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La tercera metamorfosis: el espejo del deseo en Franz Kafka, Han Kang y Simba

Foto: Scafati / EL PAÍS
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Daniela Muñoz Oza

Universidad Católica de Oriente

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.

-"La metamorfosis", Franz Kafka


Hay un punto en que el cuerpo se cansa de ser el mismo cuerpo. No es una decisión ni una revelación, sino una renuncia silenciosa, una forma de decir “me cansé” sin palabras. Han Kang lo narraría como el tiempo que se vuelve ola, “casi cruel en su implacabilidad”, una fuerza que arrastra sin detenerse. Kafka lo muestra cuando Gregor Samsa abre los ojos una mañana, convertido en escarabajo. En Yeonghye, la renuncia empieza con el gesto simple de dejar la carne, hasta que el cuerpo entero busca unirse al reino vegetal, hundirse en la tierra y nacer al revés como los árboles.


El hogar, que es un espacio que debería sostener la existencia, se convierte en un tornado de incomprensiones. La familia no soporta lo que no puede nombrar. En la habitación de Gregor, la puerta se convierte en símbolo: se cierra para proteger, pero también para excluir. Detrás de la puerta se encierra el bicho raro y así prueba, ante los demás, su propia rareza. Al otro lado, la familia echa ojo, cotillea y hace un duelo imperfecto por la pérdida de la inocencia. Pero para el escarabajo, la puerta sirve de protección frente a las miradas y los juicios que se pronuncian. En la casa de Yeonghye, por otro lado, el muro es invisible porque está construido de silencios. Desde que decidió volverse vegetariana, su esposo, su padre, su hermana hablan de ella, sobre ella, pero nunca con ella. Nadie entiende el idioma de su transformación, nadie entiende al escarabajo ni a la vegetariana.


Cuando alguien se desmarca, la familia se desordena. No por el cambio en sí, sino porque ese cambio amenaza la ficción que la sostiene: la idea de que todos permanecen iguales, día tras día. Lo que temen no es al escarabajo ni a la vegetariana, sino a la fractura del orden doméstico. “Si no comes carne, el mundo te devorará”, insisten. “Qué desdichada nuestra vida desde que Gregor cambió”, repiten. La sociedad teme al cuerpo que ya no se ajusta, recuerda que todos somos materia frágil, mutable, animal.


–“Estaba a punto de entrar en la tierra… derretida por la lluvia… completamente derretida. Es la única manera que existe… para nacer de nuevo al revés.”

– “Inhye… Todos los árboles del mundo me parecen mis hermanos.”


Gregor se desarrolla hacia la autonomía que primero aparece como fealdad y tontería, se vuelve repelente para su propia familia. En Yeonghye, de su lado, hay un retorno caprichoso e irrazonable a lo vegetal, una disolución hacia lo orgánico, una búsqueda estúpida de comunión con la naturaleza. Las familias de estos personajes no pueden aceptar la metamorfosis.


Gregor y Yeonghye se alejan de la ruta que les ha sido asignada: un bicho para despachurrar, materia orgánica en putrefacción. Dos caminos distintos, una sola rebelión silenciosa.


Las familias de ambos reaccionan con violencia porque se enfrentan al misterio de lo que cambia. La autonomía es desobediencia: “quédate en tu cuarto, insecto asqueroso” y “come carne, loca perdida”. El misterio siempre hiere a las estructuras del poder doméstico. La metamorfosis no es sólo personal: es un quiebre del mito familiar de la estabilidad. Todo hogar se sostiene sobre una ficción: que sus miembros son los mismos, día tras día. Pero basta una renuncia, una desviación mínima, para que todo se derrumbe.


Kafka escribió “La metamorfosis” en el reflejo de su propia vida, pues era su cuerpo quien lo condenó y su palabra la que, con el tiempo, lo liberaría. Se ha convertido en un escarabajo que horroriza a su familia, un hijo que no logra responder a las expectativas del patriarca. Kafka, enfermo, frágil, siempre en conflicto con su cuerpo, vivió esa sensación de extrañeza ante su propio reflejo y ante la mirada familiar. Su metamorfosis no fue sólo literaria, fue vital: su escritura fue el único modo de convertir su sufrimiento doméstico en una forma de lucidez.


Ahora bien, quisiera permitirme traer un nuevo personaje a estas historias. Les contaré quién es: mientras leía estas novelas, mi perro Simba estaba viviendo su propia metamorfosis. Más bien tímido, modoso y casero, Simba parecía ahora haber perdido el control de su cuerpo. Una perra en celo en la cuadra lo había perturbado... Simba solo se dejó llevar… su cuerpo solo estaba en función de ese deseo. No importaba nada para él. Apenas sentía el alba, su cuerpo ya quería correr a esa esquina, donde buscaba con avidez a su perrita. El perro que siempre respondía a nuestras llamadas ahora no regresaba a la casa… Se había transformado en un bicho kafkiano o, si prefieren, en un vegetariano imposible de entender; no comía, no dormía, no regresaba, no quería jugar con nosotros, como solía hacerlo. Incluso sentimos, como familia, una pérdida enorme, unos celos frente a este escarabajo que no podíamos reconocer: nuestro “animal de compañía” no quería hacernos compañía. Fueron semanas en las que la ausencia autónoma y “egoísta” de Simba nos incomodaba y molestaba.


La solución, como en las novelas, fue la puerta (en su doble encarnación de barrera de confinamiento y de protección). Me explico: para refrenar su deseo, la mejor solución que se nos ocurrió fue dejarlo en su “perrera”, encerrado. No queríamos aceptar esta tercera metamorfosis: la libertad del cuerpo nos desafiaba, su cambio instintual y orgánico nos desacomodaba. Y en ese encierro —esa puerta cerrada— se reflejaban la habitación de Gregor y el manicomio de Yeonghye. Yo, que tanto juzgué a esas familias literarias, repetía ahora sus gestos.


Entonces comprendí algo incómodo: la metamorfosis auténtica nunca ocurre en quien cambia, sino en quien observa. El monstruo no es el cuerpo transformado, sino la mirada de quien no soporta esa transformación. Gregor, Yeonghye, Simba: ninguno de ellos es la fractura. La grieta somos nosotros, con nuestras expectativas rígidas, con la necesidad de que el otro permanezca, se ajuste y no nos desordene la vida.


“Cuando una persona experimenta una transformación tan drástica, simplemente no hay nada que nadie más pueda hacer excepto sentarse y dejar que siga adelante”. -La vegetariana, Han Kang

ISSN: 3028-385X

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