La paz comienza donde el arte toca la herida

Foto: BogoArt

Cristian Andrés Ordóñez
Comfacauca
En el país que amo, tristemente la violencia tiene más historia que la propia esperanza. Pero el arte (en cualquiera de sus expresiones) sigue siendo de las pocas herramientas de paz que nos quedan. Y no es exageración decirlo: cuando miramos a profundidad este país nos damos cuenta de sus fracturas, sus heridas sin cerrar. No solo son las dejadas por las balas perdidas, desapariciones, desplazamientos o corrupción institucional, sino también las que se gestan en el alma colombiana: la indiferencia, el cansancio de que nada cambie. Mi país es un cuerpo marcado por cicatrices que se maquillan con discursos vacíos y con promesas de reconciliación que nunca llegan al corazón de las comunidades.
Y a pesar de todo, aún queda una guitarra, piano o violín que resiste, una pintura que denuncia, un actor o un poema que nombra lo innombrable, incluso un humor que, más allá de parecer vulgar, nos ayuda a procesar el dolor cuando ya no hay otra forma de decirlo. Paradójicamente, aquello capaz de suturar estas heridas, sigue siendo invisibilizado, reducido a un lujo o adorno de las agendas públicas.
El arte no debe ser un lujo de los que pocos vivan, tiene que ser un derecho humano y fundamento de las vida en las comunidades. Proyectos como Arte y alteridad para la paz nacen de la convicción de que el arte no solo entretiene, sino que transforma. Y sin embargo, ¿cuántos colombianos los conocen? ¿Cuántos medios hablan de ellos con la misma vehemencia con la que narran desde la división? El país ha olvidado que el arte también construye memoria, que es una pedagogía de la empatía. Y sin memoria ni empatía, la paz se vuelve un concepto vacío.
Vivimos tan saturados del monstruo de la polarización que se nos olvida sentir. Mientras algunos políticos buscan “destripar a..” como lo dijo Abelardo de la Espriella, o como el candidato presidencial Polo Polo diciendo: “en 2026, vuelven los bombardeos” como si ir en contra de los que piensan distinto, o el que solo centrar sus propuesta en la fuerza bruta fuera a resolver verdaderamente algo.
Y en estos espacios el arte propone un camino inverso: crear, no destruir; sanar, no castigar ni olvidar; escuchar más, imponer menos. En esa inversión del “orden”, el arte se vuelve revolución, no nos libra del dolor, pero nos enseña a mirarlo de frente, a reconocerlo como parte de lo que somos y resolverlo con fuerza. Nos recuerda que dentro del dolor que habita en cada persona y comunidad, las obras se convierten en una manera de reconciliarse con la propia fragilidad, logra transformar la herida en algo que comunica, une y humaniza, como un gesto subversivo que apuesta por la ternura, la comunicación, la palabra, la belleza. Porque al final crear es una forma de amar. Transformar la herida en algo que comunica es, en sí mismo, un acto de amor y comunidad; y amar en un país que ha aprendido a odiar ya es una forma de resistencia y revolución.
Pero esta revolución enfrenta varios problemas. No es solo la indiferencia social, sino la desconfianza que generan las propias políticas estatales. Y cuando hablamos del arte en relación con lo público entramos sin querer en un ámbito de sospecha… ¿Acaso se está politizando el arte?, ¿Acaso se está planteando que el arte dependa del estado o que se subordine a una agenda? No, la intención no es envolver al arte en una lógica estatal ni pretender que su existencia solo puede depender de programas, ministerios o presupuestos. Hay que empezar a plantear precisamente lo contrario, de que el arte no debe de ser consumido por el estado, pero tampoco puede seguir siendo ese milagro para unos pocos que logran sobrevivir a la precariedad.
Precisamente que el arte esté en diálogo con lo público no significa convertirlo en un instrumento político, es más bien, buscar reconocer que su acceso, su circulación y cuidado hacen parte del tejido de una sociedad más justa. Sin embargo preocupa profundamente que parezca que el arte solo puede llegar a hablarse desde lo institucional o lo teórico, pero muy poco desde quienes lo viven, cargan y crean cada día y ahí llegamos a cierta paradoja: queremos que el arte exista, que sea trasformador, que llegue a todos los territorios, pero los artistas y gestores culturales viven en un constante “no saber” si el proyecto continuará, si habrá presupuesto, si su trabajo valdrá la pena, si van a poder comer este mes, esta semana. Logrando que el estado se vuelva, incluso sin proponérselo, cómplice de asfixiar la creatividad por el abandono y la incertidumbre burocrática. Y cuando se mata la creatividad, no solo se apaga una voz individual… Se reduce la capacidad entera de un país para imaginar otras formas de existir. Porque un país que no imagina es un país que se resigna.
