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La política como ciencia: una mirada regional

Foto: Julián Ríos / El Espectador
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Linda Estefanía Cadena

Universidad Surcolombiana

Quizás no coincidiremos todos los politólogos, pero cuando uno piensa en la política como ciencia, piensa en un gran pensador como Maquiavelo, quien en El Príncipe posicionó la mirada del juego por el poder: quién lo obtiene, qué se hace cuando se consigue y cómo se mantiene, se demuestra y se aumenta. Desde allí, el poder dejó de ser solo una cuestión de moral y se convirtió en un objeto de estudio, en un fenómeno humano que atraviesa todos los espacios de la vida. La ciencia política no es la “politiquería”, no se dejen engañar por eso. La ciencia política es el estudio del poder, del Estado, de las formas en que organizamos nuestra existencia colectiva. Es la concepción del mundo desde lo político.


Todo es político: la música que escuchamos, las redes sociales que usamos, la ropa que elegimos, el acento que tenemos. Todo nace de una construcción social que define lo que se considera normal, deseable o legítimo. Escuchar rap, por ejemplo, puede ser un acto de resistencia, una manera de narrar la calle, la pobreza o la rabia. Comer cierto tipo de comida, usar una marca específica o hablar de cierta forma también revela relaciones de poder: quién puede acceder, quién queda fuera, quién domina el discurso. Por eso, estudiar política es estudiar la vida misma, pero desde el conflicto, desde las fuerzas que empujan a unos hacia arriba y a otros hacia la periferia.


Desde mucho antes de Maquiavelo, la política ya se pensaba como ciencia. Aristóteles, en su Política, afirmaba que “el hombre es por naturaleza un animal político” (Aristóteles, Política, Libro I, 1253a). Con esta frase no hablaba solo del gobierno, sino del impulso humano de vivir en comunidad, de deliberar, decidir y organizar la vida común. Para él, la política era “la ciencia arquitectónica”, es decir, la que ordenaba a todas las demás, porque se ocupaba del bien común y del arte de gobernar. Sócrates, por su parte, consideraba que el verdadero conocimiento político debía basarse en la virtud y en la justicia, y no en la ambición ni en el interés personal. Platón, su discípulo, también la concibió como un saber racional orientado a gobernar con sabiduría, y no con manipulación.


Estos pensadores antiguos entendían que gobernar no era improvisar, sino comprender al ser humano y sus deseos, sus contradicciones y sus formas de organización. En ese sentido, la política se convierte en una ciencia práctica, pero también filosófica: una búsqueda constante por entender cómo convivimos y bajo qué reglas lo hacemos.


Ahora bien, este no es un ensayo para hablar solo de la ciencia política como ya la conocemos, sino que tiene una perspectiva regional. ¿Pero por qué regional? Bien, ya entendimos que todo lo que somos y hacemos es político, entonces, de dónde venimos también lo es. Nuestro territorio moldea nuestras formas de pensar, nuestras prioridades, incluso la manera en que entendemos el poder. No es lo mismo hablar de política desde el centro del país, donde se concentran los recursos, las universidades, las instituciones y los medios, que hablarla desde el sur de Colombia, donde las dinámicas sociales, económicas y culturales son distintas. En la academia solemos decir “periféricas” o “subalternas”, pero a veces basta con decir “nuestras”: las realidades que habitamos y que pocas veces se narran desde adentro.


Los estudios regionales surgen precisamente para llenar ese vacío. Como explica Clara Inés García (1999), los estudios regionales son “una forma de conocimiento que busca comprender los procesos sociales desde sus contextos espaciales y culturales, reconociendo la diversidad de territorios, actores y dinámicas que componen un país”. En otras palabras, no se trata sólo de describir lugares, sino de entender cómo el territorio influye en las relaciones de poder, en la construcción del Estado y en la manera en que las comunidades viven lo político. La razón de ser de estos estudios es descentralizar el conocimiento, abrir la mirada más allá de Bogotá o de los grandes centros urbanos, y reconocer que en cada región hay una manera particular de hacer y pensar la política, de resistir, de soñar y de organizar la vida común.


Por eso es importante entender la política como ciencia, sí, pero también como experiencia territorial. Porque lo que vivimos nos hace ser quienes somos. La política no solo está en los libros ni en los discursos del Congreso: está en las mingas del Cauca, en los mercados campesinos del Huila, en los cabildos, en las veredas donde la gente se reúne a decidir qué se siembra y qué se defiende. No solo merecemos, sino que necesitamos ser vistos, estudiados y escuchados. Pensar la política desde lo regional es un acto de justicia epistemológica, una forma de decir: aquí también se produce conocimiento, aquí también se gobierna, aquí también se piensa el poder.



Bibliografía

  • Aristóteles. (2009). Política (trad. Antonio Gómez Robledo). México: Fondo de Cultura Económica.

  • Maquiavelo, N. (2010). El príncipe. Madrid: Alianza Editorial.

  • Platón. (2011). La República. Madrid: Gredos.

  • García, C. I. (1999). Región y nación: los estudios regionales en Colombia. Medellín: Universidad de Antioquia.

ISSN: 3028-385X

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