aquí son perfectamente replicables por cientos de países en el resto del mundo para asegurar la sostenibilidad de sus sectores productivos rurales, incluyendo perfectamente las prácticas mineras. Robledo identifica también la necesidad de apostarle más al I+D+I , y en ese aspecto sí me encuentro profundamente de acuerdo.


Pensemos en el tejido social como una sábana, y en el desarrollo como la acción de pinchar un pedacito de esa sábana y halarlo. La teoría capitalista y la razón por la que se justifica que existan ciertos grados de monopolización como la propiedad intelectual para empresas y las patentes es que al halar ese pedacito del tejido social, el resto viene detrás. Pero otro efecto de eso es la desigualdad, una sábana totalmente vertical termina sin cubrir a nadie. La innovación no es más que intentar poner varios puntos para halar ese tejido, porque si el desarrollo viene de varias fuentes y nos diversificamos al mismo tiempo que nos especializamos, expandimos ese bienestar hacia todo el tejido, el crecimiento se vuelve horizontal. Ergo, la innovación es crecimiento justo, y no se encuentra tanto en la solidez de las instituciones y de las empresas sino en sus capacidades para reinventarse, que nacen más bien del liderazgo individual. Crecer de forma justa implica asumir riesgos altos.


Hablemos del elefante en la habitación colombiana. Tenemos un sector privado donde el suministro de energía para las áreas urbanas, que representa la mayor parte del negocio, está plagado de monopolios: elefantes blancos y costosos que dependen de modelos de negocio con regulaciones fuertes pero inexactas, y carteras duramente afectadas por la nula disposición del estado para incentivarlos. En el Caribe, una sola empresa (Afinia o Air-e) controla más del 80% del mercado eléctrico. En Bogotá, Enel distribuye y comercializa a más de 3,5 millones de usuarios. Empresas productoras de fósiles como Ecopetrol y Canacol, o distribuidoras como Promigas que tienen inversiones sociales muy fuertes, en este momento no pueden ver florecer las grandes ideas y proyectos que los motivarían a adoptar la transición energética. Para ellos, esas ideas son líneas alternas de negocio surgiendo en un país con alto riesgo y alto costo de capital, cuando ellos están en modo cactus para aguantar la sequía. Mientras tanto, el gobierno confía en que las comunidades rurales, indígenas y las operaciones pequeñas que han impulsado especialmente en la región andina funcionen y crezcan cuando, como participantes del mercado, son como las panaderías de barrio y no como X marca de supermercados. Son estrategias loables, y entiendo que lo que persiguen es algo diferente, a través de diferentes esferas con diferentes alcances. Pero no generan valor agregado si las medimos de la misma manera que queremos medir a los elefantes, porque no existen para ser competitivas sino para atender necesidades.


El problema está en que este modelo transicional de la TEJ (Transición Energética Justa) deja por fuera a intereses privados, obviando que son los grandes contribuyentes sin ofrecerles buenas medidas para cerrar la brecha de costo de capital para asumir los grandes proyectos de transición. A menos de un año de elecciones todavía no he leído propuestas (ojalá verlas) que retomen seriamente ese espacio, sea para fomentar la transición o para regresar al extractivismo. De tal manera que, al remontar la derecha, temo el efecto rebote y que sean esos pequeños productores quienes en cambio se queden sin motor. ¿Quién es más importante? El 90% de los proyectos comunitarios de energía en Colombia produce menos de 1 MW/h, y aun así apuntan a llevar energía sostenible a comunidades que encuentran un gran valor en eso. ¿Pero cómo podemos medir si esto realmente es un uso responsable de la plata? El ritmo de crecimiento del PIB no aumenta, la energía generada no aumenta sustancialmente, los recursos se atomizan y no hay una concentración real de capital. No se aplica la lógica del embudo que caracteriza a los objetivos capitalistas. ¿Pero podemos realmente medir ideales puramente sociales y de bienestar de comunidades a través de medidas cuantitativas, cuando son ideales de naturaleza humana?


