La voz que sembró futuro


Nicolé Ruiz
Universidad CESMAG
Cuando la Tierra colapsó por la última guerra del agua, las autoridades activaron el Proyecto llamado Rastro, el cual consistía en escanear la memoria genética de cada familia colombiana para reconstruir el pasado y aprender de él.
Yo entregué mi ADN en silencio, sin fe, solo por curiosidad. A los dos meses, recibí un mensaje de voz. No uno cualquiera, pues era él. Gregorio. Mi abuelo. Un archivo sonoro recuperado de una frecuencia perdida del Meta decía: “Si algún día esto llega a ti, no me busques. El llano me tragó, pero no me dolió. Aquí aprendí a hablar con las vacas, a sembrar sin armas, a seguir vivo sin cuerpo”. Gregorio había sido secuestrado en los años del conflicto. Nunca supimos si lo mataron, si escapó, si se volvió leyenda entre los hatos. Pero el algoritmo del Proyecto Rastro localizó un patrón inusual: una conciencia digital rudimentaria, codificada en sonidos, vientos y mugidos de reses, transmitida por la frecuencia de radio de los antiguos ganaderos. Dicen que los abuelos desaparecen. Pero Gregorio no.
Ahora su voz vive en las fincas reforestadas de la Orinoquía. Cada vez que nace un ternero, una garza canta su nombre.
El Estado quiso eliminar el archivo, ya que decían que era un error, una ilusión emocional. Pero en los parlantes del llano —el hermoso mar verde, como es bien nombrado— sigue sonando su frase en bucle:
“Recuérdame sembrando. No llores la ausencia, cosecha la memoria”. En este nuevo país sin guerra ni petróleo, los niños aprenden historia escuchando a los que ya no están.
Y yo, cada vez que el amanecer llanero tiñe el horizonte de oro suave, siento que mi abuelo se asoma desde la luz.
No volvió a casa,
pero ahora florece donde el sol acaricia la memoria.