Por eso, hablar de hacer el arte accesible no solo se tiene que hablar del aparato estatal, sino desde empezar a garantizar que ninguna persona tenga que renunciar su derecho a crear porque es pobre, porque vive lejos, porque no existe quien lo apoye, porque no encaja en una lógica dominante o en algún circulo de legitimización. Se habla desde la postura de que el arte no debe ser ese acto de “sacrificio”, ni una apuesta suicida. Todas las comunidades y personas tienen derecho a hacer arte, a tenerlo presente en sus vidas. No como un privilegio del que viven algunos, sino como un derecho humano, un espacio vital para construir sensibilidad. Porque, ¿de qué sirve empezar a educar mentes brillantes si esos mismos permanecen con los corazones desconectados, incapaces de sentir, de conmoverse, de comprender con el otro?, ¿De qué nos sirve la inteligencia sin sensibilidad?, ¿De qué nos sirve la ciencia, la economía, la técnica, si dejamos de lado ese espacio vital donde se aprende a reconocer la humanidad en los rostros ajenos? Lo dice el latín con una belleza simple: “In amore sapere et in sapientia amor”, amar conociendo y conocer amando. El arte no pide ser un instrumento político; pide ser un puente entre lo que pensamos y lo que sentimos, entre lo que somos y lo que todavía podríamos ser y esa es una responsabilidad que no recae solo en el Estado ni solo en los creadores, sino en todos nosotros como sociedad.
Agustín Fernández del Valle advierte que “la erudición excesiva mata la veta creadora”. Yo añadiría: no solo la mata, también apaga la sensibilidad del corazón, la capacidad de sentir al otro. Susan Sontag lo expresó de otra manera: “en lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte”. Necesitamos volver a conmovernos, a experimentar el arte desde la piel, no desde el manual. Pero para que ese encuentro ocurra debe existir un diálogo honesto entre el Estado y las comunidades. Se necesita escuchar los territorios, sus ritmos, sus dolores, su memoria viva. Y esa ha sido históricamente la falla de muchos planes estatales: buscan construir desde la distancia, pretenden transformar sin mirar a los ojos de quienes viven la realidad que se intenta transformar.
El arte no puede ser la consecuencia de la paz, sino su camino. Y si alguna vez este país logra reconciliarse consigo mismo, no será por un decreto ni por un discurso, sino porque alguien, en algún rincón de Colombia se atrevió a pintar, escribir, cantar, actuar, escribir o danzar el país que soñamos y aún no sabemos ser. Pero esa reconciliación no será posible mientras los artistas sigan siendo vistos como “extras” de la sociedad, como aquellos que “no producen”, que “no sirven” o como ciudadanos que “se van a morir de hambre”. Esa mirada crea una de las heridas más grandes de este país… la de despreciar justamente a quienes podrían enseñarnos a sanar.
No se puede construir paz cuando quienes intentan crearla están peleando ni siquiera por vivir, sino sobrevivir entre la precariedad y la falta de oportunidades. Pues el arte no es un ornamento ni una distracción: es una forma de conocimiento, de memoria y de comunidad. Porque el arte crea memoria, y la memoria crea identidad. Y en un país que todavía no sabe que fue, quién es, ni que será y ha fragmentado su historia entre vencedores y vencidos, la identidad cultural es una urgencia vital, un territorio que debemos recuperar.
La memoria social nos permite volver a hablar entre nosotros, reconocernos en el pasado y el presente para pensarnos en el ahora y en el porvenir. Solo así podremos transformar las heridas en conciencia y la conciencia en acción. Necesitamos abrir espacios de diálogo real, donde todas las voces tengan lugar: el campesino, la mujer, el joven, el indígena, el afrodescendiente, el artista. Porque de nada sirve hablar de transformación social si seguimos repitiendo los mismos prejuicios de siempre: “que el artista es marihuanero”, “que el arte no sirve”, que “no merece apoyo”.
Estas personas son los verdaderos mediadores del alma colectiva. Son quienes promueven la empatía, el respeto, la escucha; quienes crean reconocimiento de género, de etnia, de historia, de humanidad. Son ellos quienes a través de la sensibilidad, sostienen la idea misma de comunidad. Por eso el arte no solo será una herramienta sino la verdadera revolución. La que no empuña armas, sino pinceles, cámaras, cuadernos, guitarras. La que no destruye, sino que reconstruye lo humano. La que fortalece la memoria y permite la sanación que este país tanto necesita.
Cumplimos cuarenta años de la Toma del Palacio de Justicia, del genocidio de la UP, y seguimos caminando como si el país no hubiese ardido. Desde entonces se acumulan los escombros. Más de veinte años del asesinato de Jaime Garzón, los falsos positivos convertidos en estadística, las masacres que se repiten con diferentes nombres, los acuerdos traicionados, los líderes sociales asesinados en silencio, las víctimas que aún buscan a sus muertos bajo la tierra.
Colombia es un territorio marcado por esas grietas que atraviesan la memoria, cicatrices que nunca terminan de cerrar. Y sin embargo, seguimos viviendo como si esa historia no nos perteneciera, como si el dolor pudiera archivarse sin consecuencias.
Y si el arte no preserva esa memoria, ¿entonces quién lo hará?
Si no son los artistas, ¿quiénes?
Y si no es ahora, ¿entonces cuándo?