Para el sector privado, hay varias ideas en la responsabilidad social y en los marcos de sostenibilidad, formas de medir como encuestas que miden la percepción de qué tanto nos acercamos a esos objetivos, pero el marco legal que existe alrededor de ellas no las trata como requerimientos sino como valores agregados. Nos acostumbramos así a competir contra nosotros mismos en marcos donde ver a esas grandes empresas productoras como Ecopetrol nos hace sentir que estamos girando las tuercas, cuando exportamos crudo e importamos procesados, ergo, pagamos a otros valores agregados por lo que nosotros hacemos amarrados. Lo que crece así en el PIB no es la economía interna, sino el qué tanto ponemos de nuestros recursos al servicio del resto del mundo. Relacionados, sí, pero es una relación temporal con costos permanentes. Y no nos enamoramos del trabajo sino del éxito de las empresas y de su marca, que es por naturaleza una historia, con un inicio y un final. ¿Simplificamos nuestra economía para competir drenando nuestros recursos? ¿Competimos como mano de obra contra las condiciones esclavistas del sudeste asiático? Colombia necesita reinventarse para crecer, y la necesidad es la madre de todos los inventos.


Colombia está en un momento de su historia que a mí me parece igual de aterrador y fabuloso. Estamos entrando donde nadie la tiene realmente clara, pero también tenemos la oportunidad de ser un país que explore terrenos de la filosofía y de las políticas públicas tanto como hemos explorado la cultura y el saber. Estamos en el momento de hacer lazos para el desarrollo con los nuestros en América Latina y el sur global, y de definir un camino de libertad a través de generar valor en nuestra economía y en la del mundo, de llevarle bienestar a través del estado a nuestra propia gente. Todo esto lo podemos lograr a medida que encontremos valor en fomentar mercados que sean tan libres como responsables y nos dispongamos a proteger a las personas y sus capacidades creativas más de lo que protegemos intereses estructurales. Para cambiar, hay que estar dispuestos a desestructurar.


Estamos en una dicotomía espectacular cuando comparas el caso de Colombia con el caso de potencias pujantes en tecnología como China y Estados Unidos. Ellos tienen claro que su modelo de crecimiento acelerado y acelerante requiere de angostura. El movimiento MAGA realmente busca convertir a los Estados Unidos en una entidad hiperproductiva con mercado libre para monopolizar y abandonar el estado de bienestar. Yo estoy de acuerdo con Petro en que esto nos cuesta a la humanidad, y me parece sumamente importante que las personas lo entiendan independientemente de llamarse de derecha o de izquierda. Esto nos deja atrás e intenta, filosófica y literalmente con el caso de nuestros amigos mexicanos, levantar paredes entre el tercer y el primer mundo. Hasta hace algunos siglos los valores conservadores cristianos prohibía cobrar intereses. De la misma manera, los intereses éticos de la libertad se diluyen en países como China donde el estado padrino se convierte en Gran Hermano, y conocemos las condiciones laborales en el sudeste asiático que permiten que para todo propósito presten esclavos al mundo. Para nadie es un secreto la cantidad de censura que existe en China; el mercado privado está amarrado a intereses políticos y a través de esa conexión han acelerado su crecimiento. Ambos, el camino de China y el de EEUU, son caminos que se vuelven más y más angostos dentro de un mundo que se aprieta con instituciones para la paz que no logran ponerle reglas a los que la dirigen, y que no predican paz con el ejemplo.


Surge entonces la pregunta de cómo abordarlo. Nuestro sistema de regalías ya es una figura de retorno que intenta apuntar a los intereses complejos, complejos así como el ambientalismo que señala Robledo, donde podamos pensar en valores humanos que se pueden traducir a valores económicos. El Sistema General de Regalías movió 31 billones entre 2020 y 2024, pero solo el 58% fue ejecutado, según las cifras oficiales del DNP. En la entrevista con Daniel Coronell presentada por Univisión, Petro afirma que “eso se lo han robado”. Pagar para abrir y cerrar el mismo hueco mueve la economía, ya lo sabía Keynes, pero donde no hay mejoras reales no hay un desarrollo social.


La narrativa de Petro se concentra más en medir justicia territorial que rentabilidad, inclusión en vez de PIB, y acceso en vez de crecimiento. Para garantizar que el verdadero cambio es económicamente viable y que Colombia pueda abanderar un progresismo que sume para la economía global, es vital que el progreso social y el económico vayan de la mano, y eso se hace estableciendo desarrollo, creando innovación y creando seguridad, protegiendo a las personas por encima de a las ideas.


El desarrollo liberal consiste en permitir que los intereses florezcan en libertad, pero hoy medimos y favorecemos los intereses de quienes manejan el capital. No hay mejor momento para retar esa narrativa. ¿Estaremos de acuerdo para retarla de cara a las elecciones de 2026?

ISSN: 3028-385X

Copyright© 2025 VÍA PÚBLICA

  • Instagram
  • Facebook
  • X
bottom of page